EL Rey amenazado: Los peones se mueven en la sombra 45
86%

45

Las banderas de España —tanto la constitucional, como la preconstitucional—, así como la simbología militar lo han acompañado desde que tiene uso de razón.

Aún recuerda la música marcial que a media mañana se escuchaba en el despacho de su abuelo, coronel del Ejército de Tierra.

O cómo su padre, cuando todavía era capitán, le enseñó a desmontar y montar una pistola con apenas diez años.

Pistola con la que aprendió a disparar poco tiempo después, cuando apenas era capaz de sostener su peso con la mano.

De hecho, aún puede sentir el dolor que le causó ese primer disparo que casi le fractura la muñeca.

Pero eso no fue impedimento para asimilar que, de igual forma que lo habían hecho sus antepasados, él también serviría a la patria vistiendo el uniforme de uno de los tres ejércitos.

Y siguiendo los designios de su destino, tan pronto como pudo accedió a la academia de oficiales para, cinco años después, finalizar sus estudios con el grado de alférez del Ejército de Tierra.

Su primer destino fue en un cuartel de Ceuta, experiencia que le sirvió para convencerse de que no deseaba convertirse en un funcionario más del Estado, lo que le llevó a solicitar el acceso al Mando de Operaciones Especiales, para lo que se preparó a conciencia.

Distintas misiones lo condujeron por medio mundo.

Misiones de las que nadie sabía nada, y en las que si te capturaban o te mataban nadie respondería por ti.

Allí conoció al capitán que estaba al mando del grupo de operaciones especiales al que se incorporó.

Fueron meses intensos en los que se enfrentaron cara a cara con el frío, el hambre, la muerte, y las peores miserias del ser humano.

Nadie era tan fuerte como para que las atrocidades vividas no le afectasen, y debido a ello, las cicatrices que se grabaron en sus cerebros perdurarán para siempre.

Ascendió a teniente poco antes de la misión que llevó a su grupo hasta Kabul.

Aquella noche que creyó sería la última de su vida, el capitán lo salvó de una muerte segura, pero a su vez, también lo marcó con una mancha de las que nunca se borran.

Y es que, de vuelta a Madrid, y a pesar de lo vivido por ambos hasta que pudieron escapar de aquel infierno, el capitán matizó el informe que el resto de los compañeros habían elaborado a su regreso, añadiendo las consecuencias de su desobediencia en aquella última misión.

Y esa mácula se convertiría en un lastre que acabaría marcando su carrera en el Ejército.

Consciente de que a partir de entonces le sería muy complicado ascender, fue pasando de organismo en organismo, hasta que recaló en el Centro Nacional de Inteligencia.

Y allí fue donde los nuevos salvadores de la patria lo captaron.

La idea de regresar de nuevo a una España unida, sin autonomías que debilitaran la unidad nacional, fue tan tentadora que no dudó en decir que sí.

Dijo sí a una España que solo fuera gobernada desde Madrid, donde los jóvenes recuperaran el respeto que habían perdido como consecuencia del exceso de libertades de las que ahora disfrutaban.

Jóvenes cuyo objetivo principal debería ser el de trabajar para formar y mantener una familia cristiana, olvidándose de esos trastornos mentales que los confunden y los hacen sentirse trans, gay, sin género, y todo ese tipo de modas estúpidas e incívicas.

Una España fuerte que no permita injerencias ni presiones desde Europa.

Donde el trabajo fuera sagrado y quien no quisiera trabajar sea condenado por vago y maleante.

Donde el feminismo y todos los chiringuitos creados a su alrededor sean erradicados.

Donde el extranjero ilegal sea expulsado sin miramientos, o tirado directamente al mar si fuera necesario, y el español se convierta en el único idioma aceptado, relegando al ostracismo al resto de dialectos que solo fomentan la fractura del Estado.

Y aunque un día juró lealtad al orden constitucional, desde que trabaja en secreto para ellos, siente que era antes cuando realmente traicionaba a su país y no ahora; porque observar cómo la nación se aproxima al precipicio y no hacer nada para evitarlo sí que es de traidores y no de patriotas. Quien pueda hacer que haga.

Mientras se recrea en sus pensamientos sus pasos lo han llevado hasta una dirección. Entonces se detiene en mitad de la calle, a unos pocos metros del lugar donde le han informado que se encuentran el cuarto y el quinto objetivo.

Entregarse a los recuerdos y a los fantasmas tiene el inconveniente de que durante ese intervalo de tiempo se pierde el contacto con la realidad y se baja la guardia.

Y si no es capaz de recordar cómo ha llegado hasta aquí, mucho menos podrá saber si alguien lo ha seguido.

Por ello, simula hablar por su teléfono móvil mientras inspecciona con su mirada los alrededores.

Tras la revisión, nada parece fuera de lo habitual, salvo la presencia de un hombre dentro de un vehículo a unos metros de distancia.

Y aunque juraría que ya estaba allí antes de que él llegara, le extraña que el vehículo se encuentre estacionado frente a la salida de un garaje, taponando la misma.

Probablemente sea circunstancial, pero antes de entrar y eliminar a los objetivos cuarto y quinto, tiene que cerciorarse de que el sujeto no es peligroso.

Sin pensarlo más, camina hacia el vehículo mal estacionado y toca la ventanilla del copiloto con los nudillos de su mano derecha.

—Buenos días. ¿Va a tardar mucho? Es que tengo que sacar mi coche en un rato.

Mientras habla, inspecciona con rapidez al sujeto y el interior del vehículo. La primera impresión le resulta satisfactoria.

—No. Estoy esperando a mi mujer que está en la farmacia. Solo serán unos minutos.

—Tiene usted un parking ahí mismo.

El hombre mira en la dirección hacia donde él le indica con su mano. No parece que sea vecino de la zona.

—Lo sé. Pero solo serán unos minutos.

—Está bien.

Se despide del hombre descartando que este pueda ser una complicación para sus planes, y continúa hacia el local que hay a unos metros de distancia.

Mientras camina, tantea con su mano derecha la pistola que ha sustraído al capitán esa misma mañana en los aseos de la universidad.

Dos balas más se convertirán en nuevas pruebas incriminatorias para quien le jodió la vida tras regresar de Kabul.

Ya le ha salvado la vida esta mañana al no ejecutarlo junto al cadáver del primer objetivo, y su deuda, por tanto, está saldada.

Ahora es el momento de la venganza, que siempre sabe mejor cuanto más tiempo tarda en ejecutarse.