EL Rey amenazado: Los peones se mueven en la sombra 36
71%

36

El caos vivido en la universidad se va moderando a la vez que el edificio se queda vacío, y solo veo a algún alumno despistado deambulando por los pasillos en busca de la salida.

Supongo entonces que uno de los detectores de emergencia ha sido accionado y por ello nadie se ha preocupado por acudir al lugar donde se encuentra el cadáver.

Pero cuando los testigos de lo sucedido informen al personal responsable, estos no tardarán mucho en acudir a los aseos masculinos.

Por esa razón, sé que dispongo de poco tiempo para echar un vistazo.

Al entrar en los aseos huelo a quemado, y aunque esta circunstancia me sorprende, me centro en buscar el cuerpo que a simple vista no se ve, por lo que supongo se encuentra dentro de uno de los retretes.

Lo primero que se me viene a la cabeza al ver la posición del cadáver es que hay que ser muy retorcido para quitarse la vida de esa forma. Eso, o que en lugar de un suicidio lo que estoy viendo es un asesinato; suposición que va cobrando enteros conforme observo la escena y me fijo en los detalles.

Una cuerda de grosor suficiente para soportar más de cien kilos está amarrada a uno de los inodoros, mientras que el otro cabo es el que estrangula el cuello de Beltrán.

El cuerpo permanece a unos veinte centímetros del suelo, con la espalda apoyada sobre el muro que divide ambos retretes.

La cuerda ha sido pasada de un habitáculo al otro por la parte superior de la pared que divide ambos cubículos.

Es evidente que el joven ya está muerto.

La lengua le aparece por fuera de la boca y sus esfínteres se han relajado.

Alrededor de su cuello la piel se está volviendo violácea, y el rostro está completamente pálido.

En este punto, dos detalles llaman poderosamente mi atención.

El primero son unos arañazos que se aprecian en el cuello junto a la cuerda que lo aprieta.

El otro, que las dos zapatillas del joven se encuentran en el suelo en lugar de estar en los pies del cadáver.

La conclusión a la que llego es que Beltrán ha peleado por mantenerse con vida, aunque al final haya perdido la batalla.

Y si es lo que parece, solo caben dos posibilidades: o el joven se ha arrepentido a última hora; o alguien más ha intervenido en el ahorcamiento.

Entonces vuelvo a mirar la posición del cuerpo y me fijo cómo su espalda apoya contra la pared; y aquí hay otro detalle que no me cuadra.

Guiado por mis pensamientos, me acerco al cuerpo y agarro su brazo derecho porque todavía es pronto para que el rigor mortis aporte rigidez a los músculos.

Elevo la extremidad e intento comprobar a qué distancia quedarían los dedos de la parte superior del muro que separa los retretes.

Aunque por poco, los dedos alcanzan la zona donde, de haberlo pretendido, el joven podría haberse agarrado y, quién sabe, haber podido salvar la vida.

Sin embargo, a pesar de haber indicios de lucha contra la muerte, no lo hizo.

Quizá la desesperación le nublara la razón, o quizá cuando estaba siendo ahorcado no podía alcanzar con sus manos ese apoyo porque su cuerpo, en lugar de a unos veinte centímetros del suelo, se encontraba solo a cinco, o a diez; y cuando el joven perdió el conocimiento, el asesino, al amarrar el otro extremo de la cuerda al inodoro del retrete contiguo elevó el cadáver hasta el lugar en el que ahora se encuentra.

Como detective privado, tengo que valorar todas las posibilidades, aunque unas son más factibles que otras.

También me fijo en unos restos de sangre aún fresca que hay en el suelo del aseo y a pocos centímetros del cuerpo.

No parecen provenir del cadáver del joven porque no tiene ninguna herida, y este último detalle me crea confusión.

O la sangre es del asesino, o en este retrete ha habido más movimiento de lo que parece.

En ese instante la sirena deja de sonar, aunque desde que he entrado en este lugar mi cerebro se ha abstraído de su sonido.

Ahora el silencio es absoluto, e intuyo que pronto llegará alguien por lo que tengo que salir de aquí cuanto antes.

Antes de abandonar el aseo, rebusco en los bolsillos del cadáver y cojo el teléfono móvil del joven.

Prometo devolverlo después de echar un vistazo a sus últimos mensajes y llamadas.

Sin otra opción posible, me veo obligado a usar la huella de su dedo pulgar para desbloquearlo, circunstancia que me depara cierto repelús, pero esta actitud carroñera de la que no me enorgullezco puede ser fundamental para el caso.

Solo unos pocos minutos me lleva comprobar que las conversaciones mantenidas con los otros tres jóvenes cuyos datos me facilitó Poli han sido eliminadas.

También ha sucedido lo propio con los mensajes de un grupo llamado «Regreso».

A continuación, y viendo que el resto de mensajes que no se han eliminado no son interesantes para el caso, realizo unas fotografías al listado de últimas llamadas realizadas y recibidas y, después de eliminar mis huellas del dispositivo, vuelvo a dejar el teléfono de donde lo he cogido.

Justo antes de salir del aseo, el olor a quemado vuelve a llamar mi atención, y aunque sé que los segundos corren en mi contra, decido mirar en una papelera que hay junto a los lavabos.

En su interior descubro un trozo de papel quemado y, sin pensarlo, miro hacia arriba.

El detector de humos que hay sobre mí se encuentra activado.

Sé que soy un mal pensado, pero ya nadie va a quitar de mi cabeza la idea de que alguien ha hecho saltar ese detector para aprovecharse del caos y salir del edificio entre la confusión.

Sonrío al suponer que ese tipo de ideas solo pueden ocurrírselas a un profesional. Y, sin poder evitarlo, la imagen del falso inspector Carlos Núñez Iglesias circula durante unos segundos por mi cabeza. ¿Estaré equivocado o no?