EL Rey amenazado: Los peones se mueven en la sombra 33
66%

33

He dejado a Sancho en clase y me he ido a desayunar a la cafetería de la universidad, porque tengo claro que para hablar con él necesito escoger el momento más adecuado.

Seguramente solo tenga una oportunidad para que me escuche, y quiero aprovecharla al máximo.

Un rato después, y calculando siempre los intervalos entre clases, he ido observándolo mientras habla con sus compañeros.

Dos de ellos son siempre los mismos, a los que reconozco de las fotografías del folio arrugado que me pasó Poli.

Son Borja y Cayetano. Los tres estuvieron en el reservado junto a la joven que luego fue encontrada muerta, y al sobrino del rey.

Al tiempo que me congratulo por el avance tan importante que acabo de dar en la investigación, medito cómo entablar conversación con ellos sin que se asusten y rehúyan contestar a mis preguntas.

La policía ya les ha interrogado y supongo que sus abogados les habrán aconsejado que no hablen con nadie sobre el caso, por lo que imagino que va a ser complicado encontrar una excusa que funcione.

La oportunidad que estaba buscando se materializa en el siguiente cambio de clases cuando observo a los tres alejarse del aula de la que acaban de salir. El resto de los compañeros hacen lo propio, por lo que deduzco que tienen libre la siguiente hora.

Los sigo a cierta distancia sin llamar la atención y compruebo que entre ellos hablan con relativa complicidad, sin embargo, con el resto de alumnos la relación es más distante y fría.

Deduzco que se dirigen hacia la cafetería, por lo que tendrán que salir del edificio.

Entonces pienso que el exterior puede ser el lugar más adecuado para aproximarme a ellos, pero los pasillos vuelven a quedarse vacíos por lo que mi presencia se hace más evidente, y lo inevitable sucede antes de que salgamos fuera.

Borja acaba de mirar hacia atrás y me ha visto. A continuación, habla con sus compañeros y la pose de los tres cambia al instante.

No hay que ser muy listo para darse cuenta de lo que está sucediendo, pienso frustrado.

Sancho mira también hacia atrás; es evidente que me han descubierto. Quizá tenga pinta de policía porque de alumno seguro que no; y de profesor creo que tampoco. Cuando aceleran el paso soy consciente de que tengo que intervenir.

—¡Esperad!

Para mi asombro, los tres se detienen en lugar de salir corriendo.

—¿Qué quiere? —pregunta Sancho a la defensiva.

—Hablar con vosotros.

Los tres se miran mientras aprovecho para recorrer los pocos metros que nos separan.

—¿De qué? —pregunta de nuevo Sancho. Sin duda es la voz cantante del grupo.

Sabía que en algún momento tendría que enfrentarme a esta pregunta y, a pesar de ello, me veo obligado a dejar pasar unos segundos antes de responder.

—Soy detective privado.

Nuevo cruce de miradas entre ellos.

—Investigo el asesinato de un empleado de tu padre. Un miembro de la seguridad.

—¿Y eso qué tiene que ver con nosotros?

—Solo quiero haceros unas preguntas sobre la noche en la que desapareció la joven a la que luego encontraron muerta.

—Lo siento, pero ya hemos contado todo lo que sabemos a la policía.

Sancho comienza a andar de nuevo. Borja y Cayetano le siguen.

—Solo son un par de preguntas. Nada más.

Camino tras ellos.

—No tenemos nada más que decir.

—El hombre al que mataron en Gran Vía tenía un pendrive guardado en el congelador de su casa.

Al escucharme, Sancho se detiene en seco. Los otros le imitan. No veo sus rostros porque me dan la espalda, pero puedo imaginármelos. Lo que digo a continuación, me lo invento.

—Hay vídeos y fotografías. Lo tengo aquí. Podemos verlo, pero necesito respuestas.

Cuando se giran puedo apreciar el miedo en sus rostros, y entonces comprendo que estos jóvenes saben mucho más de lo que han contado a la policía. Si no se han meado ya encima les queda poco para hacerlo. Sé reconocer cuando he pinchado en hueso.

—¿Qué decís?

A pesar de que se lo piensan, siento que están a mi merced. El pánico que transpira por sus poros se huele en la distancia, y comprendo que es ahora o nunca. Pero en ese instante, cuando todo parecía estar de mi parte, algo inesperado ocurre que trastoca todos los planes.

Varios gritos surgen de improviso desde una zona próxima a donde nos encontramos y, a continuación, el estridente sonido de una sirena inunda el edificio consiguiendo que todo lo demás apenas sea audible. En poco segundos, los pasillos se llenan de personas y el desconcierto es total.

—¿Qué sucede? —pregunta Sancho gritando a uno de los jóvenes que viene del lugar donde se han escuchado los gritos.

—¡Hay un tío muerto en los baños! —responde el otro gritando también para que su voz se escuche por encima de la sirena.

—Un tío, ¿quién?

El joven mira a Sancho entre jadeos. Apenas han sido unos metros de carrera, pero parece que esté en mitad de una maratón.

—¡Dicen que es Beltrán, tío!

Al escuchar la noticia, el tiempo parece detenerse durante unos segundos para todos.

—¡Que se ha ahorcado, joder! —grita el otro intentando que lo escuchemos bien.

La sirena suena porque alguien ha accionado uno de los pulsadores de emergencia o alguno de los detectores de humo se ha activado, y la histeria entre alumnos y profesores ahora es colectiva.

Cuando soy consciente de la situación y puedo reaccionar a lo que sucede, los tres jóvenes a los que había convencido para hablar han desaparecido de mi vista.