Capítulo 2
La criatura diminuta
Ser una zarigüeya bebé era, en opinión de Kael, una experiencia que no le desearía ni a su peor enemigo. Suponiendo que tuviera enemigos. Suponiendo que supiera quién era.
El bosque, visto desde quince centímetros de altura, era un lugar completamente distinto al que recordaban sus piernas humanas.
Las raíces de los árboles eran cordilleras.
Los charcos, lagos traicioneros de fondo incierto.
Una simple hoja de roble, empujada por el viento, podía derribarte de espaldas, y las gotas de lluvia que seguían cayendo de las ramas le golpeaban la cabecita como puñetazos mojados. Por no hablar del asunto de la cola.
La cola tenía ideas propias.
Kael descubrió esto cuando intentó cruzar una rama caída y la cola se enroscó en ella con entusiasmo, dejándolo colgando boca abajo como una fruta peluda mientras sus cuatro patitas pedaleaban en el aire.
—No —dijo, con su vocecita de chillido—. No, no. Somos un equipo. Tú eres parte de mí. Obedece.
La cola, al parecer, no había recibido el memorando. Se enroscó un poco más.
—¡Suelta! ¡Suelta, traidora!
Algo se rio entre los arbustos.
No fue una risa grande ni malvada. Fue una risita contenida, aguda y rapidísima, como el jijiji de alguien que lleva un rato mirando y ya no puede más.
Kael, aún colgando boca abajo, giró la cabecita y vio, entre las hojas brillantes de lluvia, dos ojos redondos y brillantes que lo observaban con enorme interés.
—Si vas a reírte —dijo Kael—, al menos podrías…
Los ojos parpadearon. Y entonces, con una velocidad asombrosa, algo salió disparado del arbusto, trepó por la rama y se plantó frente a él, nariz con nariz.
Era una criatura pequeña, más o menos de su tamaño actual, con el cuerpo redondo como una nuez, un pelaje cobrizo revuelto, dos orejas desproporcionadamente grandes que se movían en direcciones independientes, como si cada una escuchara un mundo distinto, y una cola larga que se agitaba con la energía de quien ha desayunado tres veces.
En las patitas delanteras sostenía, con gesto reverente, un trozo de corteza de pan duro que claramente no era suyo.
—Hola —dijo la criatura, con una voz aguda y acelerada, como un arroyo con prisa—. Soy Pipo. Eso que llevas al cuello brilla. ¿Se come?
—¿Qué? No. No se come.
—¿Se lame?
—Tampoco.
—¿Se roba?
—¡Pipo! —Kael forcejeó, colgando—. Baja de ahí y ayúdame a bajar, por lo que más quieras.
Pipo inclinó la cabecita. Una de sus orejas giró hacia la tormenta, la otra hacia Kael.
—Los que cuelgan boca abajo no dan órdenes —sentenció, y le dio un mordisco a su pan—. Dan risa. Pero me caes bien, así que te propongo un trato: yo te bajo, y tú me dejas lamer lo brillante una sola vez.
—Hecho —mintió Kael, que en ese instante habría prometido la luna.
Pipo trepó, mordisqueó la rama con una concentración científica hasta que la ramita que sujetaba la cola de Kael se partió, y el cambiaformas cayó al suelo
blando con un plof de barro y dignidad herida. Permaneció tendido un momento, mirando el dosel de hojas y la lluvia que se filtraba.
—Definitivamente —murmuró—, hoy no es mi día. Ni siquiera sé si los demás días eran mejores. Es probable que tampoco.
Fue entonces cuando lo asaltó, por primera vez en forma de zarigüeya, el instinto más célebre de su especie.
Algo enorme se movió entre los árboles. Un crujido.
Una sombra. El cuerpecito de Kael decidió, por su cuenta y sin consultar, que la estrategia de supervivencia más sensata era dejar de existir temporalmente: sus patas se agarrotaron, su cuerpo se puso rígido, su hocico se abrió en una mueca espantosa y un olor indescriptible —una declaración química de esto ya está muerto y además sabe fatal— emanó de él con eficiencia admirable.
La sombra se detuvo. Unos botines de cuero gastado entraron en su campo de visión. Y una voz de mujer, serena y un punto divertida, dijo:
—Puedes dejar de fingir, pequeño. Conmigo no funciona. Llevo demasiados años en este bosque para asustarme de una zarigüeya con el corazón latiendo a gritos.
Los botines se arrodillaron en el barro. Unas manos cálidas, con las uñas cortas y las yemas manchadas de tierra y tinta, lo levantaron con una delicadeza infinita y lo depositaron en una palma ahuecada. Kael, aún rígido, dejó entreabierto un ojo.
La mujer que lo sostenía tendría unos sesenta años, o quizá cuarenta, o quizá doscientos; con ciertas personas es imposible saberlo, porque llevan la edad por dentro.
Tenía el cabello largo y gris recogido en una trenza que le caía sobre el hombro, salpicada de hojas menudas y alguna que otra pluma.
Su rostro era de rasgos firmes, con arrugas de risa en las esquinas de unos ojos verdes muy claros que, al fijarse en el colgante que Kael llevaba al cuello, perdieron de golpe toda su diversión.
Se quedó muy quieta.
—Vaya —susurró—. Así que eras tú.
—No sé de qué me hablas —dijo Kael, y su cuerpo, como si la frase lo hubiera liberado, volvió a la vida con un espasmo que lo hizo temblar de la nariz a la cola—. Yo no soy nadie. Ni siquiera sé cómo he llegado a ser esto. Hace una hora tenía pulgares. ¡Pulgares! ¡Los echo de menos!
—Ya lo creo que sí —dijo la mujer, y echó a andar entre los árboles con Kael en la palma, mientras Pipo, con su pan robado, trotaba tras ella sin que nadie lo hubiera invitado—.
Me llamo Elar, pequeño portador. Y si ese colgante ha despertado contigo, este bosque y yo llevamos esperándote más tiempo del que puedes imaginar.
Ven. Tienes frío, hambre y unas cien preguntas.
En mi casa hay fuego, sopa y, con suerte, unas noventa y nueve respuestas.
La cabaña de Elar apareció tras una cortina de abedules como aparecen las cosas que el bosque decide mostrar: de repente y como si siempre hubiera estado ahí.
Era baja, de troncos y barro, con un tejado de turba del que brotaban hierbas y un humo azul que salía de la chimenea con la pereza de los humos contentos.
Alrededor crecía un jardín imposible: plantas que Kael no reconocía, flores que brillaban tenuemente aun bajo la tormenta, piedras pintadas con símbolos que se movían un poco si los mirabas de reojo.
Dentro hacía calor y olía a leña, a romero y a sopa de verdad. Elar lo depositó sobre un paño junto al fuego, le acercó un cuenquito de leche tibia —que Kael bebió con una vergüenza inicial que duró exactamente un sorbo— y se sentó frente a él en un taburete de tres patas.
Pipo, mientras tanto, había trepado a una viga, desde donde vigilaba la olla con la fijeza de un general ante un mapa de campaña.
—Escúchame bien, Kael —dijo Elar.
El joven levantó la cabecita, con el bigote goteando leche.
—¿Cómo sabes mi nombre? Yo mismo lo recordé hace una hora.
—Porque el colgante me lo ha dicho. —Elar se inclinó hacia el fuego y la luz le iluminó medio rostro—.
O mejor: porque llevo toda la vida preparándome para el día en que ese colgante volviera a brillar, y los nombres importantes acaban encontrando el camino hasta mis oídos.
Esa piedra que llevas al cuello se llama el Colgante del Equilibrio.
Tiene mil años. Fue forjado para sellar a una entidad que se alimenta del odio entre los pueblos…
y para señalar, cuando el sello se rompiera, a la única persona capaz de restaurarlo.
Kael miró su cuerpecito. Sus patitas. Su cola, que acababa de enroscarse, por iniciativa propia, en el asa del cuenco de leche.
—Creo que el colgante se ha equivocado de persona —dijo.
—Oh, el colgante no se equivoca —dijo Elar, con una sonrisa que no llegó del todo a sus ojos—.
Lo que ocurre es que tampoco es amable. No elige al más fuerte, Kael.
Elige al que puede aprender. —Removió la sopa con una cuchara de madera—.
Hace mil años, los guardianes sellaron a la Sombra Primordial bajo la montaña usando esa piedra.
La profecía dice que un portador capaz de dominar muchas formas —sin perderse en ninguna— podrá mantener el sello cerrado cuando vuelva a agrietarse.
Y el sello, pequeño, se está agrietando.
Lo has oído esta noche, ¿verdad? Los golpes bajo la fortaleza. El rascado en la piedra.
Kael asintió lentamente, con su cabecita de zarigüeya.
—Los guardianes de piedra despertaron —dijo—. Tenían los ojos verdes. Verdes sucios.
—La Sombra se filtra por las grietas y corrompe lo que toca —explicó Elar—.
Primero las piedras que nadie mira. Después los animales.
Después, si se la deja… los hombres. —Levantó un dedo—.
Por eso el Colgante te transformó. Escúchame: tu poder no funciona con órdenes, funciona con sentimientos.
El miedo te hizo pequeño e invisible, porque es lo que tu corazón pedía a gritos: que no me vean, que no me vean.
El Colgante te escuchó. Cuando aprendas a pedirle con claridad, te dará otras formas. El lobo. El águila. El oso. Todo lo que
el bosque guarda, el Equilibrio lo puede tomar prestado. Pero cada forma tiene un precio y un temperamento, y si algún día una forma te pide quedarte en ella para siempre… ese día tendrás que recordarte a ti mismo en voz alta quién eres.
Elar se puso en pie, cogió una cesta del rincón y lo condujo —con la zarigüeya instalada en el hueco de su brazo como un bebé peludo e ilustre— al jardín que rodeaba la cabaña.
Allí, dispuestas en un semicírculo ante el roble grande, había siete piedras del tamaño de un hombre sentado, y en cada piedra, tallado con un arte que no buscaba la belleza sino la exactitud, dormía un animal: un lobo de piedra con la cabeza entre las patas; un águila con las alas plegadas como un manto; un oso alzado sobre las patas traseras, mirando un cielo que la piedra no podía ver; una cierva; una serpiente de río enroscada en su propio caudal; un zorro; y una séptima piedra, la del centro, sin tallar, lisa y expectante como una página que aún no le ha llegado su frase.