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Todo sucede muy rápido, en no más de dos o tres parpadeos, aunque la escena, descrita al detalle, puede parecer más extensa.
El tipo que minutos antes me ha recriminado aparcar frente a la puerta de su garaje, se ha detenido a unos cinco metros de mí y me apunta con la pistola con la que acaba de pegar dos tiros.
A continuación, aparece tambaleándose un individuo que presiona su pecho con una de sus manos. La sangre se le derrama entre los dedos dejando un chorreo constante que mancha el suelo junto a sus pies. Apenas da un par de pasos y pierde el equilibrio quedando recostado sobre la pared.
Esta última escena no ha durado más de un parpadeo, lo suficiente para que mis ojos regresen al tipo que me apunta con una pistola.
He visto a la víctima y al agresor, y esta circunstancia no suele ser una buena opción cuando se quiere seguir con vida.
Y aunque no es la primera vez que me apuntan con un arma, esta vez siento que la cosa está muy jodida.
El segundo parpadeo viene precedido por el estruendo que provoca una tercera detonación. Y es aquí cuando me sorprendo, porque el disparo, que deja un molesto pitido en mis oídos, no proviene del tipo que me apunta, sino que lo hace desde detrás de mí.
Sin saber aún lo que está sucediendo, me encojo de forma instintiva a la vez que giro la cabeza hacia atrás.
Desconcertado, lo veo junto a la puerta de entrada al local.
Es el falso inspector de policía que hace unos días me robó el pendrive después de drogarme y abandonarme en el Retiro.
Sabía que volveríamos a vernos, aunque nunca imaginé que fuera en estas circunstancias.
Mi confusión es tan grande, que necesito de un tercer parpadeo para darme cuenta de que no estoy herido, porque el disparo que aún resuena en mis oídos tenía un destinatario distinto.
Cuando regreso la mirada al tipo que segundos antes me apuntaba con una pistola, este yace tumbado bocarriba sobre una de las mesas de trabajo.
Entonces, el falso inspector de policía camina rápido hacia el individuo al que acaba de abatir.
Una vez se asegura de que el tipo ya es cadáver, cachea su cuerpo hasta que encuentra un teléfono móvil antiguo que deja sobre la mesa.
Sus movimientos son rápidos, como si tuviera mucha prisa.
El registro prosigue con un folio doblado que revisa en pocos segundos, y finaliza con un smartphone que desbloquea con uno de los dedos del difunto.
Yo, que ya he perdido la cuenta de los parpadeos que llevo, me incorporo poco a poco y me dispongo a caminar sin saber exactamente hacia dónde dirigirme.
—Ni se te ocurra hacer nada que me obligue a dispararte. No tengo nada contra ti, pero tampoco voy a permitir que me jodas.
La advertencia es hecha sin que la mirada del falso inspector se haya desviado del smartphone que manipula.
—¿Qué vas a hacer ahora?
—Eso no es cosa tuya. Yo que tú regresaría a tu ciudad y estaría un tiempo calladito. Recuerda que sé dónde puedo encontrarte.
La amenaza me descoloca. ¿Si no quiere que diga nada sobre lo que acabo de ver por qué me deja con vida?
—Deja al menos que te dé las gracias.
—No te equivoques. Si no te necesitase aún, ya estarías en el mismo sitio que este traidor.
—Debe ser muy jodido, pero nada de lo que hagas la va a traer de regreso.
Mis palabras, sin yo pretenderlo, surten un efecto inesperado en el falso inspector de policía. Lo sé cuando desvía la mirada del teléfono móvil y la clava en mis ojos. No hay acero tan duro como ese par de ojos mirándome.
—¿Qué sabes tú?
—Más de lo que crees, pero no tanto como para poder ayudarte todavía.
—Te equivocas. No tienes ni puta idea de cómo funciona esto; te queda demasiado grande, así que ni se te ocurra darme lecciones.
—Solo hay una forma correcta de que los culpables paguen por lo que han hecho, y no es quitando la vida de todo el que se cruza por tu camino.
El falso inspector sonríe ahora al tiempo que regresa al smartphone .
—No sé lo que te habrán contado, pero está claro que no sabes nada de lo que se cuece en ciertas esferas.
Tu mundo perfecto en una capital de provincia no funciona cuando se rebasa la capa de inmundicia que está por encima de la plácida y monótona vida de un ciudadano común.
Es ahí donde los peces gordos mueven a su antojo sus fichas en el tablero de este país, y créeme, sin importarles los estropicios que puedan causar.
Los daños colaterales no solo suceden en las guerras.
Pero lo mejor de todo es que jamás los vas a ver caer porque para eso tienen sus paracaídas: jueces marioneta, policías corruptos o traidores como este.
—Algo sé sobre lo que puede haber detrás de la muerte de tu hija.
De repente, un quejido proveniente del tipo que minutos antes ha aparecido tambaleándose, llama nuestra atención. Aún continua con vida.
—No conoces ni la mitad de la mierda que hay sobre tu cabeza. A ciertos niveles solo hay una forma de hacer justicia. Sé muy bien de lo que hablo.
Y tras sus palabras, camina hacia mí mostrándome la pantalla del smartphone . Su mirada irradia un odio feroz, pero a su vez la satisfacción de haber encontrado lo que buscaba.
—¿Entiendes ahora lo que te digo?
En la pantalla del teléfono móvil observo la fotografía de una joven desnuda tumbada sobre una cama. A su lado, también desnudo, yace el sobrino del rey semitumbado sobre el cuerpo de la joven, y con su mano derecha rodeando la garganta de la chica.
—No es lo que piensas. Fue una trampa. Lo están utilizando igual que lo hacen contigo…
No puedo seguir hablando porque la culata de la pistola del falso inspector golpea mi mandíbula con tal fuerza que me tira hacia atrás.
Dolorido, quedo tendido en el suelo, y reculo de forma instintiva hasta que mi espalda choca con la pared más cercana. El sabor a sangre inunda mi boca. Necesito unos segundos para que mi cuerpo asimile el dolor antes de reaccionar.
Cuando puedo mirar hacia arriba, y vuelvo a ver su rostro, percibo que su rabia es de tal intensidad que la única motivación que puede mover su vida es la locura.
—No vuelvas a decirme lo que debo o puedo pensar.
Si al abuelo de este malnacido le perdonaron defraudar miles de millones y ahora vive en un retiro de lujo, ¿qué crees que harán con el nieto?
Son expertos en fabricar cabezas de turco.
Me da igual quién sea ese cabrón porque pagará por lo que ha hecho.
Aunque intento hablar de nuevo, el dolor que siento en mi boca me obliga a reprimirme. También influye, todo sea dicho, el amenazante gesto que el falso inspector hace con la pistola cuando aprecia que intento replicarle.
—Una palabra más y agotarás mi paciencia. No tientes más a la suerte. Hoy ya has agotado el cupo.
Vertida su amenaza deja transcurrir unos segundos hasta que se cerciora de que lo he entendido.
—En pocos minutos llegarán unos amigos. Si te dejo con vida es solo para que les des un mensaje. ¿Has entendido?
Como apenas puedo hablar, asiento con la cabeza.
—Es muy fácil. Esta mañana han matado a un joven en la universidad Francisco de Vitoria.
Junto al cadáver hay restos de mi sangre.
Diles que el asesino no he sido yo, sino ese traidor.
Ya estaba muerto cuando yo he llegado. Ese de ahí, después de ahorcarleo, me ha golpeado por la espalda y por eso hay restos de mi ADN en los aseos. Entrégales esta fotografía.
Desde el suelo observo la imagen algo borrosa de un tipo que se encuentra de espaldas.
El lugar me suena porque yo también he estado en los aseos de la universidad donde han matado a Beltrán.
Las ropas que lleva el individuo de la fotografía coinciden con la del cadáver que hay a pocos metros de donde estamos.
—Siento no haber podido hacerla mejor, pero no estaba en buenas condiciones.
Un nuevo quejido del hombre herido interrumpe al falso inspector de policía que, durante unos segundos, desvía la mirada hacia el lugar donde se encuentra este tumbado. A continuación, cabecea negando con la cabeza.
—Si supieras la clase de mierda que tipos como ese son capaces de generar, y a los jóvenes que engañan y arrastran hacia la confrontación. No voy a ser yo el que mueva un dedo para salvarle la vida, así que dejaremos que muera como un perro.
Entonces mira su reloj, y el gesto de su rostro cambia. Es obvio que tiene prisa.
—¿Por dónde iba? Ah, sí. Esta hoja que hay al lado del traidor es la copia del contrato de alquiler del coche que ha matado a otro de los jóvenes cuando circulaba en moto por la autovía.
Mientras escucho, comienzo a atar cabos, y mi rostro debe de ser demasiado elocuente porque él sonríe.
—Solo tienes que decir la verdad; es decir, quién tenía guardado el contrato de alquiler del vehículo.
Sus ojos se abren y sus cejas se arquean.
—Eres mi testigo. No lo olvides. Haz el trabajo por el que te has ganado la vida.
Por último, que analicen la pistola con la que ese traidor ha disparado al pobre desgraciado que no para de quejarse.
Porque, aunque la pistola es mía, tú tendrás que decir quién la llevaba realmente.
Me la ha quitado en la universidad tras golpearme.
Con ella se ha matado también a otro joven en Carabanchel.
Solo tienes que decirles esto. Ellos son listos y atarán cabos solitos.
A los dos guardas jurados sí que los maté yo.
Esos malnacidos abusaron del cuerpo de mi hija cuando ya estaba muerta.
Y aunque a estas alturas este detalle no va a importar mucho, cada uno que apechugue con sus muertos.
No, si al final va a resultar que este tipo es un angelito, pienso mientras intento incorporarme una vez sé que continuaré con vida.
—Ayúdame al menos a levantarme. Estoy un poco mareado.
El falso inspector vuelve a sonreír al tiempo que recorre el par de pasos que nos separan, y me ofrece su mano derecha.
—Quizá me haya pasado un poco —se justifica él a continuación, cuando observa las dificultades que tengo para recobrar la verticalidad. Tanto es así que me veo obligado a agarrarme a su hombro para finalizar el movimiento.
—Tenía una cita pendiente con el dentista, y ya no voy a poder posponerla más —respondo.
Tras consultar nuevamente su reloj camina con rapidez hacia la salida sin despedirse.
Mientras lo veo salir sé que volveremos a vernos muy pronto, aunque para cuando llegue esa nueva ocasión deberé tener argumentos suficientes para convencerlo de que renuncie a lo que está dispuesto a hacer.
Y para ello necesito actuar con rapidez porque el tiempo, al igual de lo que sucede con la vida del sobrino del rey, se está acabando.
En estas, un nuevo quejido proveniente del lugar donde se encuentra el herido desvía mi atención.
Al contrario de lo que piensa el falso inspector, yo no puedo dejar que una persona agonice sin prestarle atención, por mucho que pueda merecérselo.