EL Rey amenazado: Los peones se mueven en la sombra 49
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Esa tarde, la base aérea de Torrejón de Ardoz se encuentra tomada por policías y militares que han establecido dos cordones de seguridad en los accesos a la misma.

En su interior, patrullas policiales recorren los alrededores de los hangares, la torre de control y las zonas anexas a la pista de despegue y vallas perimetrales.

Varios francotiradores de élite de la brIPAC permanecen apostados en determinadas ubicaciones estratégicas sin saber todavía a qué o quién apuntar, pero atentos a cualquier señal o mensaje que provenga de los observadores.

Un helicóptero de la Policía Nacional sobrevuela el recinto desde hace varios minutos.

El despliegue policial y militar es de tal calado que ni siquiera la visita del presidente de los Estados Unidos suele conllevar tanto control.

En un momento dado, un convoy formado por tres coches de alta gama de color negro accede a la zona próxima a la torre de control. Dos vehículos policiales completan la escolta.

Con inusitada rapidez, la caravana se dirige hacia el lugar en el que un avión del Ejército del Aire espera ya con los motores encendidos. Lleva diez minutos listo para rodar hasta la pista de despegue, y solo aguarda a que los ilustres ocupantes a los que esperan accedan al mismo.

El coronel al mando del CNI observa la escena desde la torre de control.

Todo transcurre según lo previsto, aunque es consciente de que hasta que el avión al que observa no se encuentre a más de diez mil metros de altitud, no respirará tranquilo.

De pronto, un reflejo lejano se cruza en sus ojos, y un mal presentimiento eleva las pulsaciones de su corazón.

—¿Qué hay allí? —pregunta a uno de sus subalternos.

—Es el CLAEX, señor. Donde se desarrolla el armamento y los sistemas electrónicos de los aviones y…

—Sé lo que es el CLAEX. ¿A cuánta distancia diría usted que está del avión?

Mientras espera la respuesta, el coronel se ha hecho con unos prismáticos y otea el horizonte; más allá de la pista de despegue y la extensión de campo que hay hasta el edificio del que están hablando.

—Así, a bote pronto, diría que sobre un kilómetro.

—Más o menos por ahí —apunta uno de los dos controladores que esperan para autorizar el despegue del avión que tienen a unos cien metros de distancia.

En ese instante, el teléfono móvil del subalterno del coronel recibe un mensaje. El zumbido se escucha en toda la estancia.

—Señor, una persona ha accedido al CLAEX con una autorización expedida por la Dirección General de Seguridad del Ministerio del Interior.

El coronel se rasca la cabeza al tiempo que piensa en voz alta.

—¿Qué tiene que ver el Ministerio del Interior en un edificio que es competencia de Defensa?

—La autorización ha sido expedida de urgencia esta misma tarde a un ciudadano ajeno a las Fuerzas de Seguridad del Estado, señor.

—Será hijo de puta —espeta el coronel sin dejar de mirar a través de los prismáticos—. ¿Quién está controlando aquella zona de la base?

—Hay una patrulla de la policía.

Un nuevo zumbido proviene del teléfono del subalterno. El resto de los presentes se mantienen a la expectativa.

—Señor, tiene que contactar inmediatamente con el ministro del Interior. Está esperando su llamada.

Abajo, a nivel de pista, el convoy se ha detenido junto al avión militar y sus ocupantes caminan hacia la aeronave.