Capítulo 8
El tigre de oro y las alas negras
La noche antes de la batalla, Kael no durmió, y no fue el único: los campamentos de los dos ejércitos pasaron la oscuridad afilando, cosiendo, rezando en dos acentos y mirando de reojo aquella tormenta sin nubes que se espesaba sobre el Paso como un párpado que se niega a cerrarse.
Lo encontró Darien en el borde del círculo de piedras, sentado entre las rocas antiguas, con la manta sobre los hombros y el colgante brillándole despacio en la penumbra. El príncipe se sentó a su lado sin ceremonia, que era su nueva forma de hacer casi todo.
—Mi padre duerme como un tronco —informó—. El Rey de los Cuervos, según su escolta, no duerme nunca, lo cual es mentira: le he visto cabecear sobre el mapa dos veces. Tú eres el único insomne profesional del Paso, portador. ¿En qué piensa un profeta la víspera?
—En sopa —dijo Kael, y el príncipe soltó una carcajada corta que le sorprendió a él mismo—.
Te lo juro. Pienso en la cabaña de Elar, y en que si salimos de esta quiero aprender a hacer su sopa antes que a hacer ninguna otra hazaña.
Los tigres y las profecías están muy bien, pero nadie me ha traído nunca la sopa en las profecías.
En la sopa no hay trampa, Darien. Lo que ves es lo que es, huele a lo que huele.
Me gusta la gente que se parece a la sopa.
—Mi padre se parece a un asado —dijo Darien, pensativo—.
Impresionante, difícil de morder y mejor al día siguiente.
El tuyo norteño se parece a una piedra de afilar: no alimenta, pero sin él ninguna hoja corta.
—Se calló un momento—. Mañana, cuando todo empiece, quiero que sepas una cosa: no voy a estar en la retaguardia con los heraldos.
Voy a estar en la garganta, con los sesenta.
Si los papeles de esta guerra se escriben mañana, quiero constar en el sitio correcto del papel.
—Los sesenta —repitió Kael, sonriendo en la oscuridad—. ¿Sabes que ya sois una unidad? Berto el de las canciones os ha compuesto una copla. Es malísima.
Habla de una niebla, un oso y un queso partido por la mitad. Va a sobrevivirnos a todos, esa copla.
Hubo entonces un crujido en la hierba y una cabecita cobriza asomó entre las piedras, arrastrando con esfuerzo desproporcionado un morral casi de su tamaño.
—Provisiones de emergencia —anunció Pipo, dejando caer el morral con un golpe sordo—.
Galletas. Queso. Una manzana de tamaño reglamentario.
Y esto —sacó, con las dos patitas y una solemnidad de mayordomo, un botón.
Un simple botón de hueso, viejo y gastado—: es mi botón de la suerte.
Llevo con él desde antes de tener memoria, lo he robado tres veces de vuelta a tres dueños distintos, y jamás he perdido una despensa llevándolo.
Mañana lo llevas tú. — Se lo tendió a Kael como quien entrega una corona en miniatura—.
Y me lo devuelves, ¿eh? Sin agujeros nuevos.
Los héroes tenéis una manía pésima con las cosas prestadas.
Kael tomó el botón y lo cosió —con hilo robado y puntos torpes— en el interior de su camisa, justo sobre el colgante.
—Sobre el corazón —dijo—. Queda registrado, Primer Ladrón. Si mañana el corazón aguanta, el botón vuelve.
—Cuando aguante —corrigió Pipo, que ya se había puesto a repartir las galletas con estricta injusticia a su favor—. Cuando. La gramática también es una despensa, socio: hay que guardarla bien cerrada.
El amanecer encontró el Paso del Viento convertido en un tablero de guerra que nadie sabía ya jugar.
Desde el norte bajaban las huestes del Rey de los Cuervos: jinetes de armadura oscura, estandartes negros con el cuervo bordado en plata, y sobre ellos, cubriendo el cielo como una segunda nube, miles de cuervos de verdad, silenciosos, expectantes.
Desde el sur subían las legiones doradas con sus lanzas pulidas reflejando un sol que no terminaba de salir, porque sobre el
Paso entero flotaba aquella tormenta sin nubes, una oscuridad que se iba espesando hora a hora, como tinta echada despacio en un vaso de agua.
En el centro del Paso, en el círculo de piedras levantado por los guardianes mil años atrás, los dos reyes se encontraron cara a cara por primera vez en sus vidas.
El Rey de los Cuervos desmontó despacio.
Su capa de plumas negras susurró sobre las piedras antiguas.
El Rey Dorado desmontó también, enorme, con la barba rubia ya gris en las sienes y la espada todavía en la mano.
Cuarenta pasos los separaban. Cien mil hombres contenían la respiración en las dos laderas.
—Has tardado mil años en subir a verme —dijo el Rey Dorado.
—No he subido a verte —respondió el del norte, con su voz de piedra fría—. He subido a ver lo que hay debajo de tu casa. Y resulta que también está debajo de la mía.
Fue Darien quien cerró los cuarenta pasos. El príncipe caminó entre los dos ejércitos, sin yelmo, con las manos vacías bien visibles, y cuando habló, habló para los reyes pero también para la piedra, para las legiones, para el cielo enfermo:
—Padre. Majestad del norte. Os presento las pruebas: una carta escrita con papel de mi capital y tinta mezclada con ceniza de la grieta; una flecha del sur disfrazada de flecha del norte; sesenta testigos de los dos ejércitos que vieron al portador salvarles la vida en este mismo Paso; y el testimonio de la guardiana bajo la montaña, que lleva mil años esperando que volviéramos a ser uno solo.
Nos han tenido bailando con dos papeles, señores.
Y mientras bailábamos, lo de abajo cenaba.
El Rey de los Cuervos miró largamente al príncipe. Luego miró las piedras del círculo, donde la profecía de la niña de los pies descalzos seguía grabada bajo el musgo.
—Mi padre me contó una historia una sola vez —dijo—, y me prohibió repetirla fuera de su salón.
Decía que en las montañas duerme algo que no debe despertar solo, y que cuando despierte, los dos reinos tendrán que recordar en un día lo que olvidaron en mil años.
—Extendió la mano, despacio, sobre las piedras—.
Rey del sur: mi casa te ofrece su espada. No debajo de la tuya. Al lado.
El Rey Dorado contempló aquella mano como se contempla un abismo o un espejo.
Toda su corte, toda su historia, todo su orgullo le gritaban por dentro.
Y sin embargo, lo que hizo fue envainar su espada, cruzar los últimos pasos y estrechar la mano del Rey de los Cuervos con su manaza de toro, y la estrechó como se estrechan las cosas que no se quieren soltar nunca más.
—Al lado —dijo—. Que lo escriban así.
Los dos ejércitos rugieron. No fue un rugido de guerra: fue el sonido de cien mil hombres descubriendo a la vez que el miedo puede pesarse y que, repartido entre dos, pesa la mitad.
Y entonces la tormenta sin nubes se partió por la mitad, y la Sombra Primordial decidió que había esperado bastante.
No descendió. Estaba ya allí: estaba en el aire espesado, en la luz verde y enferma que subía entre las piedras del círculo, en el temblor que recorrió la tierra como un escalofrío.
La oscuridad se reunió sobre el Paso como se reúne el humo sobre un incendio: en una figura colosal y cambiante, con brazos como ríos de niebla y un rostro que era todos los rostros que han llorado alguna vez de rabia.
Los caballos se encabritaron. Los estandartes se doblaron.
Pero los ejércitos —y este detalle las crónicas lo subrayan todas— no huyeron.
Se acercaron unos a otros, escudo con escudo, negro con dorado, y aguantaron.
La Sombra, sin embargo, no había venido a por los ejércitos. Había venido a por el portador. Y habló, como había hablado en la arena, dentro de todos los cráneos a la vez… pero esta vez se entretuvo en uno solo.
«PORTADOR», dijo, y la voz era miel y ceniza, y sonaba solamente — deliciosamente— en la cabeza de Kael. «QUÉ CANSADO DEBES DE ESTAR. TRAICIONADO POR DOS CORONAS. CAZADO, ENJAULADO, USADO DE ESPANTAPÁJAROS EN UNA ARENA. DIME: ¿QUÉ TE HAN DADO LOS HOMbrES A CAMBIO DE TU PIEL?»
Y le mostró.
No fue una ilusión lejana: fue un mundo entero, sólido y caliente, desplegado ante los ojos de su mente.
Kael se vio a sí mismo sobre un trono levantado en el círculo de piedras, un trono que era a la vez de mármol blanco y de piedra negra, con dos coronas a sus pies.
Se vio mayor, sereno, temible y adorado: los dos reyes arrodillados ante él, ofreciéndole sus espadas; las legiones postradas hasta donde alcanzaba la vista; Elar, sonriendo, libre al fin de su bosque; Darien, vivo y leal, a su derecha; Pipo, gordo y feliz, durmiendo sobre un cojín de tributos.
Y paz. Sobre todo, paz: una paz total, garantizada, eterna, porque nadie se atrevería jamás a desobedecer al Portador de Todas las Formas, al Rey sobre los Reyes, al único ser capaz de ser lobo, águila, oso y tormenta.
«NO TIENES QUE SUPLICAR PERMISO A NINGUNA FORMA NUNCA MÁS», susurró la Sombra, acariciándole el pensamiento como quien acaricia a un animal herido.
«YO TE LAS DOY TODAS, PARA SIEMPRE, SIN PRECIO DE SANGRE NI DE MIEDO.
TÓMALAS. SÉ POR FIN LO QUE EL COLGANTE TE PROMETIÓ ENTRE LÍNEAS.
SÉ EL EQUILIbrIO… A TU MANERA. PARA QUÉ QUIERES EQUILIbrIO ENTRE CORONAS PODRIDAS, SI PUEDES TENER EL MUNDO EN UNA SOLA MANO. TU MANO.»
Y Kael —que había pasado frío en una celda, que había sido insultado por diez mil desconocidos, que había sangrado en el Paso por hombres que le llamaban monstruo, que no recordaba ni siquiera de dónde venía ni quién le había colgado la piedra al cuello— sintió que la oferta era justa.
Sintió que se lo debían. Y esa sensación dulce y venenosa fue lo que lo salvó: porque reconoció el sabor.
Era el mismo sabor que había en las dos cartas. Era el sabor de una
voz que siempre llega en el momento exacto en que tienes hambre, miedo o rabia, y te ofrece exactamente lo que necesitas oír.