El Rey de los Cuervos Capítulo 3
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Capítulo 3

Las lecciones del bosque

La primera lección no tuvo nada que ver con transformarse, y Kael la odió con todo su corazón.

—Siéntate —dijo Elar al amanecer, señalando un tronco caído en el claro detrás de la cabaña, mientras el bosque goteaba aún la tormenta de la noche anterior y los pájaros discutían la mañana a gritos.

—¿Sentarme? Creí que íbamos a practicar… ya sabes. —Kael movió los dedos como garras—. Formas. Poderes. Cosas de profecía.

—Eso es exactamente lo que vamos a practicar. Siéntate. Cierra los ojos.

—¿Y luego?

—Luego, escucha.

Kael se sentó. Cerró los ojos. Escuchó. Al cabo de un minuto, abrió un ojo.

—Oigo pájaros. Y agua. Y a Pipo masticando algo que probablemente no debería masticar.

—Escuchas ruido —corrigió Elar, sentándose frente a él con las piernas cruzadas, tan inmóvil que una mariposa confundió su hombro con una rama —.

El ruido es lo que ocurre. Escuchar es lo que significa.

Inténtalo otra vez, portador. El bosque está hablando en este momento de ti. Aprende a oír quién te nombra.

Kael cerró los ojos de nuevo, conteniendo un suspiro.

Al principio solo hubo ruido otra vez: pájaros, agua, masticación sospechosa.

Pero Elar no se movió, y Elar tenía la clase de quietud que contagia, así que Kael se obligó a quedarse.

Y poco a poco, como quien deshace un nudo sin mirar, los sonidos empezaron a ordenarse solos.

El agua no era una sola agua: era el riachuelo del este, gordo con la tormenta, y el goteo de los abedules, y un manantial pequeño en alguna parte que no veía.

Los pájaros no era «los pájaros»: era el mirlo que contaba

algo importante a intervalos exactos, el arrendajo que le respondía con burlas, y unos polluelos, muy cerca, cuyo hambre sonaba como un coro de bisagras diminutas.

Y debajo de todo —lo sintió antes de oírlo— había un ritmo. Lento, profundo, regular. Como un tambor enorme enterrado bajo el musgo. Como el corazón de algo muy grande que dormía tranquilo.

—Hay… un latido —dijo Kael en voz baja, sin abrir los ojos—. Debajo de todo. ¿Es la montaña?

—Es el bosque —dijo Elar, y Kael notó la sonrisa en su voz—. Ahora abre los ojos y dime: ¿quién más está escuchando contigo?

Kael abrió los ojos y el claro ya no estaba vacío.

En el borde de los abedules, tres ciervos lo miraban sin miedo, con las orejas orientadas hacia él.

Sobre una rama baja, un búho de ojos dorados lo estudiaba con la solemnidad de un juez.

Y entre las raíces del roble grande, una familia de erizos había salido a curiosear, junto con dos comadrejas que fingían no estar curioseando en absoluto.

—Todos los animales de este bosque sienten el Colgante —dijo Elar—.

Para ellos eres como una campana que solo ellos pueden oír.

Te respetarán si tú los respetas. Y ahora viene la parte que no te va a gustar: para pedir prestada una forma, no basta con desearla.

Tienes que comprenderla. El Colgante no convierte a nadie en disfraz, Kael.

Te presta un cuerpo con sus sentidos, sus instintos y su corazón.

Si no entiendes al animal, el animal te entiende a ti… y manda él.

—¿Y el primer animal es…?

—El que ya te conoce. —Elar se levantó y se sacudió la falda—. Pero la zarigüeya era refugio. Hoy toca otra cosa. Hoy toca el cazador que corre con la manada, el que guarda los linderos. Hoy, portador, toca el lobo. Y para eso tienes que dejar de pensar como una presa.

Pasaron tres días aprendiendo a pensar como un lobo antes de intentar siquiera serlo.

Elar lo hizo rastrear con los ojos vendados, guiándose por el olfato que no tenía y el oído que casi no sabía usar; lo hizo escuchar a los lobos de verdad, a lo lejos, aullando desde la ladera, y repetirle a la maestra qué se estaban diciendo —la primera vez dijo «creo que hablan de comida», y la lechuza del roble soltó algo peligrosamente parecido a una carcajada—.

Pipo, por su parte, se tomó las lecciones como un deporte de espectador: se apostaba en una rama con provisiones robadas y puntuaba cada fracaso en voz alta.

—¡Tres sobre diez! —anunciaba—. ¡El intento de rastreo ha terminado en un arbusto de ortigas! ¡El público está entregado!

—El público eres tú comiendo mis nueces —gruñía Kael, sacándose espinas.

—El público también tiene hambre, artista.

El segundo día, la lección llegó sin que nadie la convocara, con las patas rotas de miedo y una costra gris creciéndole en el lomo.

La cierva apareció en el claro a media mañana, tambaleándose entre los abedules con los ojos blancos de terror.

Era joven, de su primer invierno, y llevaba en la cruz una mancha de aquella piedra enferma que Kael había visto en los guardianes de la fortaleza: una costra viva que avanzaba despacio y le robaba el pelaje a parches, dejando debajo una piel gris y agrietada que exhalaba, por las grietas, un hilito constante de luz verde sucia.

Cuando intentaba huir, la costra le tiraba de los músculos como un jinete perverso y la hacía girar en círculos, cada vez más cortos, hacia el lado enfermo.

—La Sombra se le está subiendo al corazón —dijo Elar en voz baja, deteniendo a Kael con una mano antes de que diera un paso—.

Cuando llegue, la cierva ya no será una cierva: será una jaula con patas para una astilla de la antigua.

No puedes matarla, portador: la astilla salta al cuerpo más cercano, y el cuerpo más cercano serás tú.

—¿Y qué hago? ¿Le canto?

—Le prestas lo único que la Sombra no sabe fabricar.

—Elar lo empujó suavemente hacia el claro—.

Escúchala. Como escuchaste el bosque. Su corazón de cierva sigue debajo de la piedra, llamando.

Si el colgante y tú contestáis a la vez con algo en lo que ella pueda apoyarse, la costra pierde su presa.

El Equilibrio no hiere, Kael: sostiene. Anda.

Y sin prisa. La prisa es el idioma de los cazadores.

Kael avanzó por el claro de hierba mojada con las manos abiertas y el corazón en un puño, hablando bajito y sin parar, tonterías de muchacho nervioso —«eh, bonita, eh, tranquila, mira, sin cuernos grandes ni nada, un desastre de cazador, créeme»— mientras la cierva giraba y giraba, cada vez más despacio, hasta que sus ojos blancos tropezaron con los suyos y algo en aquel blanco se aquietó un milímetro.

Kael se arrodilló en el barro, a un paso. Puso la palma sobre la costra.

Estaba fría como una lápida y, debajo del frío, peleaba.

Lo que hizo a continuación no se lo había enseñado Elar, porque hay cosas que no se enseñan: se recuerdan.

Kael cerró los ojos, buscó el latido profundo del bosque que había aprendido a oír el primer día —aquella cadencia lenta bajo el ruido del mundo— y buscó después, más cerca, más frágil, el latido enloquecido de la cierva, dos tambores desafinados que se estorbaban.

Y entonces no hizo nada más, y lo hizo con todo su ser: acompañó.

Bajó su propio corazón, latido a latido, al ritmo hondo del bosque, y sostuvo ese ritmo junto a la cierva como se sostiene una linterna junto a un herido: sin tocarla, sin empujarla, dejando que la luz dijera por aquí, la salida es por aquí.

La costra crujió. Una grieta de luz limpia —verde hoja, verde vida— se abrió en la piedra enferma y la recorrió como la recorre un relámpago amable.

La costra se deshizo en escamas grises que cayeron a la hierba y se disolvieron antes de tocar el suelo, y la cierva se desplomó de rodillas, temblando, con los ojos otra vez castaños y suyos, y la respiración desbocada de quien regresa de un sitio horrible.

Luego apoyó la frente —con la delicadeza infinita de los animales que agradecen— contra la palma abierta de Kael, tres segundos

exactos, y se incorporó y escapó hacia los abedules con solo una cojera pequeña y ninguna prisa del otro mundo.

Kael se quedó arrodillado en el barro, con las manos temblando y una alegría silenciosa que le subía por la garganta.

—Ha vuelto —dijo—. Ha vuelto ella sola. Yo solo… le he tenido la luz.

—Eso —dijo Elar, y su voz sonó rara, como si hablara a la vez con el muchacho y con un recuerdo— es exactamente lo que los guardianes hacían, antes de que el mundo decidiera que todo poder sirve para golpear.

Guárdalo, portador. Habrá un día en que te pidan que hagas eso mismo con algo infinitamente más grande y más herido, y ese día no tendrás tiempo de aprenderlo.

Al anochecer del tercer día, junto al riachuelo, Elar lo detuvo junto a un rastro fresco impreso en el barro: cinco dedos y la marca clara de unas garras.

—Lobos de verdad —dijo—. Han bajado por la tormenta. Han olido tu campana, portador, y han venido a ver quién toca. Esta noche no vendrás conmigo a la cabaña. Esta noche te quedarás aquí, y cuando ellos lleguen, les pedirás permiso.

—¿Permiso? ¿A los lobos?

—A la forma. —Elar le puso una mano en el pecho, sobre la piedra verde, que latía tranquila—.

Escucha el latido del bosque. Escucha el tuyo.

Cuando sean el mismo ritmo, piensa en correr.

No en huir: en correr. En cuatro patas sobre la tierra mojada, con el aire frío llenándote unos pulmones que no se cansan, con la manada como una sola mente a tu alrededor.

Pídelo como se pide un favor a un amigo orgulloso: sin miedo y sin soberbia. Y Kael…

El joven la miró.

—Si la forma te pide que te quedes en ella —dijo Elar—, di tu nombre en voz alta. Tu nombre es la cuerda que te ata a la orilla. ¿Entendido?

—Entendido.

Elar se desvaneció entre los árboles con la facilidad de los años, y Kael se quedó solo junto al riachuelo, con la luna saliendo entre nubes deshilachadas y el bosque entero conteniendo, de algún modo, la respiración.