El Rey de los Cuervos Prólogo
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El Rey de los Cuervos

El Rey de los Cuervos

Por Eric Gomez

© inepub.com

Prólogo

La profecía olvidada

Hace mil años, cuando las montañas eran jóvenes y los ríos aún buscaban su camino entre las piedras, existían dos reinos que compartían un mismo cielo.

Al norte de la cordillera se alzaba el Reino de los Cuervos, tierra de bosques oscuros, torres de piedra negra y noches largas, donde los hombres aprendían a escuchar antes que a hablar y donde cada juramento se sellaba ante el fuego.

Al sur, bañado por un sol que parecía no cansarse nunca, se extendía el Reino Dorado: campos de trigo que ondulaban como un mar amarillo, ciudades de mármol blanco y un pueblo orgulloso que cantaba en las cosechas y forjaba el mejor acero del mundo conocido.

Durante siglos, los dos reinos fueron uno solo en todo menos en el nombre.

Los pastores de las cumbres llevaban sus rebaños de una ladera a otra sin pedir permiso a ninguna corona.

Los mercaderes cruzaban el Paso del Viento con las alforjas llenas y volvían con las alforjas vacías y el corazón contento.

Hubo bodas entre las dos casas reales, hubo tratados escritos en pergamino y tratados escritos en sangre compartida en batallas contra enemigos comunes, y hubo un tiempo —los ancianos aún lo contaban bajando la voz, como quien toca una herida que ya no duele pero que nunca cerró del todo— en el que nadie recordaba por qué dos pueblos tan distintos necesitaban dos banderas, si compartían las mismas montañas, las mismas tormentas y los mismos muertos.

Pero había algo más antiguo que los reinos. Algo anterior a las banderas, a las coronas y al primer juramento ante el fuego.

En el corazón de la cordillera, donde la roca se abre en grietas que ningún hombre ha medido jamás, dormía una entidad que los primeros guardianes llamaron la Sombra Primordial. Nadie sabe si nació con el mundo o si llegó a él como llega el invierno: sin pedir permiso. Los escritos más viejos no la

describen como un monstruo con garras ni como un ejército con tambores. La describen como un hambre.

La Sombra no se alimentaba de carne. Se alimentaba de miedo.

Del odio que un hermano siente por otro y no se atreve a confesar.

De la envidia del que mira el campo ajeno.

De la grieta pequeña, casi invisible, que se abre entre dos pueblos que ayer compartían el pan.

Allí donde dos corazones se separaban, la Sombra crecía.

Allí donde una sospecha se convertía en certeza sin pruebas, la Sombra respiraba.

Era paciente como lo son las cosas eternas: no necesitaba ganar batallas, le bastaba con esperar a que los hombres las pelearan por ella.

Y los hombres, que son criaturas ingeniosas para todo menos para su propia ruina, se lo pusieron fácil.

Nadie recuerda ya cuál fue la primera ofensa.

Unos dicen que fue un rebaño robado en la frontera.

Otros, que un cazador del norte mató a un ciervo consagrado en los bosques del sur.

Los pergaminos del Reino Dorado culpan a un embajador de los Cuervos que llegó borracho a una audiencia; los pergaminos del norte aseguran que el insulto vino de un príncipe dorado que se negó a inclinarse ante una estatua.

La verdad, probablemente, es más pequeña y más triste que todas esas versiones: la verdad es que alguien, un día, contó una mentira en el lugar exacto y en el oído exacto, y la Sombra, que llevaba siglos escuchando desde las grietas de la montaña, sonrió por primera vez.

Primero fueron las palabras. Después, las miradas.

Después, un puente quemado con flechas de un bando que nadie pudo identificar.

Después, dos aldeas arrasadas en una misma noche, cada una convencida de vengarse de la otra.

Cuando los reyes quisieron darse cuenta, sus ejércitos ya se miraban desde las dos laderas del Paso del Viento con las lanzas en la mano y el corazón envenenado, y ninguno de los dos recordaba con claridad cómo habían llegado hasta allí.

Solo sabían —con esa certeza feroz que solo da el miedo— que el enemigo era el otro.

La guerra duró once años. Los cronistas la llamaron la Guerra de las Dos Laderas, y no hay crónica que la cuente sin estremecerse.

Los cuervos, que antes llevaban mensajes entre los dos reinos, aprendieron a anunciar cadáveres.

Los campos dorados se tiñeron de un color que ningún poeta se atrevió a cantar.

Y bajo la montaña, alimentándose de cada lágrima y de cada grito, la Sombra Primordial despertó del todo y comenzó a estirarse, a crecer, a soñar con el día en que no quedara sobre la tierra un solo corazón que no estuviera roto en dos mitades enemigas.

Fue entonces cuando aparecieron los guardianes.

No eran reyes. No eran ejércitos. Eran siete: tres del norte, tres del sur y una niña que no era de ninguna parte y que, según las crónicas, llegó caminando desde el bosque con los pies descalzos y un colgante de piedra verde colgando del cuello.

Los guardianes no traían espadas más grandes ni hechizos más antiguos.

Traían algo mucho más peligroso para la Sombra: memoria.

Recordaban cómo había sido el mundo antes de la mentira.

Y recordaban también el nombre verdadero de la entidad, y sabían la única verdad que la Sombra llevaba mil años tratando de que los hombres olvidaran: que ella no podía ser destruida por la fuerza, porque la fuerza la alimentaba; solo podía ser contenida por aquello que la negaba.

La unión.

Durante tres días y tres noches, en el círculo de piedras que aún hoy corona el Paso del Viento, los siete guardianes trabajaron sin dormir.

Forjaron —con metal de las dos laderas, con agua de los dos ríos y con sangre de las dos casas reales, ofrecida libremente y mezclada sin distinción— un artefacto sencillo y terrible: un colgante.

En su centro, engastada como un corazón, latía una piedra verde que cambiaba de forma cuando nadie la miraba directamente: ora parecía una hoja, ora una garra, ora un ala desplegada.

Lo llamaron el Colgante del Equilibrio.

El Colgante no era un arma. Era una promesa con forma de joya.

Quien lo portara con el corazón entero podría tomar prestadas las formas de las criaturas del mundo —la fuerza del oso, los ojos del águila, la paciencia del lobo, la humildad de la más pequeña de las bestias— sin dejar de ser quien era, porque el Equilibrio no consiste en ser una sola cosa, sino en recordar que todas las cosas se necesitan.

Con ese poder, y con los dos reinos luchando por fin hombro con hombro contra la oscuridad que ellos mismos habían alimentado, los guardianes lograron arrinconar a la Sombra Primordial en las profundidades de la montaña y sellarla en una cámara de piedra y silencio.

La guerra terminó. Los reyes enemigos se estrecharon la mano sobre las cenizas del Paso del Viento, avergonzados de todo lo que habían creído. Los pueblos volvieron a compartir el pan, aunque tardaron una generación entera en volver a compartir las risas.

Y la niña de los pies descalzos, la séptima guardiana, habló entonces ante los dos consejos reunidos, y sus palabras quedaron grabadas en la piedra del círculo y en la memoria de los bardos:

«La Sombra no ha muerto, porque el miedo no muere: duerme.

Dormirá mientras los pueblos recuerden que son uno.

Pero llegará un día, dentro de mil años o de diez mil, en que los hombres volverán a olvidar, el sello se agrietará y la oscuridad buscará de nuevo un corazón roto por donde entrar.

Ese día, el Colgante elegirá a un portador.

No será un rey, ni un general, ni el más fuerte de los guerreros.

Será alguien capaz de llevar muchas formas sin perder la suya, alguien que conozca la humildad de lo pequeño y la responsabilidad de lo grande.

Y cuando el portador domine todas sus formas y elija el Equilibrio por encima del poder, la paz podrá restaurarse.

Si no… la montaña misma se partirá en dos, y con ella, el mundo. »

Después de hablar, la niña entregó el Colgante a los guardianes, entró en el bosque y no volvió a ser vista jamás.

Unos dicen que se convirtió en la primera cambiaformas.

Otros, que todavía camina entre los árboles, esperando.

Los bardos, que nunca se ponen de acuerdo en nada, coinciden solo en esto: que en

ciertas noches, cuando la luna cruza sobre el Paso del Viento, puede oírse en el bosque una risa pequeña y sabia, como la de alguien que sabe un secreto y no tiene ninguna prisa por contarlo.

De aquella guerra se cuentan muchas batallas, pero la que los bardos cantan en voz más baja ocurrió sin ejércitos, la última noche antes de la primera matanza, en el puente de madera que cruzaba el Paso y que los pastores llamaban el Puente de las Bodas, porque por él cruzaban las comitivas nupciales entre un reino y otro desde que había memoria.

Un pastor de la ladera norte, un muchacho de diecisiete años llamado Ilo, pasó aquella noche velando a una oveja enferma en la cabaña del puente, y vio llegar, pasada la medianoche, a una docena de jinetes sin insignias, con las caras cubiertas y antorchas apagadas.

Los vio untar los pilares del puente con brea.

Los vio trabajar rápido, en silencio, como trabajan los que cobran por adelantado.

Y vio, cuando el primer fuego prendió la madera seca, que la mitad de los jinetes huían hacia el norte… y la otra mitad hacia el sur.

Ilo bajó a la mañana siguiente a la aldea gritando que el puente lo habían quemado los dos lados a la vez, que era imposible, que no podía ser obra de ningún reino porque era obra de nadie, y su propio abuelo —que le quería— le dio una bofetada suave y le dijo que no dijera locuras, que ya teníamos bastante con los enemigos de verdad.

Antes de que cayera el sol, los heraldos del norte anunciaban en la misma aldea que los dorados habían quemado el Puente de las Bodas, y los heraldos del sur anunciaban en la aldea gemela, a una hora de camino, que lo habían quemado los cuervos, y las dos aldeas creyeron a sus heraldos, porque las aldeas —como los reinos, como los hombres— prefieren casi siempre una mentira con bandera que una verdad sin dueño.

La Sombra, desde sus grietas, aprendió aquella noche la lección que gobernaría su conducta durante mil años: que a los hombres no hay que vencerlos. Basta con mentirles por separado, dejar que cada mitad queme su mitad del puente y mirar cómo llaman guerra a su propio incendio.

Pasaron los siglos. Los reinos volvieron a separarse, esta vez sin odio, solo con costumbre, que es una forma lenta de olvido.

El Colgante pasó de guardián en guardián, luego de vitrina en vitrina, luego de leyenda en leyenda, hasta que un día desapareció de las crónicas, como desaparecen las cosas que los hombres dejan de mirar.

Los reyes de los Cuervos vistieron capas de plumas negras en honor a los mensajeros alados de sus antepasados.

Los reyes dorados levantaron torres cada vez más altas para tocar un sol que ya no compartían con nadie.

La profecía se convirtió en un cuento para niños.

La Sombra, en una palabra para asustarlos cuando no querían dormir.

Y bajo la montaña, en su cámara de piedra y silencio, la entidad ancestral esperó. Paciente. Hambrienta. Contando, una a una, las grietas que el olvido iba abriendo en el corazón de los hombres.

Hasta que una noche, mil años después de que la niña hablara junto al fuego, en lo más profundo de la cámara sellada, se oyó un sonido pequeño, casi amable, como el que hace una uña al rayar una piedra.

El sello había comenzado a romperse.