EL Rey amenazado: Los peones se mueven en la sombra 42
81%

42

Con la cabeza aún dolorida desde que el teniente le golpeara por la espalda en los aseos de la universidad, conduce siguiendo las instrucciones que le marca el dispositivo que tiene instalado en su teléfono móvil.

Parece una aplicación más de las muchas que hay para guiar al usuario hasta el destino elegido, pero cuando se accede al menú secreto de este ingenio informático, la aplicación se transforma en el mejor programa que existe para la localización de objetivos.

Desarrollado por el Mossad, basta con marcar un número de teléfono y que el titular de este descuelgue la llamada, para que el contacto quede establecido y la aplicación sea capaz de averiguar el lugar del mundo en el que se encuentra el interlocutor.

A su vez, y para que el objetivo acepte la llamada, en la pantalla de su teléfono móvil aparecerá un texto previamente configurado.

Por ejemplo, «Hospital Doce de Octubre», «Policía Nacional», o incluso «Papá» o «Mamá».

Por ello, con solo conocer el número de teléfono del destinatario, es muy fácil que este la acepte o posteriormente devuelva la llamada, instante en el que su teléfono quedará intervenido.

De los números extraídos del smartphone de Beltrán cuando este ya era cadáver en los aseos de la universidad, primero ha llamado al de Borja sin obtener respuesta, y a continuación ha probado suerte con el de Cayetano, quien sí ha descolgado.

De inmediato, el programa espía, al que muy pocas personas del mundo tienen acceso, ha comenzado a trabajar mostrando la ruta más rápida para llegar hasta el objetivo.

Conforme se aproxima al lugar donde debe encontrar a Cayetano, recapacita sobre lo vivido durante las últimas horas.

Le cuesta creer que el teniente sea un topo del CNI, pero también que el propio CNI se encuentre detrás de esta operación.

Sin embargo, tantos años ejerciendo como agente secreto le han inmunizado contra cualquier sorpresa, y él mejor que nadie sabe que en las trastiendas y en los sótanos de todos los países del mundo, allá donde se camufla y depura la mierda para hacer creer al ciudadano que el sistema democrático en el que vive es el mejor que existe, todo es posible.

Su única obsesión desde el principio es conocer la identidad de quién está detrás de la muerte de su hija, pero lo sucedido esta mañana en la universidad le ha hecho convencerse de que algo muy importante, relacionado con la desaparición de ella, está ocurriendo.

La muerte de uno de los jóvenes implicados a manos de un compañero del Centro Nacional de Inteligencia es un hecho al que todavía no ha sido capaz de dar respuesta; y las dudas sobre lo que está sucediendo se agolpan en su cabeza.

Estaciona el vehículo a doscientos metros del lugar donde la aplicación de origen israelí le indica que se encuentra el teléfono del tal Cayetano, y en pocos segundos consulta el expediente del joven.

Le extraña que, tras lo sucedido esta mañana en la universidad, no se haya dirigido hacia su casa, y en su lugar se haya desplazado hasta un piso del barrio de Carabanchel. Esta circunstancia lo pone en alerta.

Para un profesional de su nivel, capaz de entrar y salir de los lugares más vigilados del planeta, acceder a la vivienda de un ciudadano común es una tarea que podría hacer con los ojos cerrados.

De hecho, no existe cerradura en el mundo capaz de resistirse a la combinación formada por sus conocimientos y unas herramientas excepcionales.

Pero este potencial nunca le hace bajar la guardia, sino todo lo contrario, cuanto más fácil parece la tarea, más se obliga él a concentrarse. La confianza suele ser el peor enemigo.

Accede al edificio sin problemas por la puerta principal. La gorra que se ha encajado sobre la cabeza, a pesar del dolor que todavía siente, le tapa hasta la nariz cuando mira hacia abajo al entrar. Una primera inspección descarta la presencia de cámaras en el portal.

La proximidad del objetivo provoca que la interfaz de la aplicación israelí haya cambiado.

Ahora, la imagen de la pantalla ya no muestra un plano con sus calles y avenidas, sino que ofrece la estructura del edificio como si este fuera transparente.

Gracias a esta ventaja, sabe a la planta y al piso al que debe dirigirse, aunque todavía se encuentra en la entrada del bloque.

Arriesgarse a coger un ascensor cuando se está en una misión es algo que jamás se le ocurre hacer, a menos que lo haga sobre la cabina, lugar que ha usado más de una vez para subir o bajar sin ser detectado.

Y esto es debido a que el interior del habitáculo de un ascensor, en determinadas circunstancias, puede convertirse en una ratonera poco recomendable, de la que es difícil escapar si todo se complica.

Por ello, como habitualmente suele hacer, decide subir por las escaleras.

La mejor forma de hablar con el inquilino de una vivienda es llamar y esperar a que te abra la puerta, pero cuando nadie contesta pueden ocurrir dos cosas: que no haya nadie dentro, o que no quieran abrirte.

La primera opción está descartada porque la aplicación le confirma que hay dos personas en el interior de la vivienda; y la segunda le cabrea, porque no le gustan las personas descorteses.

La puerta se abre al primer intento, y entra en la vivienda con precaución; está claro que las dos personas que hay en el interior ya saben que él está allí.

Una nueva ojeada a la pantalla de su teléfono móvil le confirma que los dos cuerpos continúan en la misma posición, ninguno se ha movido a pesar de sus llamadas. Con la misma cautela que la ha abierto, cierra la puerta a su espalda.

La vivienda permanece en silencio, y esta es una circunstancia que no le agrada. Con pasos lentos y manteniendo el sigilo, camina hacia la habitación donde la aplicación israelí le indica que se encuentra la persona más próxima a su posición.

El cuerpo de Cayetano permanece tumbado en una cama que no ha sido deshecha.

Sus ojos permanecen abiertos como si mirasen hacia un lugar que seguramente se encuentre muy lejos de allí.

En su brazo izquierdo tiene clavada una jeringa.

No hay que ser muy listo para deducir lo que había en su interior.

La escena, más propia de la década de los ochenta, cuando la heroína era una epidemia que aniquilaba a jóvenes sin piedad, es muy cruel.

Al buscar su pulso, siente que el cuerpo aún está tibio pero el corazón ya no late en su interior.

El adicto cura sus traumas recurriendo a la droga para evadirse de la realidad, y seguramente es lo que le ha sucedido a este chico.

Un suicidio o unas ganas terribles por alejarse de esa realidad; bien pensado, ambas opciones acaban siendo lo mismo.

Esta primera hipótesis es radicalmente eliminada de su cabeza cuando descubre el cadáver del segundo individuo.

A este, cuyo cuerpo permanece sentado y recostado sobre una mesa que hay en la cocina, la sobredosis le ha entrado por la cabeza en forma de una bala que le ha dejado seco en décimas de segundo.

La escena resulta dantesca, y a cualquier mortal se le revolvería el estómago al ver tal desparrame de masa encefálica decorando las paredes de la estancia.

Él, sin embargo, ha visto cosas peores, aunque al olor de la carne humana quemada es complicado habituarse.

La bala le ha entrado por la nuca, y jamás ha visto a nadie suicidarse así.

La conclusión a la que llega es rápida: alguien se está dando mucha prisa esta mañana por eliminar pruebas, o quizá testigos, y ya conoce a la persona que es capaz de trabajar así.

Las preguntas vuelven a inundar su cerebro, porque cada vez tiene más claro que tras la muerte de su hija hay algo más que una simple y fatal coincidencia, pero a la vez, todavía quedan muchas dudas por resolver.

Esto provoca que el dolor de su cabeza se agudice, y siente la necesidad de sentarse en la única silla que no parece haber sido alcanzada por los restos del cadáver.

Es entonces cuando un escalofrío recorre su espalda y un extraño presentimiento le hace echarse la mano al costado y sacar la pistola que hay en la funda.

Estupefacto, observa cómo el arma que lleva no es la suya.

A partir de aquí, el olor a pólvora y a carne humana chamuscada se confunde con el olor a humo que desprendía la chimenea en la chabola de Kabul, aunque el peor olor que puede oler en este instante es el tufo a cuerno quemado que comienza a sentir en su interior, porque se acaba de dar cuenta que están intentando cargar sobre su espalda muertos de los que no es responsable.

Incapaz de continuar en esta atmósfera tan tóxica, camina hacia la ventana de la habitación y, tras abrirla, saca la cabeza al exterior.

Necesita aire para digerir lo que ha sucedido desde que aquella fatídica noche de sábado todo su mundo comenzó a deshacerse.

Sin embargo, tampoco puede detenerse, porque un solo minuto perdido es demasiado tiempo cuando hay otros que van por delante de ti.

Si no consigue recortar esa desventaja, el responsable final de la muerte de su hija quedará impune.

De repente, una figura se cruza por delante de sus ojos y le hace reaccionar.

Que le aspen si no es el teniente quien se aleja del edificio.

Después de coincidir en decenas de misiones, y haber caminado centenares de kilómetros a su espalda, reconocería esa forma de andar en una noche sin luna y con niebla.

La ropa que lleva confirma su hipótesis; ya que es la misma que vestía cuando este le agredió en los aseos de la universidad.

Catorce segundos es el tiempo que tarda en llegar al punto donde ha visto al teniente; tiempo suficiente para localizar su rastro y comprobar que prosigue caminando tranquilo y confiado.

La suerte es un parámetro aleatorio, por eso cuando se diseña una misión nunca se tiene en cuenta, y se deja olvidada como una opción más de las muchas que no deben escogerse si se pretende conseguir la perfección; aunque todo el mundo sabe que al final siempre acaba mostrando una de sus dos caras.

A él le acaba de tocar la buena, aunque en otras ocasiones ha tenido que padecer el amargo sabor del lado malo de la fortuna.