EL Rey amenazado: Los peones se mueven en la sombra 46
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Llevo alrededor de diez minutos estacionado a pocos metros del vehículo de Sancho.

Él ha tenido suerte y ha conseguido aparcar en zona azul.

Yo, sin embargo, me he tenido que conformar con aparcar frente a la salida de un garaje privado.

Mientras espero, rezo para que ningún propietario decida salir o entrar al mismo.

Apenas ha salido de su vehículo, el joven ha entrado en el local de una organización que se ha hecho famosa por atacar al gobierno desde todos los flancos posibles.

Sonadas han sido sus campañas publicitarias en autobuses de la capital, las enormes pancartas que han colocado en fachadas de edificios con imágenes y frases agitadoras, así como también el aluvión de demandas judiciales interpuestas contra miembros del gobierno, o incluso contra sus familiares.

Un auténtico azote que estoy seguro a más de uno le ha hecho insufrible la legislatura.

Aparte de lo anterior, y la información obtenida de Poli en el estadio Santiago Bernabéu, cada vez tengo más claro que esta organización tiene algo que ver en todo este asunto.

A los pocos minutos de que Sancho haya entrado en el local varias personas han salido del mismo, por lo que supongo que en la reunión que se está celebrando en su interior, parecen sobrar testigos.

Y aunque me gustaría echar un vistazo, aunque sea desde el exterior, decido esperar un poco más porque pienso que aún no es momento de quedar al descubierto; y también porque el joven puede volver a salir solo, o quizá acompañado, y ya no podría seguirlo con seguridad.

Mientras espero, la ciudad sigue su curso.

Los coches circulan por las calles de un solo carril buscando la suerte en forma de un aparcamiento libre, y las personas que caminan por las aceras lo hacen bajo la sombra de los árboles.

Algunos se toman la primera cerveza del día en el bar que hay frente a la sede de la organización, al tiempo que unos jóvenes salen de una autoescuela cercana.

Y, como no podía faltar en el repertorio, aparece también el vecino cojonero que, aunque no tiene intención de sacar su vehículo del garaje hasta dentro de un rato, golpea con sus nudillos el cristal de mi ventanilla para recriminarme que me encuentro estacionado en la salida de su garaje.

Entonces me invento una excusa que parece convencer al tipo que acaba marchándose; sin embargo, mi inquietud se desboca cuando lo observo caminar hacia el local donde se encuentra Sancho y, tras mirar a su alrededor, entrar en él.

Sin más demora, decido salir del coche y echar el vistazo que tenía pendiente, porque hay un pequeño detalle que se me ha olvidado mencionar: el tipo que acaba de asomarse por la ventanilla de mi coche lleva una pistola.

Lo sé porque he visto su empuñadura gracias a un traicionero pliegue en su chaqueta.

Con paso ligero apenas tardo unos segundos en alcanzar la puerta del local.

El exterior está cubierto por vinilos de color morado con mensajes antiabortistas, y contra las mujeres que abortan, por lo que solo puede verse el interior desde el cristal de la puerta de entrada. Desde fuera no parece que haya nadie dentro, salvo por las luces que permanecen encendidas.

La puerta se abre con suavidad cuando la empujo, y aunque no sé lo que me voy a encontrar, decido entrar porque mi instinto me dice que allí se está cociendo una parte importante del caso.

Camino despacio como es normal en alguien que accede a un lugar que no conoce.

El local no es muy grande —una zona diáfana al principio con varias mesas de trabajo y unos despachos al fondo—, por lo que no tardo en escuchar una conversación subida de tono. A continuación, escucho varios gritos y, segundos más tarde, el estruendo de dos detonaciones.

Todo ha sucedido tan rápido que, para cuando soy capaz de reaccionar, veo salir de uno de los despachos al tipo que minutos antes me ha recriminado aparcar frente a la salida de su garaje.

Al verme se detiene; su rostro no puede esconder un gesto de sorpresa.

—Debería haberse quedado en su vehículo.

A estas palabras acompaña el movimiento de su brazo derecho que se detiene cuando la pistola que sostiene, aún humeante, apunta hacia mi cabeza.

En ese instante, sin saber qué hacer o dónde meterme, me quedo paralizado. Recuerdo entonces el desalojo del local minutos después de que Sancho entrara, y mi suposición posterior de que alguien no deseaba la presencia de testigos incómodos a esta hora de la mañana.

Estaba en lo cierto, aunque ya parece demasiado tarde.