Capítulo 7
La hidra bajo la montaña
La Sombra se retiró de la arena del mismo modo en que había llegado: sin prisa, como quien se levanta de una mesa en la que sabe que volverá a sentarse.
La columna oscura se plegó sobre sí misma, las hebras verdes se apagaron una a una y el frío se desprendió de las gradas como una escarcha que se derrite.
En menos de un minuto, en la Arena Real solo quedaban diez mil personas en silencio, un círculo de arena ennegrecida en el centro y el eco de una frase que nadie sería capaz de olvidar jamás: qué amables habéis sido trayéndome la cena a casa.
El primero en moverse fue el Rey Dorado.
Bajó del palco a la arena con la espada desenvainada y la mandíbula de un hombre que ha descubierto, con treinta años de retraso, que ha estado durmiendo sobre un volcán.
Detrás de él bajó Darien. Y fue Darien quien vio, antes que nadie, lo que estaba ocurriendo en el palco vacío.
—Padre. Varek no está.
El consejero Varek había desaparecido en mitad de la confusión, dejando sobre su asiento el pergamino enrollado que nadie le había pedido: el indulto del hermano de Bront, firmado con la firma falsa del rey, listo para no ser entregado nunca.
Bront lo leyó de pie en la arena, con las manos temblorosas, y una risa rota le salió de la garganta.
—Cuarenta combates —dijo—. Me prometió cuarenta veces este papel. —Miró al rey—. Majestad, yo peleo con hachas, no con consejos, pero déjame decirte uno, gratis: ese hombre te ha tenido la mano en la garganta tres años, sonriendo.
—¿Dónde ha ido? —preguntó el Rey Dorado. Su voz salió pequeña, y a él más que a nadie le sorprendió oírla así.
—Abajo —dijo Kael.
Todos se volvieron hacia él. El joven señalaba el círculo ennegrecido del centro de la arena, del que aún subía un hilo de frío. El colgante, sobre su pecho, latía con fuerza y apuntaba, como apunta una brújula, hacia el suelo.
—La grieta es su puerta, y lo de antes no ha sido el despertar: ha sido la Sombra probando la cerradura.
Varek se ha ido a terminar el trabajo. Va a forzar el sello principal, el de la cámara profunda, y si lo consigue, lo que ha asomado hoy aquí será solo el saludo.
—Miró al rey, al príncipe, al campeón—. Hay que bajar.
Ahora. Y yo no conozco el camino… pero el colgante sí. Lleva mil años soñando con esa cámara.
—Yo conozco los túneles de la arena —dijo Bront, recogiendo su hacha por segunda vez en una hora y jurándose en silencio no volver a soltarla tan pronto—. Las celdas, los fosos de las fieras y las galerías viejas que bajan a la roca. Hasta donde yo sé llegar. Luego, que guíe tu piedra.
—Yo también bajo —dijo Darien, y cuando su padre abrió la boca, el príncipe hizo algo que no había hecho en veinticuatro años: hablar primero—.
Padre: nos ha tenido a los dos reinos marioneteados con dos cartas y una pluma.
Si hay que sacarlo de debajo de la montaña, quiero ser yo quien le vea la cara cuando pierda.
Dame ese derecho, o quítame el nombre esta misma noche.
El Rey Dorado miró a su hijo como se mira un espejo que de pronto devuelve una imagen más alta. Guardó silencio un momento. Luego envainó la espada.
—Ve —dijo—. Y vuelve. Es una orden. —Se volvió hacia la grada aturdida y su voz, por fin, recuperó el bronce—.
¡Pueblo del sur! ¡Lo que habéis visto hoy no era el brujo del norte: era el enemigo de todos, y lleva años cenando en mi consejo!
¡Que se cierren las puertas de la ciudad, que se armen las murallas y que nadie —nadie— salga a buscar guerra al norte! ¡La guerra está debajo de nosotros!
Descendieron por las galerías de los condenados: Kael con el colgante por brújula, Bront con una antorcha y el hacha, Darien con la espada de su casa y una linterna de señales, y —porque algunas amistades ya no piden permiso— Pipo, instalado en la capucha de Kael como en un palco privado, con provisiones de emergencia robadas a la despensa real.
—Si vamos a morir bajo una montaña —explicó, cuando Kael protestó—, quiero que sea con el estómago lleno. Es mi filosofía. Está muy trabajada.
Las galerías de la arena dieron paso a escaleras talladas en la roca viva, y estas a pasadizos que ya no eran obra de la ciudad: eran antiguos, de la época de los guardianes, con las paredes grabadas de animales entrelazados —lobos, águilas, osos, serpientes de río, criaturas sin nombre— y de una advertencia repetida en la lengua vieja que Elar le había enseñado a Kael a medio leer: el que baja a ver a la guardiana, que baje con el corazón entero, o que no baje.
Más abajo, el pasadizo los obligó a pasar de uno en uno por una galería estrecha donde los antiguos habían levantado siete estatuas de tamaño natural, tres a un lado, tres al otro, y la séptima al fondo, cerrando el paso.
Cada guardián de piedra sostenía entre las manos la figura de un animal: un lobo, un águila, un oso, una serpiente de río, un ciervo astado y un zorro de las cumbres.
La séptima estatua, la del fondo, representaba a una niña descalza, y su rostro —fuera por la erosión de mil años o por decisión de sus escultores— estaba liso como un huevo, sin facciones, como si la piedra se negara a fijar para siempre la cara de alguien que aún podía necesitarla.
—Los siete —dijo Elar, deteniéndose y apoyando la frente, un instante, contra la mano de piedra de la estatua del lobo, con una familiaridad que le encogió el estómago a Kael—.
Tres del norte, tres del sur y una que no era de ninguna parte.
Cuando sellaron a la Sombra, levantaron esta galería para que el que bajara a la guardiana recordara quién había pagado el sello y con qué moneda: no con ejércitos. Con acuerdos.
El paso entre las estatuas resultó no ser un paso inocente. La galería estaba construida sobre una vena de la grieta, y la Sombra, que llevaba siglos
practicando con los que bajaban, saludó a cada uno en su idioma favorito.
Bront oyó, con la voz exacta de su hermano, el sonido de una puerta de mina cerrándose despacio, y apretó el hacha hasta que los nudillos le cantaron.
Darien oyó a su padre —el tono exacto, la pausa exacta— decirle la frase que más temía en el mundo: «has sido una decepción, muchacho, y lo peor es que lo supe desde el principio».
Y Kael oyó a Elar. A Elar diciéndole, con su calma de cuchillo bien cuidado: «corre, portador, huye esta noche y no mires atrás; nadie te lo va a reprochar; los portadores también se esconden».
—Elar —dijo en voz alta, sin moverse—, si fueras tú de verdad y me estuvieras pidiendo que huyera, me lo dirías mirándome a los ojos y añadiendo que soy un idiota por preguntarlo. —Sonrió a la oscuridad con los dientes apretados—. No eres tú. Ella jamás me dejaría salir tan barato.
La presión en los oídos cedió como cede una mano que suelta.
Los otros dos, cada uno en su sitio, habían ido diciendo en voz alta verdades parecidas — Bront: «mi hermano nunca me pediría que le comprara la libertad con la vida de un crío»; Darien: «mi padre me ha decepcionado algunas veces, pero jamás con esa gramática; él no dice muchacho cuando está enfadado: dice Darien, y es peor»— y la galería, vencida por la única cerradura que nunca ha aprendido a forzar, que es la verdad pronunciada en voz alta por su dueño, los dejó pasar.
—Guardiana —leyó Darien, deteniéndose—. ¿No guardián? ¿No sello?
El pasadizo se abrió entonces a una caverna tan vasta que la luz de las antorchas murió sin encontrar el techo.
El aire olía a agua quieta y a siglos. En el centro de la caverna dormía un lago negro y perfectamente inmóvil y, tendida sobre una isla de piedra en mitad del lago, encadenada a nueve argollas de hierro tan gruesas como mástiles, dormía ella también.
La hidra.
Kael había oído la palabra en los cuentos y la había imaginado como una serpiente con pretensiones. Nada lo había preparado para aquello: un cuerpo enorme, escamado de un verde broncíneo que el tiempo había cubierto de
vetas de mineral, del que brotaban nueve cuellos largos como ríos dormidos, cada uno coronado por una cabeza de rasgos antiguos y melancólicos, con los ojos cerrados.
Dormía, sí, pero dormía como duermen los que sufren: con quejidos sordos, con sobresaltos, con las garras arañando despacio la piedra en sueños.
Y alrededor de las argollas, subiendo por las cadenas como una hiedra enferma, crecía la oscuridad: costras de sombra cristalizada que le susurraban al monstruo dormido en una lengua de grietas y rencores.
—Por los dioses —susurró Darien, sin poder apartar la vista—. Es ella. La que salía en los tapices del salón de mi abuela. «El monstruo bajo la montaña». Mi padre me decía: cuando seas rey, esa bestia será tu pesadilla heredada.
—Tu abuela y tu padre se equivocaban en lo importante —dijo una voz detrás de ellos, y las antorchas temblaron.
Elar estaba en la entrada de la caverna, apoyada en su cayado, con la trenza gris empapada por el descenso y la mirada fija en la hidra con una ternura de siglos que a Kael se le hizo un nudo en la garganta.
Había seguido a la caravana de los soldados, había cruzado la ciudad en plena confusión y había bajado por los túneles de los condenados como quien baja a su propia casa por la puerta de atrás.
—Ella no es el monstruo bajo la montaña, príncipe —dijo la maestra, avanzando hasta la orilla del lago negro—.
Ella es la cerradura. Los guardianes la dejaron aquí hace mil años, libre y juramentada, para vigilar la puerta de la cámara profunda.
Las cadenas no son suyas: son la obra paciente de la Sombra, eslabón a eslabón, siglo a siglo, gota a gota de veneno susurrado en sueños.
Lleva cien años prisionera de su propio puesto, muchachos.
Y Varek lo sabe. Por eso ha venido: porque para abrir la puerta, primero hay que callar a la guardiana… o volverla loca del todo.
—¿Podemos liberarla? —preguntó Kael en voz baja.