EL Rey amenazado: Los peones se mueven en la sombra 31
62%

31

Anoche, ya en la habitación del hotel, desenrollé el trozo de papel que había entre la bola de aluminio que envolvía mi bocadillo de tortilla de patatas.

Por fortuna, supe captar la indirecta del policía a tiempo y solo el envoltorio del bocata de Poli, partido en dos trozos, fue a parar a la papelera.

Entre las manchas de grasa se apreciaban las fotografías, los nombres y las direcciones de cuatro jóvenes. Uno de ellos era el hijo del dueño de la discoteca en la que habían trabajado los dos guardas de seguridad la noche que sucedió todo.

A pesar de los acontecimientos y de lo mucho que se había complicado el caso, no tardé mucho en conciliar el sueño.

Seguramente porque cuando hay un camino por el que caminar, todo se vuelve más sencillo.

Con los dos guardas de seguridad criando malvas, y el pendrive en manos del falso inspector Carlos Núñez Iglesias, la información que me había facilitado Poli era lo único que tenía para seguir avanzando.

Y aunque solo tenía eso, rápidamente llegué a la conclusión de que andaba sobre la pista correcta, porque los cuatro jóvenes, cuyos datos aparecían en el trozo de papel, eran los mismos que habían compartido reservado con los dos protagonistas de la famosa fotografía, y, por tanto, los únicos testigos de lo que había sucedido.

El tufo que aún percibo por el hecho de que esos jóvenes dejaran a solas a la chica y al sobrino del rey en el reservado, cuando eran la primera vez que ambos se veían, aún apesta en mi nariz; sobre todo si tengo en cuenta que la joven que luego fue encontrada muerta había acudido a la discoteca invitada por uno de los cuatro.

Por ello, esta mañana, cuando el sol todavía no despuntaba por el horizonte, he detenido mi coche a unos veinte metros de la vivienda del dueño de la discoteca donde sucedieron los acontecimientos.

Mientras espero en el interior de mi vehículo algún movimiento, observo la sucesión perfecta de arbolillos que hay sobre el acerado, podados todos iguales, así como el estilo constructivo de las casas que me rodean. El alto nivel adquisitivo de las personas que residen en este lugar es palpable.

Un coche de la empresa de seguridad que vigila la urbanización se aproxima hacia mi vehículo.

Al verme en el interior ralentiza la velocidad hasta que se detiene a mi lado.

A continuación, el guarda de seguridad comienza a bajar la ventanilla invitándome, mediante gestos, a hacer lo mismo con la mía.

Sin barreras de por medio, nos miramos a los ojos.

—¿Vive usted aquí?

Analizo rápidamente la pregunta mientras observo cómo el tipo se fija en la marca de mi coche. Deduzco entonces que conducir un Mercedes en esta urbanización es un punto a mi favor que tengo que aprovechar.

—Estoy esperando a mi hija. Ya sabe lo que tardan estos adolescentes.

—No me aparece registrada su matrícula.

—Puede ser. Es que solo llevo un día con él. Ni siquiera sé cómo poner los antiniebla.

—Este modelo seguro que ya los trae automáticos.

—¿En serio? Lo que le he dicho, agente.

No he usado la palabra «agente» por casualidad, y el efecto de haberla elegido lo noto al instante cuando observo cómo el gesto del guarda de seguridad se vuelve complaciente.

Imagino la prepotencia y la indiferencia con la que cada día será tratado este tipo por los residentes de la urbanización y la importancia que le dará a que alguien por fin le reconozca cierta autoridad.

—No se olvide de registrar la nueva matrícula para que pueda circular por aquí. Ya conoce las normas.

—No se preocupe, agente. Hoy mismo lo haré.

Mi excusa parece haber convencido al hombre porque a continuación sube el cristal de su ventanilla.

En su cara, el gesto de autoridad que se le ha quedado tras hablar conmigo se mantiene, aunque seguramente no lo hará por mucho tiempo, probablemente lo que tarde en cruzarse con un verdadero residente de la urbanización quien lo mirará por encima del hombro, o incluso ni siquiera se dignará a hacerlo.

La partida del coche de seguridad coincide con movimientos en la casa que vigilo.

El morro color amarillo de un BMW serie 1 emerge desde el garaje que hay en la planta baja de la vivienda. Si es el vehículo que conduce el joven que he venido a buscar, no le quedará otra que pasar a mi lado para dirigirse hacia la universidad, y por fortuna no me equivoco.

Arranco al tiempo que me alegro de que el joven haya elegido un color tan llamativo para su coche, porque seguir a un vehículo de color amarillo no va a ser ningún problema.