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Tampoco el conductor conoce con exactitud hacia dónde conduce porque siempre hay un momento en el que el auto entra en conducción autónoma y todos los cristales se vuelven opacos.
Por estas y otras razones, a veces tardan veinte minutos en llegar y en otras ocasiones cuarenta.
Lo único cierto es que cuando las puertas del auto se abren todo cuanto les rodea es cemento.
Ni una simple ventana o una mínima rendija al exterior, aunque si la hubiera tampoco habría mucho que ver porque son las doce de la noche y se encuentran a varios metros bajo el suelo.
Durante el trayecto, una vibración procedente de uno de los bolsillos de la chaqueta del coronel llama su atención y, sin pensarlo dos veces, deja su smartphone a un lado y busca el dispositivo que deja de vibrar.
El dispositivo es un pequeño teléfono móvil que suele ser revisado a diario por especialistas en ciberseguridad de las telecomunicaciones.
El aparato carece de conexión a internet y las llamadas entrantes y salientes son continuamente cifradas.
Al mirar la pantalla y ver la clave que aparece en la misma ya sabe quién lo llama.
Sin esperar más, establece la comunicación y espera a que su interlocutor le informe sobre el seguimiento que esta está llevando a cabo.
—Sin novedades importantes que destacar, señor.
—Hágame un resumen.
—Tras la llamada realizada esta mañana, se ha reunido con un hombre en un bar de Arganda del Rey.
Un camionero de origen extremeño sin antecedentes.
Solo un par de multas por exceso de velocidad y conducción bajo los efectos del alcohol, aunque no lo suficiente para ser imputado por un delito contra la seguridad vial.
Tampoco está fichado ni controlado policialmente.
Le transfiero su ficha completa por si ordena seguimiento.
Se han tomado unas cervezas y al despedirse el hombre le ha entregado una bolsa con dos bocadillos.
—¿Ha confirmado que eran bocadillos?
—Afirmativo, señor. Del bar de Arganda se ha dirigido al Santiago Bernabéu.
Allí se ha encontrado con otro hombre. Carlos Moeckel.
Detective privado en Jaén. También sin antecedentes penales, aunque sí policiales.
Obstrucción en investigación policial, ocultación de pruebas, desobediencia a la autoridad, allanamiento de morada…
Una mosca cojonera para la policía de esa ciudad, aunque ninguna de esas detenciones finalizó en causa judicial.
Han visto el partido juntos. Durante la primera mitad se han comido los bocadillos que eran de tortilla de patatas.
—¿De qué han hablado?
—De nada relevante, señor. De la tortilla de patatas; del desarrollo del partido y de la mujer del policía, a quien parece serle infiel. Ha resultado complicada la lectura de labios porque comían mientras hablaban.
—Se puede hablar con la boca llena, pero hablar mientras se mastica.
—Usted no conoce a mi cuñado, señor.
El subordinado comprende al instante que se ha extralimitado en su comentario y la reprimenda que recibe por ello son varios segundos de pausa en la conversación.
—¿Qué hace un detective de Jaén en Madrid?
—Han hablado sobre un caso y una cliente. No he podido confirmar el fondo del asunto.
—¿Y luego?
—Se han despedido al salir del estadio. El policía se dirige hacia Jaén por carretera en estos momentos.
—Está bien. Mantengan el seguimiento durante un par de días. Quiero saber las veces que mea y cuándo se tira un pedo. No me fío de la llamada que ha realizado esta mañana al Ministerio.
—Señor, estuvo destinado en Arganda del Rey hace años y aún conserva algunos compañeros en la casa.
—Entonces espero que solo sea eso.
—¿Y cuáles son las órdenes respecto a los otros dos ciudadanos con los que ha contactado?
—¿Revisó los envoltorios de los bocadillos?
—Sí señor. Los tiraron a una papelera durante el descanso. Revisamos su contenido y nada importante. Solo papel de aluminio.
—Está bien. Por el momento nos ocuparemos solo del policía.
—A la orden.