EL Rey amenazado: Los peones se mueven en la sombra 29 #4
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No creo que alguno de los dos guardas de seguridad pudiese depositar algo en la bebida del sobrino del rey sin ser visto por el resto de los que estaban allí. No obstante, y como ya he elaborado mis propias conjeturas al respecto, decido cambiar el sentido de las preguntas.

—¿La has visto?

—¿El qué? ¿La fotografía?, ni de coña. Es alto secreto.

—Pues yo sigo pensando que la elección de la víctima no fue casual.

—Mira que eres retorcido.

—Piénsalo bien, Poli. La jugada es perfecta.

Consiguen la foto comprometida del sobrino del rey y eligen para ello a una chica cuyo padre es el mejor agente secreto que tiene este país.

Luego solo tienen que esperar a que el padre decida vengarse eliminando uno a uno a los testigos de la trama, para luego, si es necesario, dejar cargar a los muertos con el mochuelo.

Poli tuerce el gesto, y yo prosigo.

—Mira cómo han acabado los dos seguratas. Sabían que ese agente secreto no iba a parar hasta acabar con todo el que estuviera implicado en la muerte de su hija. Los conspiradores están usando a un agente del CNI para eliminar a los testigos de su plan y por ahora les está saliendo fenomenal.

—Medio CNI lo está buscando.

—¿Ves? Ellos piensan como yo. Y el problema para el sobrino del rey va a ser muy gordo como ese tipo tenga acceso a la fotografía. Por eso necesito avanzar rápido. Si al menos pudiera haber visto lo que hay en el pendrive que ese capullo me robó.

—A quién se le ocurre irse de cervezas con un desconocido. Si todo es como dices, ese tipo no va a parar hasta conocer la verdad, así que ten cuidado. Según me han dicho es capaz de colocar un micro oculto en el retrete de la Casa Blanca.

—Bueno, ahora que lo he descubierto, lo tendrá más difícil la próxima vez.

—Perdona, pero he sido yo quien lo ha descubierto; las flores a su florero.

—Tienes razón, Poli, pero para avanzar lo que necesito es hablar con los jóvenes que compartieron reservado con la chica asesinada y el sobrino del rey.

Poli observa mi expresión de súplica, aunque no responde con inmediatez, en cambio saca un pañuelo de papel de su bolsillo para sonarse la nariz al tiempo que oculta con este la totalidad de su boca antes de volver a hablar.

—No tires el envoltorio de tu bocadillo en cualquier parte, que luego se pone todo hecho una porquería.

Como no podía ser de otro modo capto la indirecta al instante, no en vano son ya demasiadas sobremesas compartidas con este artista del doble sentido.

El policía continúa con el pañuelo sobre la nariz mientras habla.

—Cuando tocas determinadas puertas para realizar preguntas extrañas quedas marcado durante un tiempo, y luego alguien comprueba a qué cojones estás jugando. Pero no solo van a investigarme a mí, sino también a todo aquel que haya hablado conmigo.

Vuelvo a captar la indirecta del policía, y le agradezco con un gesto el que haya pensado en una argucia como la del bocadillo para que nuestra conversación haya sido lo menos inteligible posible, y también que se haya implicado de esta forma conmigo.

—¿Cuántos metros crees que hay hasta la grada de enfrente? —pregunta él.

—No sé, ¿cien?

—Yo creo que más de ciento cincuenta.

Silbo sorprendido.

—Pues desde allí alguien puede estar observándonos mientras intenta leer nuestros labios y estudia cómo interactuamos.

—¿Saludo?

Poli sonríe después de retirar el pañuelo de su cara. Pañuelo que sale limpio tras el refriegue con su nariz porque no es mucosidad lo que tiene, sino demasiadas tablas como policía.

—Lo dicho, sin pensarlo te has zampado un bocadillo con la segunda mejor tortilla de patatas del mundo.

—Saluda al chef de mi parte cuando lo veas. ¿Cómo se llamaba? David…

—David Chaquetas. Como te he dicho, todo un personaje.

El pitido del árbitro marca el final del primer período por lo que gran parte del público abandona sus localidades para ir a los aseos o a los bares del estadio.

Acto seguido, la megafonía sofoca el murmullo generado entre los aficionados.

Yo aprovecho el descanso para, siguiendo las indicaciones de Poli, guardar una servilleta de papel que había en el envoltorio del bocadillo y no dejarla allí tirada.

—Vamos a por unas cervezas —propone él—, que para hacer la digestión como es debido hay que remojar bien el pan. A ver si en la segunda parte metemos un par de goles más.

De camino hacia la escalera de acceso al vomitorio no puedo dejar de mirar hacia la grada situada enfrente mientras me pregunto si será cierto lo que me ha dicho Poli. Naturalmente desde esta distancia soy incapaz de apreciar una persona sospechosa al otro lado.

—No seas gilipollas —suelta el policía al verme escudriñar la grada de enfrente—.

A ver si te piensas que llevan una pancarta para que los veas.

Ah, y no olvides que es probable que mi mujer esté un tiempo escuchando lo que hablamos por el móvil, así que, como es muy celosa, ni se te ocurra llamarme o enviarme mensajes hasta que todo se aclare.

—Ya veo. No se fía de ti porque flirteas con otras.

Poli sonríe al ser consciente de que también he captado su última indirecta.