EL Rey amenazado: Los peones se mueven en la sombra 38
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Cayetano ha pasado hace una hora junto al cuerpo sin vida de Borja, y aún no ha sido capaz de borrar la imagen que se le ha quedado grabada en la cabeza. Absorto, observa la calle a través del resquicio que le permite la cortina tras la que se oculta.

Al igual que sucedió con el resto de sus amigos, tan pronto como supo lo de Beltrán, aprovechó el caos producido tras saltar la alarma contra incendios para salir corriendo hacia el exterior del edificio, aunque en lugar de dirigirse hacia el punto de encuentro que la Universidad tiene establecido para situaciones de emergencia, lo hizo hacia el parking .

Una vez allí, y antes de entrar en su vehículo, observó a Borja subirse a su moto y salir derrapando del aparcamiento.

Tras él, un coche de color negro hizo chirriar también sus ruedas.

Con la imagen del cadáver de Borja en el espejo retrovisor se convenció de que su casa ya no era un lugar seguro para refugiarse.

Una hora no es tiempo suficiente para asumir y digerir lo que ha vivido a lo largo de esta mañana, pero sí para convencerse de que los temores que tenían Beltrán y Borja eran fundados, porque no cabe duda de que alguien ha comenzado a deshacerse de ellos.

Seguramente sean los mismos que eliminaron a los dos seguratas de la discoteca de Sancho, que les ayudaron aquel sábado por la noche.

Y tal vez sean los mismos que idearon el plan que ellos se encargaron de ejecutar.

Quizá la cosa se haya complicado y ya no quieran que haya testigos.

Nadie más está al tanto de lo que ellos hicieron.

Nadie más sabe que son los responsables de que al rey le esté costando tanto designar un candidato a la Presidencia del Gobierno.

Cuando la traición proviene de los propios aliados, jode mucho más.

Al menos, ha sido capaz de reaccionar a tiempo y quizá por ello aún siga con vida.

Si en lugar de conducir hasta el piso de un amigo lo hubiera hecho hasta su casa, está convencido de que ahora mismo también él estaría muerto.

Pero allí nadie lo encontrará, porque nadie se va a imaginar que tiene un amigo en una zona tan chunga del barrio de Carabanchel.

Un amigo al que conoció una noche de desfase en la que se dejó, como en tantas otras, arrastrar por las drogas y el sexo sin limitaciones ni tabúes conocidos.

En este piso se despertó un domingo a mediodía sin saber lo que había pasado en su vida durante las doce horas anteriores.

Pero no fue la única vez, porque a esa noche le sucedieron otras.

Y cuando no quedaba con Sancho, Borja y Beltrán; o cuando estos se iban para sus casas de madrugada, él buscaba el desenfreno sin control ni límites que le aportaba esa adicción que ya por entonces dominaba su cuerpo.

Él ponía el dinero y el dueño del piso en el que se refugia todo tipo de psicotrópicos; la simbiosis no podía ser más perfecta.

Mirando por la ventana, espera la llegada de su amigo.

Este ha salido a pillar algo que le calme la ansiedad durante unas horas.

Vaya camello de mierda, piensa, que no tiene ni un gramo de mercancía en casa.

Necesita calmarse y dejar pasar el tiempo.

Es probable que, de los cuatro, él sea el único que aún continúe con vida.

De Sancho no ha sabido nada desde que salieran a la carrera de la Universidad, y de los otros dos ya sabe todo lo que tenía que saber.

El hijo de puta de Hazte Ver les ha vendido a los cuatro, está convencido de ello.

Su única posibilidad es hablar y contarlo todo, entonces es probable que le dejen en paz.

Si todo sale a la luz, será más difícil que le quiten de en medio como ha sucedido con el resto.

Pero ¿a quién contárselo? Acudir a la policía es un riesgo.

Él mismo ha sido testigo de cómo, con una simple llamada, la organización ha liberado a otros jóvenes detenidos por alborotos y disturbios en la calle Ferraz, o en la Plaza de Colón.

No. La policía no le parece un lugar seguro donde contar lo que sabe.

Además, le interesa que todo lo sucedido se haga público cuanto antes.

Lo mejor será acudir a la prensa. Una llamada a un periódico tiene que ser suficiente.

Y sabe a cuál hacerlo. A ese que tanta caña les da.

Esos zurdos de mierda sabrán qué hacer con la información que les cuente.

Dicho y hecho. Se despega de la ventana junto a la que lleva más de vente minutos, y busca en su teléfono el número del periódico al que ha decidido contar toda la verdad de lo que sucede desde que se anunciaron los resultados electorales.

La noticia no tardará en propagarse por el resto de las redacciones.

El boom informativo será brutal. Y cuando la mierda salga a flote, las ratas correrán a esconderse y se olvidarán de él.

A partir de ese momento los abogados de su familia deberán preparar su defensa.

Apenas comienza a introducir los números en su teléfono, cuando una llamada entrante interrumpe lo que está haciendo. La vibración que produce el celular parece quemar su mano. Sobresaltado, observa el texto que aparece en la pantalla.

«Cuerpo Nacional de Policía».

El corazón le palpita en la boca al tiempo que duda sobre lo que debe hacer.

Es consciente que después de lo sucedido, tarde o temprano acabará acudiendo a la policía para declarar y pedir protección, aunque tampoco desea precipitarse.

Antes de dar un paso en falso, le gustaría hablar con Sancho si es que aún continúa vivo.

La incertidumbre le devora por dentro, y su estado actual de ansiedad le impide continuar sintiendo esa vibración que va a terminar por desquiciarle, por ese motivo decide elegir la opción verde.

La respuesta que recibe al otro lado de la línea es el silencio más absoluto. Un silencio que se prolonga durante segundos que parecen una eternidad. Un silencio que, en este caso, hace más daño que una retahíla de gritos e insultos. Nadie habla y nada se escucha.

Dominado por la histeria y la inquietud, corta la comunicación y lanza el teléfono contra el sofá situado en la otra punta de la habitación; lo más lejos posible de su alcance, como si el terminal pudiera morderle o estallar en cualquier instante.

Esta acción descontrolada coincide con el sonido que proviene de la cerradura de entrada al piso.

Segundos en los que su respiración se detiene, e incluso juraría que los latidos de su corazón.

Sin embargo, quien aparece a través de la puerta es su amigo quien, nada más verlo, agita una bolsita con un polvo de color blanco, al tiempo que sonríe.

Para Cayetano, como para todos, hay prioridades en la vida, y una dosis de droga es más importante en estos momentos que retomar la llamada al periódico que tenía prevista.

El boom informativo puede esperar; además, necesita que la paz inunde de nuevo su cuerpo para ver todo con mayor claridad y exponer mejor su relato.