El Rey de los Cuervos Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

Kael se plantó en la garganta, entre las criaturas y los soldados, y entendió en el acto cuál era la tentación de aquella forma: el oso no protege como protege un escudo; protege como protege una avalancha.

El cuerpo le pedía cargar, aplastar, desgarrar, resolver el mundo a zarpazos hasta que no quedara nada que temer porque no quedara nada en pie.

La fuerza era un vino y estaba borracho de ella.

El primer lobo corrompido que saltó lo recibió en el aire y lo estrelló contra la pared de piedra con un chasquido que debió de oírse en dos reinos.

Y entonces Kael vio, de reojo, a los soldados detrás de él. Estaban aterrorizados. De las criaturas, sí. Pero también de él.

Comprendió, con el zarpazo aún en alto, la lección que Elar le había regalado al amanecer de aquella semana y que su cabezonería había archivado sin leer: este poder no es para dominar: es para proteger. Y al que protege de verdad, nadie tiene que temerle, salvo el peligro.

Kael bajó la zarpa. Se giró despacio, poniendo su enorme cuerpo de través en la garganta como una puerta, y no cargó.

Esperó. Los corrompidos cargaron contra él y él aguantó: recibió en el lomo las costras de roca, recibió en el costado —el mismo costado que el jabalí le había abierto días antes— las garras de piedra, recibió un zarpazo que le tiñó media cara de sangre, y no se movió de donde estaba, porque detrás de él había sesenta hombres con nombre y detrás de los nombres había sesenta casas con la luz encendida.

Cada golpe que caía sobre el oso era un golpe que no caía sobre ellos, y los soldados, que no son tontos aunque a veces lo parezcan, lo entendieron al tercer golpe.

—¡Escudos con él! —gritó Darien, y su voz sonó por encima de la niebla—. ¡Formad en la bestia! ¡Dorado y Cuervos, a mi voz: la pared no se mueve si la pared somos todos!

Sesenta hombres se apretaron detrás del oso con los escudos levantados, y lanzaron juntos, y aguantaron juntos.

Y algo curioso ocurrió en la garganta del Paso: la niebla, que se alimenta de miedo y de división, empezó a encontrarse con un desfiladero donde los hombres ya no se odiaban ni temblaban por separado.

Se le acabó la comida. Se hizo fina. Se hizo lenta.

Las criaturas corrompidas, sin la niebla que las empujaba, empezaron a retroceder a trompicones, como sonámbulos que despiertan en un sitio horrible, y los guardianes de piedra se detuvieron, se miraron con sus ojos verdes y enfermos…

y, por primera vez en mil años, bajaron los brazos.

Cuando la luna salió sobre el Paso, la niebla se había retirado a las grietas de la montaña y en el desfiladero solo quedaban hombres exhaustos, un oso sangrando y un silencio bueno, de esos que se parecen a la paz.

La forma de oso se deshizo despacio, como una manta que se retira de un enfermo, y dejó a Kael tendido en las piedras, humano, pálido, con la cara y el costado vendados a tiras de capas —mitad negras, mitad doradas, porque los soldados habían roto lo que tenían más a mano—.

Darien se arrodilló junto a él y le puso su propia capa azul bajo la cabeza.

—Has salvado a mis hombres —dijo el príncipe, con la voz ronca—. Y a los suyos. Te han visto todos. Sesenta testigos, portador: el «arma de la oscuridad» poniendo el cuerpo entre dos ejércitos y la noche. Las apariencias… —sonrió cansado— las apariencias son la peor consejera del mundo.

—Díselo a tu padre —murmuró Kael, a un milímetro del sueño.

—Se lo diré —prometió Darien—. Con la carta, con la flecha y con sesenta testigos. Esta misma noche cabalgo a la capital, aunque tenga que ir a pie.

Aquella noche, el desfiladero vivió la escena más extraña de su milenio de pasos y ejércitos: sesenta hombres de dos reinos enemigos compartiendo hoguera.

La capitana del destacamento del norte se llamaba Sabela, tenía cuarenta años, una trenza canosa y la costumbre de hablar mientras afilaba, que es la costumbre de quien prefiere las conversaciones con las manos ocupadas.

Fue ella quien rompió el hielo con la eficacia de su oficio: sacó de su morral un queso oscuro, curado en las cuevas de su valle, lo partió con el cuchillo y le ofreció la mitad más grande al teniente dorado que tenía enfrente, un muchacho de bigote reciente que aceptó el queso como se acepta una bandera.

—En mi tierra —dijo Sabela— al que comparte queso no se le puede matar hasta la siguiente luna. Norma antigua.

—En la mía —dijo el teniente, mordiendo con prudencia y luego con entusiasmo— al que le dan queso hay que devolver la sal. —Rebuscó en su bolsa y le pasó un puñado envuelto en tela—. Tome. Para la próxima niebla.

—Que no haya próxima —dijeron los dos a la vez, y se miraron con la sorpresa de los que acaban de descubrir que el enemigo tenía exactamente los mismos deseos con peor acento.

Alrededor de las hogueras se cruzaron nombres, aldeas, heridas, madres, supersticiones.

Un arquero de los cuervos le enseñó a un piquero dorado el nudo que no falla para las tiendas en tormenta.

Un sanitario del sur, que se llamaba Berto y canturreaba curando, le vendó el tobillo a un jinete del norte mientras este le sostenía la lámpara y le corregía, con gran seriedad, la letra de la canción.

Y en el centro de todo, dormido como un niño después de una travesura colosal, yacía el portador con la capa azul del príncipe bajo la cabeza y los vendajes a tiras de los dos ejércitos, custodiado por turnos —esto lo organizaron los propios soldados, sin orden de nadie— de dos hombres por reino y relevo a cada campanada.

Darien lo contempló un rato desde la penumbra, junto a Sabela, que había dejado de afilar.

—Capitana —dijo el príncipe al fin—, si mañana tu rey te ordena cargar contra nosotros, ¿qué harás?

—Obedeceré, alteza —dijo Sabela sin dudar—.

Y esta noche he jurado por mi queso que primero le pediré que se lea la carta que le vais a llevar.

—Miró las hogueras mezcladas—. Llevo veinte años de frontera, príncipe.

He odiado a los tuyos por oficio, con mucha profesionalidad.

Esta noche he descubierto que el oficio me lo habían dado hecho, como el uniforme.

Maldita sea la niebla, que ha tenido que venir el fin del mundo a enseñarme el vecindario.

—Que quede en el informe conjunto —dijo Darien—. Con las firmas de los dos mandos. Que mañana, cuando los estados mayores llamen a esto «incidente», haya un papel con sesenta nombres debajo que diga lo contrario.

—Señor —dijo Sabela, y por una vez no hubo sorna en el tratamiento—, ese papel ya lo está escribiendo Berto, el de las canciones. Tiene buena letra. Casi

parece de escribanía… pero este huele a caldo y a romero, que es como deben oler los papeles verdaderos.

Lo que ninguno de los dos sabía, mientras en el desfiladero los sanitarios de los dos reinos empezaban a compartir hogueras, vendas y un caldo aguado que de pronto sabía a banquete, era que otro jinete llevaba ya horas de ventaja sobre ellos.

Un jinete embozado, con una historia distinta y mucho mejor contada en camino hacia la capital dorada: la historia de un hechicero del norte que había atacado con niebla y bestias a la avanzadilla del príncipe, y al que solo la valentía de las tropas había logrado rechazar.

El consejero Varek recibió la noticia en su despacho, a la luz de una sola vela, y sonrió con los ojos un instante antes que con la boca.

—Un héroe —dijo en voz alta, pensativo, sirviéndose vino—.

El muchacho se nos está volviendo un héroe, y los héroes no se pueden ahorcar en silencio; los héroes necesitan un escenario.

—Giró la pluma de ganso entre los dedos, despacio, como quien afina un instrumento—.

Traedme al mayordomo de la arena. Si el pueblo quiere espectáculo, tendremos espectáculo.

Y cuando el espectáculo acabe, el portador será un monstruo caído, los reinos estarán en guerra y nadie, absolutamente nadie, recordará ya las cartas.

Fuera, en la noche de la capital, el viento arrastró un papel en blanco por las calles vacías. Si alguien lo hubiera recogido y lo hubiera mirado a contraluz, habría visto que el papel —como todos los papeles que últimamente cruzaban los dos reinos— despedía un débil resplandor verdoso.