Capítulo 2 #2
—Los guardianes tallaban las formas que el portador de su época llegaba a dominar —dijo Elar, pasando la mano por el lomo del lobo de piedra—.
Cada generación de portadores ha sido corta, Kael, y ninguna ha pasado de cuatro formas: el miedo les cerraba el corazón o el poder se lo envenenaba, y un corazón cerrado solo puede llevar una piel cada vez.
La piedra del centro lleva mil años esperando la séptima forma de alguien.
La forma que no es ningún animal. —Lo miró de reojo, con la zarigüeya en el brazo y las orejas de la zarigüeya moviéndose por cuenta propia—.
No te la describo. Las formas propias no se describen: se merecen, y cuando llegan, llegan con nombre y apellidos y no hay dos iguales.
La séptima guardiana decía que la forma final de un portador es, simplemente, su manera de querer al mundo, hecha visible.
A unos les salía un grifo. A la primera le salieron —rió en voz baja— ya ni los bardos se acuerdan, de tanto que lo discutieron.
—¿Y si a mí me sale otra zarigüeya? —preguntó Kael—. ¿Una zarigüeya grande? ¿La profecía dice algo de eso? ¿Me pueden devolver?
—Si te sale otra zarigüeya —dijo Elar, con enorme seriedad—, los dos reinos tendrán que aprender a temer a las zarigüeyas, y yo personalmente me encargaré de bordarlo en los estandartes.
Pero no te preocupes por el catálogo, pequeño.
Preocúpate por esto otro: cada forma que aprendas te va a pedir algo a cambio.
El lobo te pedirá la manada. El águila, la altura.
El oso, la fiereza. Aprende a pagar con cosas tuyas, ¿me oyes?
Nunca con cosas de otros. El día que una forma te pida el corazón de otro para dejarte pasar, ese día no es una forma: es la Sombra con pelaje prestado.
—¡Yo también sé hacer un truco! —intervino Pipo desde la viga, con la boca llena de algo que había estado en la olla y ya no—. Sé desaparecer galletas. Mira: había una galleta, y ahora… —eructó discretamente— ya no hay galleta. Magia.
—Pipo —dijo Elar sin levantar la vista—, si te comes otra galleta antes de la cena, te convierto en escoba.
—No puedes —respondió Pipo, muy digno—. Ya intentaste una vez y solo conseguí barrer mejor durante una semana. Fue humillante, pero útil.
Kael soltó una risita que sonó como un hipo con pelo.
Y al reír, por primera vez desde que despertó en la celda, el nudo de terror que le apretaba el pecho se aflojó un poco.
La calidez del fuego le subió por las patitas.
La leche tibia le pesaba en la barriga. Los párpados se le cerraron una vez. Dos veces.
Soñó con alas. No supo si eran suyas.
Despertó con un grito ahogado, incorporándose de golpe, y descubrió varias cosas a la vez: que el fuego se había reducido a brasas; que estaba envuelto en una manta de lana basta; que tenía manos; que las manos tenían pulgares — benditos, maravillosos pulgares—; y que sus ropas, secas y dobladas, descansaban en un taburete junto a él, al lado de un plato de sopa fría sobre el que Pipo dormía usando una corteza de pan de almohada.
—Has vuelto —dijo Elar desde la penumbra, sin sorpresa, avivando las brasas —. El sueño profundo afloja el miedo, y sin miedo, tu cuerpo recordó su forma.
Es un buen signo: significa que la zarigüeya eras tú pidiendo ayuda, no una jaula.
—Le acercó una taza humeante—. Bebe. Y ahora escucha lo que viene, porque no es amable: en cuanto el sol se levante, medio mundo sabrá que el portador ha despertado.
Las criaturas corrompidas de la fortaleza ya te buscan.
Y el Rey de los Cuervos vio la luz de tu colgante desde su castillo; ese hombre no deja cabos sueltos, y menos aún profecías sueltas.
—¿Y qué hago? —preguntó Kael, con la taza entre las manos humanas, temblándole un poco—. No sé luchar. No sé transformarme a propósito. No recuerdo ni cómo llegué a esa fortaleza. ¿Qué se supone que debo hacer, hacerme el muerto profesionalmente?
Antes de responder, Kael se quedó mirando el fuego, ordenando en voz alta lo poco que sabía de sí mismo, que era una forma de no volverse loco.
—¿Quién me llevó a esa fortaleza, Elar? —preguntó—. Tomás dice que aparecí en el patio. La gente no aparece en los patios. Alguien me cargó hasta allí. Alguien me colgó esto —tocó la piedra— y me dijo que no me lo quitara nunca. ¿Quién?
—Eso —dijo Elar— es la pregunta que llevo tres noches haciéndome yo, sentada junto a tu celda, escuchándote dormir.
Porque sí, portador: bajé a la fortaleza en cuanto los cuervos empezaron a mirar todos hacia el mismo sitio, y hablé con el viejo Tomás, y vi el patio donde te encontraron.
—Se inclinó hacia las brasas—. Había huellas en el barro de la tormenta, Kael.
Dos juegos de huellas a la ida, cargando un peso entre dos personas. Y ningún juego de huellas a la vuelta.
—¿Cómo se vuelve sin huellas?
—Volando. O siendo más ligero que la lluvia.
O no siendo, del todo, de este mundo. —Elar lo miró con una expresión que no usaba casi nunca: la de quien se acerca a un recuerdo que quema—.
En la profecía vieja, la séptima guardiana entró en el bosque y no volvió a ser vista.
El pueblo decidió que había muerto, porque el pueblo necesita que hasta las maravillas tengan
tumba. Yo he caminado este bosque toda mi vida y te diré una cosa: hay senderos que solo existen cuando alguien los está pisando, y hay una risa pequeña y sabia que se oye junto al Paso cuando la luna cruza alta, y nunca, nunca es el viento.
Creo que la montaña guarda a sus guardianes como los bosques guardan las semillas: no los entierra, los siembra.
Creo que quien te llevó a la fortaleza no te estaba escondiendo, muchacho.
Te estaba plantando en el único sitio donde el colgante podía despertarte sin matarte: sobre la grieta, junto a la piedra, entre los fuegos que no deben apagarse.
Kael tragó saliva.
—Cuando desperté, oí una voz —dijo despacio—. Dentro de la cabeza. Dijo: el equilibrio ha despertado.
Elar se quedó inmóvil. La cuchara de madera se le detuvo a medio camino de la olla.
—Entonces ya no hay duda posible —murmuró— y tampoco hay tiempo que perder. Esa voz es la de la piedra, portador. O la de la primera que la llevó. Vienen a ser la misma cosa, después de mil años de silencio.
—Para empezar —dijo Elar, y por fin sonrió de verdad, con una sonrisa antigua y afilada como un cuchillo bien cuidado—, vas a aprender. El bosque lleva mil años guardando las formas que necesitas, y yo llevo toda la vida guardando al bosque. Mañana, al amanecer, empezamos tus lecciones, portador.
—¿Y si no quiero ser el portador?
La pregunta salió en voz baja, casi avergonzada. Elar lo miró un largo momento, y su expresión se suavizó.
—Entonces el Colgante buscará a otro, y la Sombra buscará el corazón roto más cercano, y los reinos volverán a matarse como hace mil años, y quizá el mundo se parta en dos como dice la piedra del Paso del Viento. —Se encogió de hombros—. Pero también puede que no. Los profetas, pequeño, tienen la
costumbre de hablar del futuro como si fuera una piedra. Yo lo he vivido: el futuro es más bien como tú. Cambia de forma cuando se asusta. —Apagó la vela de un soplido—. Duerme. Mañana, si sigues aquí, empezamos.
Kael se quedó mirando las brasas mientras la cabaña se sumía en la penumbra. Pensó en huir. Lo pensó en serio: tenía piernas otra vez, la noche era oscura, el Reino Dorado quedaba al sur y nadie podría reprocharle que un muchacho sin memoria no quisiera cargar con mil años de profecías.
Pero entonces se llevó la mano al pecho y tocó la piedra verde, cálida, latiendo despacio contra sus dedos, con la paciencia de las cosas que saben esperar.
—No pienso hacerme el muerto nunca más —murmuró, sin saber muy bien si se lo decía al colgante, a Elar o a sí mismo.
Fuera, en lo alto de los abedules, un cuervo solitario giró la cabeza hacia la cabaña, escuchó un instante y echó a volar hacia el norte, rumbo al castillo, bajo la última lluvia de la tormenta.