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En este lugar, rodeado de gente trabajadora de barrio, se siente una persona anónima que pasa desapercibida mientras saborea unos minutos de tranquilidad entre el murmullo de las conversaciones ajenas.
Él, que ha estado en misiones como Afganistán o los Balcanes formando parte de un destacamento de Naciones Unidas, ha conocido lo peor del ser humano, así como el horror, la desesperación y el espanto que se instala en los ojos de las víctimas.
Sin embargo, es ahora, al mando de la agencia que todo lo sabe, cuando más aversión siente hacia ese aspecto tan despreciable que forma parte del ser humano.
Y de entre todas las peculiaridades que ha conocido desde que ocupa su cargo, una de las que más le asquean es, sin duda, el nivel de cinismo que hay instalado en la clase política.
Porque esto no va ni de colores ni de bandos, ya que a todos salpica por igual.
El político al que se le ocurra reconocer un error o dar la razón al contrario puede darse por muerto, de ahí las ridículas contradicciones en las que de forma habitual suelen caer algunos.
Y de entre todos ellos, los más peligrosos son los que priorizan alcanzar o mantenerse en el poder a toda costa, por encima incluso de los intereses del propio país, al que no les importaría ver caer si ello conllevara su propio ascenso.
Esos sí que son temibles, porque con su verborrea populista alientan a las hordas de ciudadanos radicales incapaces de pensar por sí mismos ni de informarse sobre la realidad.
Ciudadanos capaces de criticar medidas que incluso les benefician solo porque no son aprobadas por gobiernos afines a su ideología.
Aunque lo peor de todo es que ese tumor también se ha expandido a la justicia.
Y sobre esto último él sabe más que nadie lo que está sucediendo.
De hecho, desde hace meses trabajan con varios informes sobre determinados jueces que presuntamente actúan con dudosa parcialidad.
Pero en este asunto hay que andar con pies de plomo porque, como no podía ser de otra forma, la judicatura también es proclive a rasgarse las vestiduras.
Y esta es la podredumbre de la que intenta huir cuando se refugia en la Villa de Vallecas; porque para poder digerir toda la inmundicia de la que es conocedor por su cargo, hay que tener muchas tragaderas.
Quizá por ello, los minutos que pasa en este bar de barrio le dan la vida que su trabajo le quita a diario.
Como suele ser habitual en él, se ha sentado en una mesa desde la que puede controlar todo el establecimiento.
La espalda siempre contra la pared y la mirada frente a la puerta de entrada al establecimiento son hábitos que, como ya se expuso en un capítulo anterior, mantiene desde los oscuros tiempos en los que era un objetivo más de ETA.
No muy lejos de allí, apoyado en la barra, su guardaespaldas y chófer se toma un café con leche. Es habitual que los dos se sienten en la misma mesa, pero en esta ocasión el coronel va a recibir una visita con información reservada que solo él puede escuchar.
Dicho y hecho. Un joven de unos treinta años accede al bar en ese preciso instante.
Su atuendo pasa desapercibido en un barrio obrero.
Pantalones vaqueros ajustados, camisa conmemorativa de un concierto de AC/DC, piercing en la nariz y ambos laterales de la cabeza rapados. Nadie diría que es un agente del CNI.
Apenas echa un vistazo al establecimiento, se acerca a la barra.
—Luis, ponme una birra bien fría.
El coronel, con disimulo, le hace un gesto con el botellín del que acaba de beber.
—Que sean dos.
El guardaespaldas no se inmuta y el resto de los clientes continúan a los suyo; hay pocos lugares más seguros para tratar secretos de Estado que este.
Con los dos botellines en la mano, el joven se dirige a la mesa donde le espera su jefe.
—La cosa se ha complicado.
Las primeras palabras del recién llegado son pronunciadas con un volumen bajo de voz apenas toma asiento.
—¿A qué se refiere?
El coronel no tutea a nadie que se encuentre bajo su mando.
—Dos de los cuatro jóvenes han muerto esta mañana.
—No es posible.
La cara del militar, habitualmente con gesto impertérrito, muestra ahora una mueca de estupefacción.
El otro cabecea con un movimiento suave para reafirmar la información que acaba de transmitir.
—¿Qué ha sucedido?
—El primero, presuntamente se ha quitado la vida en los baños de la universidad.
—Presuntamente.
—Es la versión oficial que se mantiene por ahora.
—A la mierda con la versión oficial. No estamos para perder el tiempo.
El joven propina un trago al botellín antes de responder.
—Si me permite, señor, es el suicidio más surrealista que he visto en mi vida. También se han encontrado restos de sangre fresca junto al cuerpo, aunque el cadáver no presenta ninguna herida, por lo que se sospecha que puedan ser de otra persona.
—Es vital conocer esos resultados.
—Estamos en ello, aunque llevará algo de tiempo.
—Entiendo. ¿Quién es el muerto?
—Beltrán.
—¿Y el otro?
—Borja.
—¿También suicidio?
—No señor, en esta ocasión un atropello en la M–40, cuando se disponía a coger el desvío hacia la urbanización en la que vive. Al parecer, su moto derrapó antes de coger la salida y un vehículo que lo seguía le embistió.
El coronel piensa mientras los segundos pasan; entretanto, el joven agente del CNI aprovecha para dar otro trago a la cerveza. Sabe que a menos que el jefe le pregunte, él no debe interrumpir.
—Dime algo del vehículo que lo ha arrollado.
—Robado esa misma mañana en el parking de la universidad. Tras el atropello ni siquiera se ha detenido. Lo hemos localizado estacionado no muy lejos de allí. En su interior había esto.
El coronel observa una tarjeta que el otro le enseña en el interior de una bolsa de plástico transparente.
—Hijo de puta. Es una de sus identidades secretas.
—Hemos podido revisar las cámaras de la universidad —se adelanta el agente, que también está al corriente de la identidad del «hijo de puta»—, y, aunque iba caracterizado, lo hemos localizado entrando al edificio y caminando por los pasillos.
El coronel reflexiona; es consciente que no va a parar hasta que acabe con todos los que estuvieron relacionados con la muerte de su hija. Y lo peor de todo es que como tenga acceso a la fotografía, el sobrino del rey está sentenciado.
—¿De los otros dos se sabe algo?
—No. Esperamos instrucciones, señor.
—Protección policial inmediata.
—Entendido.
—Y envíeme esos vídeos por canal seguro. Me voy a la Zarzuela ahora mismo.
De un solo trago, el coronel liquida su botellín de cerveza y se levanta de la silla para dirigirse hacia el exterior.
Todo se ha acelerado de forma repentina, y debe convencer al rey para que envíe fuera del país a su sobrino lo antes posible, ya que, si sucede lo que él teme, el agente mejor preparado del CNI dejará al país sin uno de los herederos al trono.
En el exterior ya le espera su guardaespaldas quien antes de salir ha dejado un billete de diez euros sobre la barra sin esperar al cambio. El vehículo no se encuentra muy lejos de allí.