Capítulo 1 #2
Un trueno retumbó sobre la fortaleza y la llama de la lámpara se agitó. En el mismo instante, el colgante de Kael pulsó con más fuerza, y la luz verde se derramó por las paredes de la celda dibujando sombras que parecían moverse un segundo más tarde que las cosas que las proyectaban.
Tomás se puso pálido.
—Ya están aquí —susurró.
—¿Quiénes?
—Los que duermen bajo la montaña y escuchan a la piedra.
Llevo tres noches oyéndolos rascar. —El anciano agarró a Kael por la manga con una fuerza sorprendente y lo arrastró hacia la puerta—.
¡Corre, muchacho! Por el pasillo de la derecha, hasta el fondo, baja las escaleras de la torre rota y salta el foso por donde se cayó el puente. No mires atrás. Y hagas lo que hagas…
Un golpe seco, profundo, llegó desde las entrañas de la fortaleza, como si algo inmenso hubiera chocado contra una puerta en el fondo del mundo. Luego, otro. Y otro. Y entre golpe y golpe, un sonido finísimo, paciente, como el de una uña rayando una piedra.
Tomás empujó a Kael hacia el pasillo.
—¡Corre! ¡Y no te quites el colgante!
Kael corrió.
El pasillo de la derecha era un túnel de piedra en penumbra, con el suelo cubierto por una alfombra de hojas secas que la tormenta había ido empujando durante años por las rendijas.
El joven corría descalzo, con el corazón golpeándole las costillas, y el colgante golpeándole el pecho a cada zancada, dejando un rastro de luz verde que se apagaba tras él como la estela de un barco fantasma.
Detrás, muy lejos y a la vez demasiado cerca, sonó un estrépito de piedra rompiéndose.
Las escaleras de la torre rota descendían en espiral.
Kael bajó de tres en tres, resbaló en un peldaño cubierto de musgo, se agarró a la pared y siguió bajando mientras la fortaleza entera parecía despertar a su alrededor: crujidos, golpes lejanos, y algo peor, algo que no era un sonido sino una presión en los oídos, como si el aire se hubiera vuelto más denso y hubiera empezado a murmurar.
Llegó a un patio interior anegado por la lluvia. El agua le cubría los tobillos. Al fondo, entre dos torreones derruidos, se distinguía la brecha del puente caído y, más allá, la negrura protectora del bosque. Cuarenta pasos. Treinta. Veinte.
Y entonces el suelo se movió bajo sus pies.
No fue un temblor. Fue el suelo levantándose.
Las losas del patio se agrietaron con un crujido seco y de la tierra empapada emergió una figura de piedra y raíces, alta como dos hombres, con los brazos largos como ramas y unos ojos que no eran ojos sino dos huecos con luz verde, la misma luz del colgante, pero sucia, enferma, como agua estancada.
Detrás de ella emergió otra. Y otra más, al otro lado del patio, cortándole la retirada.
Kael se quedó inmóvil, con la lluvia empapándole la cara.
—No —dijo, con una calma que no sentía—. No, no, no. Esto no está pasando. Las estatuas no se levantan. Las estatuas se quedan quietas, que para eso son estatuas.
La primera figura extendió un brazo de raíz y piedra hacia él. Se movía despacio, con la lentitud terrible de las cosas que no necesitan tener prisa porque saben que no tienes a dónde ir.
Kael retrocedió hasta que su espalda chocó con la pared de la torre.
Buscó una puerta, una ventana, un hueco, cualquier cosa.
Nada. La figura avanzaba. Y avanzaba. Y en su pecho, el colgante latía ya como un tambor de guerra, y la luz verde le subía por el cuello, le cosquilleaba la piel, le llenaba los oídos con un zumbido que de pronto, por un instante, casi pareció una voz.
El equilibrio ha despertado.
Kael no oyó la frase con los oídos. La oyó por dentro, como se oye un recuerdo. Y junto a la voz llegó el miedo, un miedo puro y total que le recorrió el cuerpo como una descarga… y el mundo se hizo enorme.
Ocurrió en un parpadeo. Un golpe de calor.
Un tirón hacia abajo, como caerse de espaldas dentro de su propio cuerpo.
La pared que tenía detrás creció y creció hasta convertirse en una montaña de piedra.
La lluvia, que antes eran gotas, se convirtió en proyectiles que reventaban a su alrededor como bombas de agua.
Sus ropas se desplomaron sobre él, un toldo enorme y empapado del que tuvo que salir escarbando, con el corazón desbocado y una certeza absurda clavada en el cerebro:
Tenía cola. Una cola larga, rosada y prensil, que se enroscaba sola.
Y manos diminutas. Y un hocico puntiagudo. Y un olor… Dios, qué manera de oler de pronto el mundo: la piedra mojada, la tierra, el hierro viejo de las cadenas, la podredumbre dulce de las hojas, todo multiplicado por mil.
—¡¿Pero qué…?! —intentó gritar, y lo que salió de su garganta fue un chillido agudísimo de criatura pequeña y aterrada.
Kael se miró las manos. Eran patas. Unas patitas rosadas con dedos diminutos y pulgares oponibles, temblando de frío y de espanto. Se había convertido en… conocía esa forma de los tejados de las casas y de los graneros: una zarigüeya.
No una zarigüeya adulta, ni siquiera: una cría. Una bolita de pelo gris y mojado del tamaño de una mano, con las orejas negras y los ojos enormes.
El colgante, eso sí, seguía con él: miniaturizado de algún modo imposible, colgando de su cuellito peludo, latiendo verde contra su pecho de roedor.
Sobre él, la figura de piedra detuvo su avance.
Sus ojos de luz sucia barrieron el patio, pasaron sobre la ropa abandonada, sobre el charco donde Kael había estado de pie un segundo antes…
y siguieron de largo. No lo veían. Era demasiado pequeño.
Era, por primera vez en su vida, exactamente del tamaño adecuado para no ser nadie.
Kael no se lo pensó dos veces. Echó a correr sobre sus cuatro patitas hacia la pared de la torre, encontró una grieta entre dos sillares —una grieta insignificante, que de humano le habría parecido una rendija— y se metió por ella como se mete el agua: sin pedir permiso.
La piedra lo envolvió. Del otro lado, Kael cayó sobre un montón de hojas mojadas, rodó, se sacudió, y siguió corriendo hacia la oscuridad del bosque con sus patitas ridículas, la cola enroscándose en cada rama, el corazón latiéndole al ritmo del colgante.
A sus espaldas, en la Fortaleza Olvidada, las figuras de piedra se quedaron inmóviles bajo la lluvia, mirando con sus ojos verdes y enfermos un patio vacío.
Y muy lejos, al otro lado de las montañas, en el Castillo de los Cuervos, todos los pájaros mensajeros alzaron la cabeza a la vez hacia el mismo punto del bosque, como si acabaran de oír, en mitad de la tormenta, un chillido diminuto e importantísimo.
El portador había despertado.
El problema era que, en ese momento, el portador pesaba doscientos gramos, tenía la cola prensil y estaba muerto de frío.