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Apenas cien euros invertí en el rastreador que esta mañana he colocado en el BMW color amarillo que conduce Sancho. Una inversión que resulta crucial para que un detective privado no pierda el rastro de su objetivo.
Con disimulo, y fingiendo que me ataba el cordón de uno de mis zapatos, he colocado el localizador en el interior de uno de los guardabarros del vehículo cuando este permanecía estacionado en el parking de la universidad.
Y, visto lo que ha sucedido después, no hay duda de que han sido los cien euros mejor invertidos en toda mi vida, porque tras la confusión generada por la alarma contraincendios, y el posterior descubrimiento del cadáver de Beltrán, me hubiera resultado imposible localizar de nuevo al joven de no ser por este maravilloso artilugio de seguimiento.
Sin él, seguramente hubiera regresado a su casa para buscarlo y allí me habría quedado esperándolo sin éxito.
Que Sancho se dirija en estos momentos hacia un lugar distinto de lo que cabría esperar, me hace pensar que, después de lo sucedido, y aunque no haya llegado a ver el cadáver de su amigo, el joven se encuentra confuso, asustado, e inmerso en un cóctel de sensaciones que hacen que sus acciones sean incontroladas.
Por ello, todo lo que hubiera planeado junto a sus amigos, así como lo que hubieran acordado decir o hacer los cuatro sobre lo sucedido durante la noche del sábado en la que todo comenzó, ya no sirve para nada.
Estoy seguro de que ahora es el instinto el que le dirige, el miedo quien le maneja, y la ansiedad quien le nubla la cabeza.
Y si la teoría que Poli me contó ayer es cierta, sé que si quiero resolver el caso no puedo perderle de vista; pues, o mucho me equivoco, o Sancho se dirige ahora mismo a buscar respuestas.
¿Y quién mejor para darlas que aquel que organizó el plan para presionar al jefe del Estado y hacerse con el gobierno del país?
El atasco que ha provocado el accidente de un motorista en mitad de la autovía me ha posibilitado acortar la distancia con el coche de Sancho.
De no ser por este suceso es probable que cuando le hubiera encontrado el joven ya no estuviera dentro.
Ahora, sin embargo, estoy solo a unos cien metros de distancia mientras avanzamos con lentitud.
Al pasar junto al cuerpo inerte del motorista accidentado, y a pesar de que hay varias personas intentando socorrerlo, pienso en lo poco que ya va a poder hacerse por esa vida.
Ojalá me equivoque, pero, aunque todavía lleva el casco puesto y ello me impide ver su rostro, cuando un cuerpo adopta una postura similar, insertado contra uno de los mástiles del guardarraíl, no puedes dejar de pensar en lo difícil que resulta que la vida pueda continuar existiendo ahí.
Y este último pensamiento me acarrea un escalofrío que eriza el vello de todo mi cuerpo.
Unos metros más adelante, ocupando parte del carril derecho, la moto continúa destrozada sobre el asfalto. También inerte, parece compartir el destino de su jinete.
Una vez rebasado el lugar del accidente, el tráfico vuelve a fluir y esto provoca que el coche de Sancho aumente considerablemente la velocidad, circunstancia que me obliga a hacer lo mismo para seguir recortando la distancia que nos separa.
Al tiempo que acelero me alegro de ir dejando atrás lo que acabo de presenciar, porque quizá esa sea una de las mejores formas de olvidar.
En lugar de aminorar la marcha, la conducción de Sancho pasa a rozar lo temerario, y yo, que no tengo intención de perderlo, solo me queda imitarlo infligiendo sin reparos el Código de Circulación.
No obstante, el tenerlo siempre localizado y saber la dirección que tengo que tomar con solo mirar la pantalla de mi teléfono facilita mucho las cosas.
Aunque también soy consciente de que va siendo hora de acercarme un poco más al joven para poder seguirlo cuando decida abandonar el vehículo.
Un par de minutos pueden ser suficientes para perderlo de vista cuando se ponga a caminar.
Desatada la tormenta, algo en mi interior me dice que las próximas horas van a ser cruciales.