Capítulo 6
El campeón de la arena
Vinieron a buscarlo al tercer día, cuando las heridas aún le tiraban de la piel al reírse, cosa que últimamente hacía poco.
Eran doce soldados dorados con armaduras de gala, de los que no sirven para la guerra sino para los recados importantes, y traían un pergamino con el sello real y una orden redactada con la elegancia fría de los documentos que deciden vidas ajenas: el hechicero cambiaformas del norte, acusado de atacar con niebla y bestias a las tropas de Su Majestad, sería conducido a la capital para someterse al Juicio de la Arena, donde los dioses mostrarían su veredicto ante el pueblo.
—Es un circo —dijo Elar, leyendo el pergamino por segunda vez, de pie en la puerta de la cabaña, con la trenza gris al viento—.
Un juicio donde el acusado pelea y el público aplaude no es un juicio: es una trampa con gradas.
Si ganas, dirán que la oscuridad te dio fuerzas.
Si pierdes, dirán que los dioses te han castigado.
En ambos casos, el traidor se queda con la guerra.
—¿Y si no voy? —preguntó Kael.
—Entonces vendrán a buscarte con antorchas en vez de con pergaminos, y este bosque tiene mil años y no arderá por segunda vez.
—Elar dobló la orden y se la devolvió con una calma que le costaba, se notaba, media alma—.
Escúchame, portador: el traidor te quiere en la arena porque la arena está construida sobre una de las grietas de la montaña; la capital dorada se fundó encima del sello sin saberlo, como se fundan todas las capitales: sobre lo que nadie quiere recordar.
Allí abajo la Sombra escucha mejor. Te necesita enfadado o muerto, Kael. No le des ninguna de las dos cosas.
—¿Y qué le doy?
Elar lo miró, y sus ojos verdes tenían la tristeza de quien ya ha visto una vez todo lo que estaba a punto de ocurrir.
—Dale lo que no espera. Dale la verdad, delante de todo el mundo. Los milagros y los monstruos se parecen mucho desde lejos; de cerca se distinguen en una sola cosa: en lo que hacen con el enemigo vencido.
Lo condujeron a la capital escoltado como a un rey y encadenado como a un criminal, en un carro jaula que avanzaba entre la muchedumbre de las avenidas.
El pueblo dorado salió a ver al «monstruo del norte»: le gritaron, le tiraron fruta, le tiraron alguna piedra pequeña y valiente desde lejos.
Kael, con las muñecas atadas a la espalda del carro, descubrió que ser insultado por miles de desconocidos produce una forma curiosa de soledad, y también —en algún rincón terco de su pecho— una forma curiosa de calma.
Tienen hambre, miedo y nombre, se repitió, como le había enseñado Elar a decirse desde el cielo. Igual que tú.
En el palco real, el Rey Dorado presidía con el gesto de piedra de los reyes que ya han decidido no dejarse conmover.
A su derecha, el príncipe Darien, pálido y rígido, llevaba dos noches discutiendo sin éxito el juicio: su testimonio y el de sesenta soldados habían sido «recibidos» y archivados por el consejo, porque sesenta testigos contra un hechicero cambiante valían, en opinión del consejo, menos que un solo miedo bien contado.
A la izquierda del rey, impecable y sereno, el consejero Varek sostenía un pergamino enrollado que nadie le había pedido.
Bajo la arena, en las celdas de los condenados, Varek hizo su última visita de consejero amable una hora antes del juicio.
Entró sin escolta, con una jarra de agua y un vaso, como un pariente bondadoso. Dejó la jarra en el suelo, fuera del alcance de las cadenas, también como un pariente bondadoso.
—Bebe si quieres, portador —dijo—. Va a ser una tarde larga.
—¿Has venido a confesar, consejero? —preguntó Kael—. Porque yo no soy sacerdote, pero para lo que tú cargas, igual hago una excepción.
Varek sonrió, y esta vez la sonrisa y los ojos llegaron a la vez, porque esta vez no le importaba que se le notara.
—Qué muchacho tan valiente. Qué lástima de valor, gastado en el bando de los que pierden despacio.
—Se agachó junto a los barrotes, bajando la voz hasta la seda—.
Escúchame, ya que no le escucharás a nadie más: no hay bando, portador.
Hay arriba y hay abajo. Tu colgante sella una puerta; yo he dedicado mi vida a abrirla, carta a carta, susurro a susurro, rey a rey.
¿Sabes por qué? Porque lo que duerme bajo la montaña me prometió algo que ningún rey puede darme: que cuando despierte, el miedo del mundo tendrá un solo dueño, y que ese dueño compartirá su mesa conmigo.
—Te ha engañado —dijo Kael—. Esa cosa no comparte. Se alimenta, Varek. De ti también.
—Oh, desde luego. —El consejero se encogió de hombros con una elegancia escalofriante—.
Pero todos servimos a algún hambre, muchacho: tú sirves a tu profecía, el príncipe a su padre, los reyes a su orgullo.
Yo, al menos, he elegido un hambre que va a ganar.
—Se levantó y se alisó la túnica—. Dentro de una hora saldrás a la arena y te estará esperando Bront, el campeón del rey: un hombre que pelea porque le he prometido, con la firma que falsifiqué hace tanto que ya ni me cuesta, el perdón para su hermano condenado.
Si matas a Bront, la sangre correrá sobre la grieta y mi señora cenará en directo ante diez mil personas.
Si Bront te mata a ti, el portador muere y el sello queda sin guardián.
Entiendes la belleza del asunto, ¿verdad?
Hoy la arena no tiene salida mala. Solo tiene salida tuya o suya, que para la Sombra viene a ser la misma cena.
Se marchó sin esperar respuesta. En la penumbra de la celda, algo se movió dentro del fardo de paja donde dormían los condenados, y una cabecita cobriza de orejas enormes asomó con un trozo de queso robado aún pegado al bigote.
—He venido en el carro de las verduras —informó Pipo, muy orgulloso, escupiendo una miga—. En la capital las verduras viajan mejor que los reyes.
¿Qué hacemos, socio? ¿Cuál es el plan? ¿Nos escapamos? Puedo roer las cuerdas. Tardo, pero roer es mi don y mi maldición.
Kael lo miró, y pese a todo —pese a las cadenas, la arena y el hambre de la montaña— sintió que algo dentro de él se ordenaba.
—El plan es salir ahí fuera —dijo— y no matar a nadie, Pipo. Y si todo sale mal… roe. Roe como no has roído nunca.
—¡Entendido! —dijo Pipo, y se escondió en la paja con la seriedad de un general—. Plan: no morir y roer. Me gusta. Es sencillo. Tiene ritmo.
La otra visita llegó con la última luz de la mañana del juicio, y no traía jarra de agua: traía una discusión perdida y la cara de haberla peleado toda la noche.
El príncipe Darien entró en el calabozo acompañado de un carcelero sordo — detalle en el que Kael reparó y que el príncipe confirmó con un gesto: «he elegido yo al carcelero»— y se agachó junto a los barrotes sin importarle el protocolo ni la paja.
—He presentado todo —dijo, sin rodeos—. La carta y su análisis, la flecha, el informe conjunto de los sesenta, firmado por los dos mandos.
El consejo los ha «recibido». Esa palabra, en boca de mi padre, significa que los ha leído y ha decidido tener miedo de todos modos.
El juicio sigue adelante, portador. He fracasado en lo único que te prometí.
—No has fracasado —dijo Kael—. Has conseguido que el consejo tenga que archivarlo todo, Darien.
Los papeles no se queman tan fácil cuando mucha gente sabe que existen.
—Se acercó a los barrotes—. Ahora escúchame tú a mí, porque a mí tampoco me sobra el tiempo: si hoy la arena me traga, si gano como un monstruo o pierdo como un culpable, el traidor se queda con las dos cosas que necesita: la guerra y el silencio.
Y entonces solo quedas tú. Tú, con sesenta testigos vivos, una carta que apesta a escribanía y un padre que, en el fondo, ya duda.
Cuando un rey duda, príncipe, hay que darle un sitio donde poner la duda: dale un espectáculo mejor que el miedo.
Dale la verdad en público. Eso es lo que voy a intentar hacer yo ahí fuera. Lo demás es tuyo.
Darien lo miró un largo momento. Luego se desabrochó del cuello una cinta azul deshilachada, de las que los cadetes dorados se atan en la muñeca al jurar su primer servicio, y la anudó, a través de los barrotes, a la muñeca de Kael.
—Nos la dan a los catorce años —dijo—. Para recordar que el honor no es lo que el consejo archiva: es lo que uno hace estando solo.
Yo estuve solo anoche, portador, y supe exactamente lo que había que hacer.
No pienso desaprenderlo hoy porque diez mil personas vayan a mirar.
—Se levantó—. Bront pelea porque cree que el indulto de su hermano está firmado y sellado por mi padre.
Está en el palco, expuesto, para que el pueblo lo vea antes del combate.
Si tienes ocasión de mirarlo de cerca, Kael…
mira el sello. La mano que falsificó dos guerras no se molesta en falsificar bien la cera de un campeón.
Kael asintió, con la cinta azul apretándole la muñeca y el corazón. La visita del príncipe le había dado lo que ninguna visita de consejero podía darle: una pieza más del rompecabezas y una razón más para salir a la arena con las manos limpias.
Cuando las puertas de la celda se abrieron y la luz de la tarde cayó sobre Kael como un golpe, diez mil gargantas rugieron en las gradas con una sola voz hambrienta, y el portador del Colgante del Equilibrio salió descalzo a la arena, con las heridas a medio cerrar y una única idea brillándole en el pecho, verde y tercamente:
Nadie cena hoy a mi costa.
Bront era exactamente lo que el pueblo esperaba de un campeón, y por eso a Kael se le cayó el alma a los pies descalzos nada más verlo.