El Rey de los Cuervos Capítulo 1
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Capítulo 1

El despertar de las sombras

La tormenta llegó a las montañas una hora antes de la medianoche, y no llegó como llegan las tormentas honestas, anunciándose con truenos lejanos y nubes pacientes. Llegó de golpe, como una puerta que alguien abre de una patada en una casa dormida.

El viento bajó rugiendo desde las cumbres y azotó las torres del Castillo de los Cuervos con tanta furia que las viejas campanas de bronce —las que solo sonaban para coronaciones y funerales— repicaron solas, una, dos, tres veces, con un sonido hueco que puso de pie a los perros de la guardia y erizó el pelo de los caballos en los establos.

La lluvia caía en diagonal, casi horizontal, y golpeaba los ventanales del salón del trono como si mil dedos impacientes exigieran entrar.

El Rey de los Cuervos estaba despierto.

Llevaba despierto tres noches.

Su nombre, en las crónicas antiguas, se escribía con siete letras que ya nadie se atrevía a pronunciar en voz alta, pero en su reino todos lo llamaban simplemente el Rey, como si no pudiera existir otro.

Era un hombre alto, de hombros anchos y rostro afilado, con una barba negra salpicada de hebras grises que parecían hilos de escarcha.

Sus ojos eran de un gris tan claro que en la penumbra parecían no tener color, y miraban el mundo con la lentitud de quien ha aprendido que casi nada merece prisa, y que lo que la merece suele ser mortal.

Sobre los hombros llevaba la capa que daba nombre a su casa: una capa tejida con plumas negras de cuervo, miles de ellas, cosidas durante generaciones, que al moverse producían un rumor suave, como el de un bosque inquieto.

Estaba de pie junto al gran ventanal del salón, con las manos cruzadas a la espalda, mirando la tormenta. Sobre la mesa de roble, detrás de él, se

amontonaban los informes de las últimas tres noches, y todos decían lo mismo con palabras distintas.

Los cuervos habían dejado de hablar.

—Explica eso otra vez —dijo el Rey, sin volverse.

El capitán de la guardia nocturna, un soldado veterano llamado Bram, con una cicatriz que le partía la ceja izquierda, carraspeó. Llevaba la armadura empapada y dejaba un pequeño charco a sus pies.

—Majestad, los pájaros mensajeros… no vuelan.

Se niegan. Los hemos soltado al amanecer, como siempre, y en vez de partir hacia las atalayas han vuelto a las perchas.

Todos. Hasta los jóvenes, que suelen ser los más ansiosos.

Están… mirando hacia las montañas, señor.

Todos en la misma dirección. Como si escucharan algo.

—¿Y los vigías de la Torre Alta?

—Informan de luces, Majestad. —Bram tragó saliva—. Luces verdes, bajo la tormenta, en la zona de la Fortaleza Olvidada. Tres noches seguidas. Y esta noche… esta noche la luz no parpadea, señor. Arde fija. Como una estrella que se hubiera caído en el bosque.

El Rey permaneció en silencio un largo momento. La lluvia redobló contra el cristal.

—Mi padre me contó una historia cuando yo era niño —dijo al fin, en voz baja —.

Me la contó una sola vez, y me prohibió repetirla fuera de esta sala.

Decía que en la Fortaleza Olvidada duerme algo que no debe despertar solo.

—Se volvió, y la capa de plumas susurró como un presagio—.

Las campanas han sonado solas, capitán. Los cuervos miran a la montaña.

La luz verde arde. Yo conozco esas señales, aunque desearía no conocerlas.

—¿Qué órdenes da, Majestad?

—Que dupliquen la guardia en las murallas. Que nadie salga del castillo hasta que yo lo autorice. Y que preparen veinte jinetes con los caballos más rápidos.

—Hizo una pausa—. Si lo que duerme en esa fortaleza ha despertado, capitán, quiero saber qué es antes de que lo sepa el Reino Dorado. Antes de que lo sepa nadie.

Un trueno sacudió el castillo hasta los cimientos. En el ventanal, durante un instante, el relámpago dibujó la silueta del Rey como una sombra enorme con alas.

Cuando el capitán se retiró, el Rey no fue a sus aposentos.

Subió en cambio, con una vela y sin escolta, la escalera de caracol de la Torre de los Papeles, donde su casa guardaba lo que no se guarda en los archivos: los documentos demasiado viejos, demasiado vergonzosos o demasiado peligrosos para tener índice.

En el último anaquel, tras una cortina que llevaba once años sin descorrerse, encontró el infolio que buscaba: la Crónica Verdadera del Sello, escrita por el escriba de los guardianes en los años posteriores a la guerra, prohibida por su abuelo y leída, que él supiera, solo por su padre y por él.

Las páginas crujían como si protestaran.

El Rey leyó de pie, a la luz de la vela, los pasajes que su memoria de niño había convertido en niebla: el hambre que no se alimenta de carne; las señales que precederían al debilitamiento del sello —las aves mensajeras callarán y mirarán a la montaña; las campanas de los castillos sonarán sin mano; una luz verde arderá tres noches sobre el sitio donde el portador despierte—; y la naturaleza del portador profetizado, que el escriba describía con una frase inquietante por su poco interés en lo heroico: «no será el más fuerte, ni el más puro, ni el más sabio de su tiempo; será el que más formas pueda llevar sin dejar de responder a su nombre».

El Rey cerró el libro despacio. Fuera, la tormenta amainaba como si también ella escuchara. Durante un largo rato contempló su propio reflejo de cera y penumbra en el cristal de la ventana alta: un hombre de mediana edad, con hebras grises en la barba y un reino pequeño y testarudo a sus espaldas.

—Padre —dijo en voz baja, a la habitación vacía—, tenías razón, como de costumbre, y has hecho bien en no contarlo nunca en voz alta. Esto, contado en voz alta, es o una profecía o una sentencia. —Sopló la vela—. Pues que sea las

dos. Si el portador ha despertado en mis montañas, lo encontraré yo primero. Y que los dioses se apiaden del que se interponga, sea del sur, sea del norte o sea de debajo de la tierra.

A veinte leguas de allí, en el corazón podrido de la Fortaleza Olvidada, un joven abría los ojos en la oscuridad.

***

Lo primero que supo fue el frío.

Lo segundo, el dolor: un dolor sordo en la nuca, como si le hubieran golpeado con algo blando y pesado, y otro más agudo en las muñecas, donde unas argollas de hierro viejo le habían rozado la piel durante demasiado tiempo.

Estaba tumbado sobre piedra desnuda. Olía a humedad, a polvo de siglos y a algo más, algo dulzón y podrido que no supo nombrar.

Lo tercero que supo fue su nombre. Le llegó como llega a veces una palabra en la punta de la lengua: despacio, desde muy lejos.

Kael.

Se llamaba Kael. Tenía unos veinte años, el pelo castaño revuelto, las manos de alguien acostumbrado a trabajar, y ninguna, absolutamente ninguna idea de cómo había llegado hasta allí.

Se incorporó con esfuerzo. La habitación era una celda amplia, o lo había sido alguna vez: muros de piedra gris agrietados por el tiempo, una puerta de roble reforzado con bandas de hierro, un ventanuco alto por el que entraba, entre ráfagas de lluvia, una luz débil y verdosa.

Parpadeó. Luz verdosa. ¿De dónde venía una luz verdosa en mitad de una tormenta?

Entonces lo sintió: un peso cálido sobre el pecho.

Bajó la mirada. Colgando de una cadena de metal oscuro, sobre su camisa rota, descansaba un colgante.

En el centro llevaba engastada una piedra verde que brillaba con luz propia, pulsando despacio, como un corazón que late.

Kael lo tomó entre los dedos y la luz se intensificó un instante, y con ella llegó un

recuerdo que no era un recuerdo: la sensación de haber corrido por un bosque, de haber huido de algo, de unas voces que gritaban su nombre en una lengua que no entendía, de unas manos que le colgaban aquel colgante al cuello y le susurraban una sola frase.

No te lo quites nunca. Pase lo que pase, no te lo quites nunca.

—¿Qué es esto? —murmuró, y su propia voz le sonó extraña en la piedra fría—. ¿Dónde estoy?

La respuesta llegó desde el otro lado de la puerta: un arrastrar de pies, un tintineo de llaves, una tos vieja.

Kael se puso de pie de un salto y retrocedió hasta la pared.

Las argollas de sus muñecas estaban abiertas —alguien las había soltado, o no habían llegado a cerrarse—, y las cadenas colgaban de la pared como serpientes dormidas.

Eso significaba que lo habían llevado allí y lo habían dejado… ¿para qué? ¿A esperar qué?

Las llaves giraron en la cerradura.

La puerta se abrió con un gemido largo y apareció un anciano encorvado, con una lámpara de aceite en una mano y un manojo de llaves en la otra. Tenía la barba blanca hasta la cintura y unos ojillos vivaces que se clavaron en Kael con una mezcla de alivio y terror que el joven no supo interpretar.

—Ya era hora —dijo el anciano—. Has dormido tres días, muchacho. Tres días, con sus tres noches, y la piedra brillando cada vez más fuerte. Yo ya empezaba a pensar que no ibas a despertar nunca, y créeme que eso habría sido un problema para los dos.

—¿Quién eres? ¿Dónde estoy? ¿Qué es este lugar?

—Preguntas, preguntas. —El anciano dejó la lámpara en el suelo y se apoyó en la pared, agotado, como si subir hasta allí le hubiera costado media vida—.

Me llamo Tomás, o eso creo; cuando llevas sesenta años cuidando una fortaleza en la que no vive nadie, hasta el nombre se te gasta. Esto es la Fortaleza Olvidada,

muchacho, aunque olvidada no es la palabra: la palabra es evitada. Llevo sesenta años aquí, alimentando los fuegos que no deben apagarse y echándole el cerrojo a puertas que no debe abrir nadie. Y hace tres noches, con la primera tormenta, apareciste tú.

—¿Aparecí?

—En el patio. Desmayado. Con eso —señaló el colgante con un dedo tembloroso— brillando como un faro verde.

Yo no sé quién te trajo, muchacho, y no quiero saberlo.

Sé lo que es esa piedra. Mi abuelo cuidó esta fortaleza, y su abuelo antes que él, y todos aprendimos la misma lección el primer día: si la piedra despierta, hay que correr.