Capítulo 7 #2
—Podemos pedírselo —dijo Elar—. Las cadenas son de sombra cristalizada: se alimentan de su desesperación, y ella lleva un siglo desesperada. Si intenta
romperlas un extraño, se defenderá dormida y nos matará con el mejor de los sueños. Tiene que despertar queriendo, portador. Y despertar, para ella, significa confiar en que todavía hay alguien en el mundo capaz de recordar su nombre.
—¿Cuál es su nombre?
Elar sonrió como sonríen los que por fin pueden entregar un tesoro que les pesa.
—Yssara —dijo—. La Vieja Madre del Lago. La Primera Cerradura. Pronúncialo con el corazón, Kael. Ella escuchará el resto.
Kael se descalzó y entró en el lago negro.
El agua estaba fría como una advertencia y le llegó a la cintura a las pocas brazadas; caminó hacia la isla de piedra con el colgante levantado, cuya luz verde serena se reflejaba en el agua quieta dibujando un sendero.
Los nueve cuellos dormidos empezaron a moverse.
Una cabeza se alzó, ciega de sueños, y siseó hacia el lago con los ojos cubiertos de costra verdosa: la Sombra, en sueños, le estaba contando que aquello que se acercaba era el carcelero que volvía a por ella.
Otra cabeza se irguió, y otra, y la caverna entera se llenó de un siseo de pesadilla.
—¡Atrás, chico! —rugió Bront, adelantándose con el hacha en la orilla.
—¡No! —gritó Kael, con el agua ya en el pecho, a tres metros de la isla—.
¡Si la herimos, rompemos la cerradura! ¡La puerta se defiende con ella, pero su corazón no es nuestro enemigo!
—Cerró los ojos un instante, buscó el latido hondo del bosque que aquí abajo era un latido de piedra y agua, y luego habló con la voz que no es una voz sino una certeza—: Yssara.
La cabeza ciega se detuvo en pleno siseo.
—Yssara, Madre del Lago, Primera Cerradura —repitió Kael, y cada palabra caía al agua como una piedra que llama a otra piedra—. No soy tu carcelero. Soy el portador del Colgante del Equilibrio, y vengo a pedirte perdón en nombre de todos los que te olvidaron aquí abajo, cumpliendo un juramento
que nadie venía a agradecerte. Y vengo a pedirte ayuda, guardiana. La cosa que te susurra lleva años mintiéndote: el mundo de arriba no te ha abandonado. Solo ha estado dormido. Como tú.
La luz de la piedra verde tocó las escamas de la primera cabeza y la costra verdosa se agrietó.
Un ojo enorme, dorado como una moneda antigua, se abrió bajo la costra y miró a Kael.
Miró a un muchacho empapado, ridículo y tembloroso, sosteniendo en alto una piedra que latía.
Y en ese ojo de cien años de sueños envenenados asomó algo que no era furia ni locura, sino su contrario exacto: un reconocimiento tan antiguo y tan cansado que Kael sintió ganas de llorar.
Las nueve cabezas despertaron una a una, algunas serenas y otras aún presas del siseo de la Sombra, y lo que siguió no fue una batalla sino un parto: Yssara consintió.
Con un estertor geológico, la hidra tensó los nueve cuellos a la vez, y las cadenas de sombra cristalizada —alimentadas durante un siglo de su desesperanza— descubrieron que ya no tenían de qué alimentarse.
Bront y Darien corrieron a las argollas con las herramientas de las celdas y trabajaron como demonios en los mecanismos antiguos, que giraron al fin con un chasquido limpio, y la sombra cristalizada estalló en una lluvia de esquirlas negras que se disolvieron antes de tocar el agua.
La caverna respiró. Por primera vez en cien años, Yssara se irguió sobre la isla con sus nueve cuellos desplegados hasta el techo invisible y nueve voces que eran una sola voz le hablaron a Kael dentro del pecho, como habla el colgante:
«PEQUEÑO PORTADOR. TIENES EL CORAZÓN DE LOS QUE PIDEN PERMISO.
ESCÚCHAME, PORQUE MI VOZ ES VIEJA Y NO GASTO PALAbrAS: EL SUSURRADOR YA ESTÁ EN LA PUERTA PROFUNDA.
PASÓ SObrE MI SUEÑO COMO PASAN LAS RATAS SObrE LOS LEONES: SIN RUIDO Y CON LAS LLAVES ROBADAS.
HA FORZADO LA MITAD DEL SELLO. LA SOMbrA YA TIENE UNA MANO FUERA, PEQUEÑO.
Y UNA MANO LE BASTA PARA LEVANTAR UN EJÉRCITO. »
—¿Podemos llegar a la puerta? —preguntó Elar, desde la orilla, con la voz quebrada de quien oye confirmarse su peor miedo.
«MI JURAMENTO ME ATA A ESTE LAGO: SOY LA CERRADURA DE ARRIBA Y NO PUEDO BAJAR A LA DE ABAJO.
PERO PUEDO HACER ALGO MEJOR QUE AbrIROS CAMINO, PORTADORES: PUEDO CONTAROS LA VERDAD QUE EL SUSURRADOR NO SABE.
LA SOMbrA NO SE ALIMENTA DE SANGRE. SE ALIMENTA DE ODIOS.
SI DOS REINOS LA ENFRENTAN SIENDO UNO, NO HAbrÁ SELLO QUE ARREGLAR, PORQUE NO ENCONTRARÁ POR DÓNDE RESPIRAR.
ID, Y DECID A LOS REYES QUE LA PRIMERA CERRADURA SE HA ABIERTO SOLA PARA DEJAR PASAR A SUS DEFENSORES…
Y QUE NO PIENSA CERRARSE PARA NADIE MÁS. »
El suelo tembló entonces, un temblor largo y ascendente, como una nota grave que subiera desde el corazón del planeta.
Desde algún lugar inconcebiblemente hondo llegó un sonido que todos los presentes tardarían años en poder describir, y todos lo describirían igual: el sonido de una mano enorme cerrándose despacio sobre una piedra.
En el fondo de la caverna, una grieta de luz verde enferma se abrió en la roca como un ojo que despierta.
Varek lo había conseguido a medias. Y media victoria del traidor, aquella noche, fue suficiente para que sobre la capital dorada, y sobre el Paso del Viento, y sobre el castillo negro del norte, el cielo empezara a llenarse de una tormenta sin nubes, hecha solo de oscuridad acumulándose, como se acumula el agua antes de romper una presa.
—Subimos —dijo Kael, con el agua chorreándole y el corazón en la garganta—.
Subimos ahora mismo, y alguien que cabalgue rápido tiene que llegar a los dos campamentos antes que la tormenta.
Que los dos reyes se encuentren en el círculo de piedras del Paso del Viento, mañana al amanecer.
No a pelear entre ellos. —Miró las nueve cabezas de la guardiana libre, que ya patrullaban el lago con los ojos despiertos y dorados—.
A mirar juntos, por primera vez en mil años, hacia el mismo enemigo.
Sobre su hombro, pegado a la capucha empapada, Pipo asomó la cabecita cobriza y contempló a la hidra con una reverencia impropia de él.
—Tiene nueve cabezas —susurró, sobrecogido—. Nueve. A la hora de comer debe de ser imbatible.