El Rey de los Cuervos Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

Medía cerca de dos metros, con los brazos como troncos jóvenes y una vieja hacha de guerra que manejaba con la ligereza de quien pela una manzana.

No llevaba armadura —los campeones de la arena peleaban a pecho descubierto, por tradición y por espectáculo— y su torso era un mapa de cicatrices ordenadas, cada una con su historia y todas contando la misma: este hombre ha estado a punto de morir muchas veces y ha decidido siempre lo contrario.

—Chico —dijo Bront, con una voz grave y sorprendentemente tranquila, cuando los dos quedaron frente a frente en el centro del círculo—, no tengo nada contra ti.

Quiero que lo sepas antes de empezar. Peleo por una firma que devuelve a mi hermano de las minas.

Si pudiera ganarla sin tocarte, la ganaría.

—A mí me pasa igual, Bront —respondió Kael—. Yo peleo por un papel que nadie quiere leer. —Miró de reojo la arena dorada bajo sus pies, y el colgante le respondió con un latido lento y grave, como si la piedra también mirara—. ¿Y si ninguno de los dos le da al público lo que ha pagado por ver?

—El público —dijo Bront, girando el hacha una vez, con tristeza profesional— siempre cobra, chico. Siempre cobra. Por eso lo siento.

Sonó el cuerno y el mundo se redujo a un círculo de arena, un hacha y dos respiraciones.

Kael jamás había peleado contra un hombre como aquel.

Bront no era rápido como un lobo ni pesado como una piedra: era económico.

Cada movimiento gastaba exactamente lo necesario y ni un grano de arena más.

El primer golpe del hacha partió el aire donde Kael tenía la cabeza un parpadeo antes; el segundo lo obligó a echarse al suelo y rodar; el tercero, de revés, le abrió la manga y casi le abre la historia.

La multitud rugía con cada pase. Kael comprendió enseguida la verdad incómoda de la arena: su cuerpo humano era el más débil de sus cuerpos, y era el único que le dejaba hablar, pensar y aguantar la mirada de un rey.

Cambió a lobo entre dos parpadeos —un estallido de pelo gris y un grito ahogado en las gradas— y la pelea cambió de música: ahora era velocidad contra economía, colmillos contra acero, un baile en el que el lobo Kael mordía el aire alrededor del hacha y recibía a cambio un golpe de mango en las costillas que le arrancó un aullido y tres metros de arena.

Bront lo miraba con los ojos entornados, ya sin ninguna sorpresa, como un artesano ante un material nuevo.

—¡El brujo se esconde en pieles! —gritó alguien en la grada alta, y la multitud repitió pieles, pieles hasta convertirlo en un tambor.

—«Di tu nombre» —se ordenó Kael a sí mismo, esquivando una cuchillada que le cortó un mechón de la crin—. Kael. Soy Kael. No soy un espectáculo. Soy Kael, y este hombre tampoco es mi enemigo.

El momento llegó como llegan siempre los momentos que deciden una vida: sin avisar y por la espalda.

Bront pisó mal en un hoyo de la arena, el hacha se le desequilibró un instante —un solo instante de cansancio en cuarenta minutos de perfección— y el lobo Kael estuvo sobre él antes de pensar.

Rodaron. El hacha salió despedida. Y de pronto el campeón del rey estaba de espaldas en la arena, inmovilizado por trescientos kilos de instinto, con los colmillos del portador a un dedo de su garganta y diez mil personas conteniendo la respiración a la vez.

El lobo dijo: acaba. La manada dijo: acaba. La arena entera, la grieta bajo la arena, el hambre antigua bajo la montaña, dijeron: acaba.

Y Kael, dentro del lobo, con la sangre de sus propias heridas goteándole sobre el pecho descubierto de Bront, dijo en voz alta su nombre, y luego hizo lo más difícil que había hecho en su vida, más difícil que volar, más difícil que aguantar una montaña de golpes en el Paso del Viento: abrió las fauces, retrocedió un paso y volvió a ser un muchacho flaco y descalzo, de rodillas frente a su adversario, ofreciéndole la mano.

—Tu hermano —dijo, jadeando, lo bastante alto para que el silencio nuevo de la arena llevara su voz hasta el palco—.

La firma de su perdón es falsa, Bront. La escribió la misma mano que escribió dos cartas para que dos reyes se maten.

A ti te están usando de cuchara para darle de comer a algo que duerme bajo esta arena. Yo no voy a ser el tenedor.

Durante tres segundos, en la Arena Real del Reino Dorado no se oyó ni una mosca. Luego Bront, despacio, como quien se despierta de un sueño de años, agarró la mano que le ofrecían y se puso en pie ayudado por el brujo del norte.

Se miraron. El campeón recogió su hacha del suelo… y la clavó en la arena, con la hoja hacia abajo, en el gesto más antiguo que existe para decir yo no sigo.

—¡Majestad! —gritó Bront, y su voz de trueno llegó a la última grada sin esfuerzo—.

¡Treinta años he peleado en tus arenas y jamás he retirado mi hacha de un combate!

¡Hoy la retiro, porque este muchacho ha tenido mi vida en la boca y me la ha devuelto, y los dioses acaban de hablar más claro por su mano que por todas nuestras espadas!

El rugido que siguió no se pareció al de antes.

Fue otra cosa: asombro, vergüenza, algo parecido a la esperanza aprendiendo a respirar.

En el palco, el Rey Dorado se había puesto de pie sin darse cuenta, con las manos enormes apretando la baranda.

Darien, a su lado, no disimulaba ya ni la sonrisa ni las lágrimas.

Y entonces Varek cometió su primer error en años: perdió la paciencia.

—¡Guardias! —gritó el consejero, desde el palco, con una voz que ya no era de seda sino de cuerda rota—. ¡El brujo ha embrujado al campeón! ¡Matadlos a los dos! ¡Matadlos ahora!

Pero la guardia no se movió. Porque en ese instante, justo en el centro de la arena, el hacha clavada de Bront empezó a vibrar.

La arena a su alrededor se oscureció en un círculo perfecto, como si una tinta negra subiera desde abajo.

El silencio se hizo tan total que Kael oyó el latido del colgante, y luego otro latido, enorme y lento, que respondía desde el fondo de la tierra.

La grieta bajo la arena se abrió con un suspiro de alivio milenario.

Y la oscuridad, delante de diez mil testigos y de dos reyes, salió a la luz.

No fue una explosión. Fue peor: fue una presencia.

Una columna de sombra densa se alzó del círculo ennegrecido girando despacio, con hebras de luz verde enferma, y dentro de la columna —o detrás, o encima, porque los ojos no conseguían fijarla— pareció dibujarse un rostro hecho de rostros, todos gritando sin sonido.

El frío barrió las gradas. Los estandartes se plegaron como si el viento les hubiera dado una orden. En alguna parte, un niño empezó a

llorar y nadie, absolutamente nadie en toda la arena, se atrevió a consolarlo en voz alta.

—Ciudadanos del sur —dijo la Sombra Primordial, con una voz que era todas las voces que alguna vez han tenido miedo, hablando a la vez desde dentro de cada cráneo—, qué amables habéis sido trayéndome la cena a casa.

El consejero Varek, en el palco, cayó de rodillas con las manos en alto y una expresión de éxtasis tan puro que daba más miedo que la propia columna.

El Rey Dorado desenvainó su espada, inútil y espléndido.

Y Kael, descalzo sobre la arena oscurecida, con Bront a su lado recogiendo el hacha muy despacio, comprendió que el juicio había terminado, que el verdadero enemigo ya no necesitaba esconderse tras ninguna carta…

y que la guerra, la de verdad, la de hace mil años, acababa de empezar de nuevo delante de todo el mundo.