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Se mira de nuevo la mano ensangrentada y suspira porque, aunque han transcurrido unos segundos en los que no recuerda nada, cree que no ha llegado a perder la conciencia del todo y este detalle puede suponer que todavía esté a tiempo de escapar.
Pese a ello, el fuerte dolor que todavía siente en su cabeza le impide razonar con claridad, por lo que tiene que hacer un gran esfuerzo para recomponer lo sucedido.
Después de unos segundos de incertidumbre, puede recordar que seguía al joven al que había identificado tras ver su rostro en el vídeo del pendrive .
Pretendía sonsacarle y averiguar quién estaba detrás de la muerte de su hija.
No podía permitirse más errores como el sucedido con el hombre al que voló la cabeza en Gran Vía.
Entonces fueron la rabia y la ira las que dominaron sus actos; ahora su sed de venganza parece haberse contenido, al menos hasta que consiga conocer a los verdaderos responsables de que ella ya no esté a su lado.
Los pasillos se habían quedado vacíos tras el cambio de clases, al igual que parecía estarlo el aseo masculino donde había entrado el joven al que seguía.
Al principio decidió esperarlo fuera, pero como tardaba en salir, optó por cambiar de estrategia y darle el susto de su vida.
Fue entonces cuando comprobó que no estaban solos allí, y para disimular, se dirigió hacia los lavabos mientras observaba de reojo al tipo que acababa de salir del retrete contiguo al que debía ocupar el joven, porque no había otra puerta cerrada.
Su apariencia no era el de un estudiante veinteañero, aunque una gorra le tapaba el rostro.
Nada más salir del retrete el tipo se dirigió cabizbajo hacia la salida.Sin nadie que pudiera molestarle ya, caminó hacia el único retrete que tenía la puerta cerrada.
Podría haber destrozado el cerrojillo de una patada, pero cambió de opinión en el último instante y golpeó con suavidad la madera.
Al no obtener respuesta, decidió retomar el plan inicial y de una fuerte patada destrozó el cerrojo que atrancaba la puerta.
Entonces recuerda que lo que vio al otro lado le decepcionó más que impresionó.
El dolor que todavía siente en su cabeza no le impide revivir la imagen del cuerpo inerte del joven colgado junto al muro de separación de ambos retretes, y lo que hizo a continuación.
Lo primero fue comprobar que el chico no tenía pulso, aunque eso ya lo había supuesto antes incluso de poner sus dedos sobre la carótida.
Lo siguiente fue registrar sus ropas, y revisar su teléfono móvil.
El dedo del joven aún estaba caliente, pero, aunque hubiera estado helado no le habría importado usarlo; a esas alturas de su vida pocas cosas le impresionaban ya.
Con el teléfono desbloqueado, echó un vistazo rápido.
Un profesional con su capacitación sabe lo que hay que buscar, y en pocos segundos localizó un grupo de mensajería que, apenas lo vio, le resultó sospechoso.
Solo cuatro miembros activos, y todos los mensajes borrados.
Con un pantallazo envió los números de teléfono que aparecían en el grupo a un email creado con identidad falsa y una IP imposible de rastrear.
El resto del contenido que había en el smartphone solo era morralla, así que devolvió el terminal al cadáver.
Fue en ese instante cuando de nuevo sintió que no estaba solo en los baños de la universidad.
Seguramente no sea capaz de recordarlo todo, pero le resulta imposible olvidar el fuerte golpe que recibió en su cabeza que le nubló la visión.
Después, y aquí ya entra en el campo de las suposiciones, debió caer al suelo porque los recuerdos que tiene son de mirar hacia arriba y, con la vista borrosa, observar cómo un tipo con gorra le hablaba palabras que recuerda lejanas y envueltas en un eco ininteligible, como si estas procedieran del interior de un agujero profundo.
Segundos después el dolor se acrecentó y creyó incluso que iba a perder la consciencia.
Pero estaba entrenado para luchar y reponerse a este tipo de situaciones, desconectando lo justo para evitar que todo se fuera a negro, y luego poder recuperarse.
Así, y ayudado por la meditación, se concentró en una parte de su cuerpo, y aunque mantenía los ojos abiertos y a sus oídos continuaban llegando las palabras del tipo que tenía enfrente, él no veía ni escuchaba nada.
En ese instante el dolor desapareció, las náuseas se calmaron y las pulsaciones se ralentizaron.
Su cuerpo funcionaba, como en otras ocasiones, bajo mínimos, desconectado de todo, salvo de lo imprescindible para continuar viviendo.
Solo cuando él quiso regresar, lo hizo; y el dolor volvió a golpearle con fuerza, pero esta vez la consciencia se mantuvo.
Las palabras también regresaron, y las imágenes se volvieron más nítidas, lo suficiente para saber la identidad del tipo al que veía sobre él: era el mismo que antes había salido de los aseos, aunque ahora podía ver su cara.
Y mientras este lo apuntaba con una pistola, una experiencia vivida hace años le hizo transitar durante un tiempo entre la realidad que estaba viviendo y los recuerdos lejanos cargados de demonios.
Kabul, 02.30 a. m. La noche es cerrada en la capital de Afganistán.
Un grupo de élite del Ejército español formado por cinco hombres ha entrado en unas instalaciones secretas que el régimen talibán tiene en la ciudad.
Sin ninguna insignia, bandera o documentación que los identifique, saben que si fracasan y son detenidos nadie responderá por ellos y permanecerán vendidos a su suerte.
No obstante, están acostumbrados a trabajar sin red, aunque por suerte todavía no han tenido que verse en esa situación.
La misión consiste en liberar a dos diplomáticos españoles capturados y encerrados dos semanas antes.
El lugar está fuertemente vigilado por soldados afganos, pero la noche sin luna es un aliado estupendo para sorprender a quien no se espera ser sorprendido.
No son cinco hombres, sino cinco sombras que se deslizan entre la oscuridad.
Los vigilantes van cayendo en silencio, uno tras otro.
Si así lo quisieran, no quedaría ni uno solo vigilando las instalaciones donde permanecen retenidos los diplomáticos.
Pero solo eliminarán a los estrictamente necesarios para llegar hasta los objetivos y sacarlos sanos y salvos.
El equipo que portan también ayuda. Última tecnología militar con un coste de cien mil euros por barba.
Sin hacer más ruido que el viento que recorre las calles de la ciudad, acceden hasta la celda en la que se encuentran sus compatriotas.
Estos también saben actuar durante una operación de rescate, y quien decide formar parte del cuerpo diplomático en determinadas zonas del mundo es formado para actuar en el caso de ser retenidos.
El resto de encarcelados tendrán que esperar otra ocasión, o que sus países decidan acudir a rescatarlos, aunque a partir de esa noche lo van a tener más complicado.
La vida, a veces, es así de cruda. Y para evitar que alguno tenga la tentación de poner en peligro la operación, todos excepto los dos españoles, son dormidos en pocos segundos.
Esa opción es más humanitaria que eliminarlos, aunque tampoco está descartada esa posibilidad si alguno decide rebelarse o actuar por su cuenta ante de perder la consciencia.La entrada ha sido un éxito, y la salida también lo está siendo.
Los siete se descuelgan por un muro previamente asegurado.
Ya están fuera de las instalaciones, en las calles de Kabul.
Solo queda caminar algo más de un kilómetro hasta llegar a los vehículos que les permitirán salir del país, razón por la que él, capitán al mando del grupo, ordena al resto que caminen agachados junto a los edificios para no ser detectados porque hay demasiados ojos que no duermen en esa ciudad.
El alumbrado público es débil y escaso, creando zonas de penumbra que les favorecen. El silencio es casi absoluto, por lo que solo se escuchan sus pisadas y el respirar agitado de los compatriotas a los que han liberado.
De repente, en la cera opuesta por la que caminan, alguien aparece entre la oscuridad.
Él ordena con una señal detenerse de inmediato.
Las miradas se cruzan durante unos instantes de indecisión.
El joven afgano les observa con curiosidad y sorpresa a la vez, y aunque no parece peligroso, tiene que decidir si continúan caminando hacia los coches o eliminan al inesperado testigo.
Entonces el joven levanta las manos en señal de no querer saber nada de lo que acaba de presenciar.
El gesto parece sincero, y quitar la vida de una persona solo está justificado en caso estrictamente necesario, por lo que ordena continuar.
Sus indicaciones son obedecidas por todos excepto por el teniente, quien decide cruzar la calle machete en mano y de un tajo degollar al joven afgano.
Si cruzar una calle de Kabul con los talibanes controlando la ciudad es peligroso, hacerlo dos veces por el mismo sitio es como gritar que estás allí para que todos lo sepan.
El sonido de un disparo desgarra la noche de igual forma que una bala hace lo propio con la pierna del teniente Gómez.
Un francotirador situado en un edificio próximo les ha descubierto.
La herida le impide caminar, aunque lo peor de todo es que decenas de soldados les pisarán los talones en cuestión de segundos alertados por el francotirador.
Una segunda bala impacta en el hombro de uno de los rescatados que se desploma en el suelo.
Entonces toma una rápida decisión. Él se quedará con el teniente, parapetados tras un vehículo y respondiendo al fuego enemigo, mientras hacen ganar tiempo al resto para continuar con el plan de huida.
Luego, si pueden, intentarán escabullirse por las calles de la ciudad.
Una orden es una orden, y el resto obedecen sin rechistar.
Mientras los otros se alejan, él y el teniente, refugiados tras uno de los vehículos estacionados en la calle responden a los disparos enemigos. Entre ráfaga y ráfaga, el torniquete aplicado en la pierna del teniente deberá aguantar hasta que ambos se encuentren a salvo, si es que lo logran.
Los disparos se acrecientan tan pronto como otros soldados talibanes acuden al lugar.
Mientras él dispara el teniente ha preparado un vehículo estacionado en la calle para huir.
Tiene que ser otro distinto tras el que se refugian porque este ya parece un colador.
Por ello, cuando así lo cree oportuno, rueda sobre sí mismo hasta que alcanza el auto que el teniente ya ha arrancado.
Entre el fuego enemigo, los dos huyen por las calles de Kabul.
Durante las dos semanas siguientes, sobreviven ocultos en la ciudad.
Él se ocupa del teniente que, malherido, ha pasado los primeros días con mucha fiebre.
Por fortuna, el oficial español mejora y, vestidos como dos talibanes más, alcanzan la frontera con Pakistán.
Allí son recogidos y devueltos a España.
Cuando se despiden, el teniente le agradece el haberle salvado la vida, y le asegura que él hará lo mismo si tiene ocasión.
El rostro del teniente que aún recuerda se confunde con el del tipo que unos minutos antes le apuntaba con un arma; a su vez, el olor a quemado que ahora huele le recuerda al de la chimenea que había en la chabola de Kabul en la que ambos se refugiaron.
Sabía que el teniente también había recalado en el CNI, pero nunca llegó a imaginar que este tuviera una doble vida profesional.
A los pocos segundos de notar el olor a quemado, el estridente sonido de la sirena le hace reaccionar y, como puede, se incorpora y gatea hasta conseguir salir del aseo.
Algo en su interior le dice que tiene que alejarse de allí lo más rápido posible y refugiarse en algún lugar hasta que pueda ponerse en pie y pensar con claridad.