EL Rey amenazado: Los peones se mueven en la sombra 34
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El casco de color negro oculta los cabellos rubios y los ojos azules de Borja.

Unos ojos que no pueden ocultar el pánico que el chico siente desde que ha sabido de la muerte de Beltrán.

Esto, unido a que unos minutos antes de recibir la noticia ese tipo se les ha acercado para preguntarles sobre lo sucedido esa jodida noche de sábado de la que no quiere volver a acordarse, hacen que su corazón sobrepase con creces las cien pulsaciones.

Desde el principio tuvo la corazonada de que el plan que les propuso Sancho no iba a salir bien, y cuando Cayetano asfixió a la chica en la habitación de la discoteca supo que, tarde o temprano, esa maldita noche les pasaría factura a los cuatro.

El rugido que produce el motor al arrancar no le impide continuar inmerso en sus pensamientos.

Unos pensamientos que le golpean con fuerza, porque la realidad a la que no quería enfrentarse le acaba de mostrar con toda su crudeza que los cuatro solo han sido unos simples instrumentos de los que ahora toca deshacerse.

Y esta posibilidad que ya rondó por su cabeza después de que Sancho les propusiera implicarse algo más en la organización, ahora es una jodida evidencia.

Antes se limitaban a acudir a las manifestaciones que se convocaban en la Plaza de Colón; se divertían armando ruido frente a la sede del partido que sustenta al gobierno; o quemaban adrenalina insultando y pateando a algún inmigrante de los que se encontraban por el camino, o a los marginados que dormían en las calles.

Encapuchados, se deleitaban tirando huevos con tinta de colores contra los objetivos marcados por la organización.

Luego llegaban las cargas policiales y corrían delante de los antidisturbios como si estuvieran en un encierro de San Fermín.

Con estas acciones descargaban adrenalina mientras se lo pasaban en grande al abrigo de cientos de compañeros.

Él no aspiraba a más, porque era consciente de que esos vaivenes de juventud acabarían con el paso del tiempo, para luego, desde su responsabilidad profesional, aportar su grano de arena para que España volviera a ser una nación grande, luchando contra todo aquello que pudiera comprometer su unidad e identidad.

Y para conseguir este objetivo y así poder ayudar a la causa, él tenía marcado un itinerario formativo que culminaría con la obtención de una plaza de juez.

La organización encauzaba de esta forma a los jóvenes que se acercaban a ella, y con él no había sido distinto.

Pero hasta que ese momento llegara, aparte de hacer ruido en la calle, su labor consistía en revisar los documentos o archivos del ordenador que su madre —magistrada del Tribunal Supremo—, traía a veces a casa para adelantar trabajo.

Buscaba información que en ocasiones era requerida por la organización, aunque nada que ver con el lío en el que ahora estaba metido.

La rueda trasera de la moto le derrapa al salir, no obstante, y a pesar de los nervios que siente, logra controlar la situación y abandona con rapidez el aparcamiento de la Universidad dejando una línea negra sobre el asfalto.

Mientras tanto, multitud de compañeros, profesores y otros trabajadores del campus invaden las zonas exteriores alarmados por las sirenas que todavía suenan a su espalda.

Él, sin embargo, sabe que debe alejarse de allí cuanto antes y alcanzar un lugar seguro porque sus peores presagios han comenzado a cumplirse.

Esos mismos augurios que se instalaron en su mente cuando, a regañadientes, aceptó la proposición que Sancho les hizo a los tres.

Beltrán y él fueron los más reticentes, mientras que Cayetano, fiel a su estilo de apuntarse a un bombardeo sin pensar en las consecuencias, aceptó encantado.

En principio la propuesta resultaba tentadora.

Y es que, a cambio de que los cuatro ejecutaran el plan previsto, y si todo transcurría según lo esperado, la organización les prometía puestos importantes con el cambio de gobierno, y los cuatro estaban ya en el último año de carrera.

Para él, por ejemplo, la oferta consistía en obtener su plaza de juez a la primera, ya que algunos miembros de los tribunales de dicha oposición eran funcionarios afines a la causa, y llenar la judicatura de jueces aliados era un objetivo en el que la organización llevaba años trabajando.

Pero como casi nada en la vida es gratis, a cambio de lo prometido, la tarea a realizar ya no sería un juego de adolescentes como lo que habían venido haciendo hasta entonces.

Y aunque nunca llegaron a hablarlo entre ellos, siempre estuvo seguro de que, al igual que él, los demás también supusieron que meter a Floi en la cama con una tía en pelotas solo podía tener un propósito cuando el país acababa de salir de las elecciones más reñidas de su historia.

Circulando a toda velocidad por la autovía, imagina lo que hubiera sucedido si las encuestas, como en muchas otras ocasiones, se hubieran equivocado y los partidos políticos al servicio de la organización hubieran alcanzado el Gobierno.

De haber sido así, nada de lo que está sucediendo habría pasado, Beltrán continuaría con vida y la integridad del resto no correría peligro.

E incluso, tal y como están ahora las cosas, hubiera preferido que el gobierno actual, el mismo contra el que tanto ha despotricado y luchado, hubiera salido reelegido.

Pero por una jodida vez los sondeos clavaron los resultados, y el plan en el que aceptaron participar los cuatro comenzó a ejecutarse solo unos días después de conocerse el escrutinio.

Para qué engañarse —se lamenta al tiempo que retuerce el puño del acelerador con su mano derecha—, algo en su interior le decía que aquello no iba a acabar bien, sobre todo cuando al capullo de Cayetano se le fue la mano con la chica.

A partir de ahí supo que estaban realmente jodidos.

Y cuando la policía le tomó declaración estaba tan acojonado que el día antes no pudo comer ni dormir.

El hilo del que pendían era tan fino que, si uno de los cuatro se venía abajo o cometía un error, el resto estarían en un serio problema.

Por suerte, las horas de entrenamiento a las que les sometieron los abogados de la organización, y la acción de algún policía aliado, hizo que el foco de la investigación se dirigiera hacia los guardas de seguridad de la discoteca.

Pero cuando conoció las muertes de los dos seguratas, una sensación extraña se instaló en su ánimo durante los siguientes días.

Por un lado, sintió alivio porque ya no podrían defenderse de las acusaciones que se dirigían contra ellos, ni tampoco les delatarían en caso de verse acorralados.

Por otro, sin embargo, comprendió que ya no había más colchón a sus espaldas, y que, si todo se complicaba, ellos cuatro eran los únicos testigos que quedaban de lo sucedido.

Sancho recibía las indicaciones de alguien de la organización, y este a su vez hacía lo propio con ellos.

Si llegado el caso tuvieran que tirar hacia arriba, no sabrían a quién acusar aparte de a su amigo.

Y esta circunstancia, dados los últimos acontecimientos, es lo que más le atormenta ahora.

Durante unos segundos consigue abstraerse de sus pensamientos, y es entonces cuando se fija en él.

Un coche oscuro que lleva varios kilómetros pegado a su rueda.

Quizá sea una paranoia más provocada por la tensa situación por la que atraviesa, pero siente la necesidad de alejarse del vehículo que continúa reflejándose en su espejo retrovisor.

Por ello, acelera todo lo que puede, pero al motor de 125 centímetros cúbicos sobre el que va montado le cuesta alcanzar los 120 kilómetros a la hora.

Obsesionado con el reflejo del vehículo de color negro que le sigue, observa como este, en lugar de quedarse atrás, se acerca cada vez más.

Por suerte, la salida que debe tomar se encuentra a poco más de tres kilómetros y una vez fuera de la autovía será más fácil perderlo de vista.

Desesperado, y a todo lo que la moto es capaz de correr, se la juega pasando entre dos vehículos que durante unos metros transitan en paralelo. El sonido de los cláxones reprochando la temeraria acción del motorista queda rápidamente atrás, como una lejana letanía.

Con el corazón por encima de las ciento cincuenta pulsaciones mira hacia la señalización que le indica que solo restan mil metros para alcanzar la próxima salida.

Su mirada cambia de nuevo hacia el espejo retrovisor.

El coche negro, que tras su arriesgada maniobra se había alejado un poco, vuelve a estar muy cerca, y quizá no les separen ni cincuenta metros; a pesar de ello, espera que esa distancia sea suficiente.

Pero cuando vuelve a mirar hacia la carretera ve algo en mitad del asfalto que apenas es capaz de sortear.

La imagen de una lata de bebida circula durante décimas de segundo por su cabeza mientras intenta hacerse con el control de la moto que se agita nerviosa ante el brusco movimiento que ha realizado.

Trescientos metros es la distancia que recorre peleando contra su montura, aunque todo finaliza con la moto deslizándose por el asfalto y él dando vueltas sobre sí, sin saber ni cuándo ni dónde va a detenerse.

Todo sucede en cuestión de segundos, aunque hasta que su cuerpo se detiene junto a la pequeña señal que indica que aún faltan cien metros para tomar la salida parece haber transcurrido una eternidad.

Dolorido y boca abajo, no es capaz de reaccionar y durante los primeros segundos permanece en un estado de semiinconsciencia.

Quizá por ello apenas siente cuando el coche negro que venía detrás de él lo embiste a más de ciento cuarenta kilómetros por hora; y todo a su alrededor se va definitivamente a negro.