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—Alguien está chantajeando al jefe del Estado para acceder al Gobierno, y la jugada parece maestra.
Los dos independientes extremeños ya han dejado claro que no se van a identificar con ninguna ideología política por lo que votarán al candidato que sea propuesto en primer lugar.
Esta situación deja toda la responsabilidad en manos del rey.
Y tú te preguntarás, ¿qué coño tiene que ver todo esto con el muerto de Gran Vía?
Agradezco con una sonrisa la retórica de la pregunta porque ya comenzaba a perderme.
—La noche en la que se tomó la fotografía, el sobrino del rey había estado con unos amigos en una discoteca.
Al parecer, lo último que recuerda es estar bebiendo unas copas con ellos en un reservado.
La fotografía fue tomada en una habitación del almacén de esa discoteca.
Una habitación que es utilizada por los miembros de seguridad para cambiarse y descansar cuando vigilan las instalaciones las noches en las que no se abren al público.
Rápidamente cojo mi bocadillo y le doy un mordisco para poder hablar. Poli agradece mi gesto con un par de aplausos.
—Y supongo que el hermano de mi clienta era uno de los seguratas de esa discoteca.
—Así es. Esa noche trabajó allí.
—Y puede que le hayan cerrado la boca.
—Aquí entramos ya en el universo de las conjeturas. Podría parecer lógico que tanto a él como al otro compañero les cerraran la boca para evitar que pudieran hablar, pero existe una variante en la ecuación que lo complica todo.
El gesto de asombro que se forma en mi rostro motiva unos segundos de interrupción en la conversación, circunstancia que aprovecha Poli para volver a llenar la boca antes de continuar hablando.
—La joven que apareció muerta en el descampado era hija de un agente secreto del CNI, y no de uno cualquiera. Según me han contado, James Bond a su lado sería un pringado.
—Carlos Núñez Iglesias —pienso en voz alta.
—Todo apunta a que es el hombre que buscas.
—Todo por venganza.
—Reza para que nunca te hagan lo que parece ser que hizo al segundo de esos desgraciados.
Una nueva pausa ayuda a digerir la información que acabo de conocer, así como los restos de mi último bocado.
Mientras tanto, a decenas de metros más abajo, el equipo local acecha el área rival, circunstancia que favorece que los gritos y la expectación que se vive en el estadio vuelvan a situarse en un momento álgido.
—Si ha sido él, al hermano de mi clienta lo liquidó con rapidez y al segundo, a pesar de torturarlo, no debió sacarle mucho.
—¿Por qué deduces eso?
—Porque de lo contrario no hubiera perdido el tiempo conmigo.
—Quizá torturó al tipo equivocado, o quizá esos dos desgraciados no sabían tanto como podría suponerse.
—¿Y por qué se sospecha que esos dos tuvieran algo que ver?
—Por las declaraciones de la amiga de la joven a la que asesinaron, y también la de los cuatro jóvenes que esa noche estuvieron con el sobrino del rey, sin olvidar el lugar en el que se tomó la foto, y que en el cuerpo de la chica asesinada se encontraron restos biológicos de esos dos desgraciados. ¿Recuerdas? Eran los dos gamos.
Los datos rechinan en mi cabeza de igual forma que lo hace una máquina a la que le falla una pieza.
Algo no me acaba de cuadrar, y durante unos segundos reordeno mis ideas.
A continuación, miro los bollos de pan; apenas nos quedan unos trozos para seguir hablando, así que en esta ocasión el bocado que doy es algo más pequeño de lo habitual.
—Tengo la sensación de que esos dos pringados no sabían en lo que se estaban metiendo, aunque parece evidente que algo tuvieron que ver. Después, los quitaron de en medio y, como ya no pueden defenderse, pasan a ser los principales sospechosos.
—Esa teoría podría tener su lógica, pero te olvidas de que a esos desgraciados los ha quitado de en medio un agente del CNI.
—Presuntamente.
—Hay presunciones demasiado evidentes.
—¿Y si la víctima real de todo esto no hubiera sido elegida al azar?
—¿Quién? ¿La joven de la fotografía?
—Claro. Tú piensa. Alguien elige a la hija de un agente secreto fuera de serie que en lo único que va a pensar es en vengarse de todo el que haya tenido algo que ver con la muerte de ella.
Poli se rasca la cabeza. Estoy seguro de que busca una pega para cuestionar mi hipótesis.
—La verdadera identidad de ese agente y la de sus familiares más cercanos es alto secreto.
—Y una mierda, Poli. Quien es capaz de colar una carta en el escritorio del rey no es un cualquiera. Si lo que me has contado no es un golpe de Estado, poco le falta. Detrás de toda esta mierda hay gente importante. ¿Por qué, si no, estamos haciendo el gilipollas masticando mientras hablamos?
El policía no responde y entonces comprendo que he pinchado en hueso. Apenas nos queda pan para continuar, y tras observar cómo dos jugadores hablan uno con el otro sobre el césped, decido imitar el método que ellos emplean tapándose la boca.
—Yo no tengo los contactos que tú en el Ministerio del Interior, pero no me hacen falta para deducir ciertas cosas.
Si con el chantaje al rey se le pide un cambio de gobierno, está claro que los chantajistas no son los que ahora gobiernan.
Y si encima tienen los huevos para hacer lo que están haciendo, está claro que el sistema democrático que tenemos les importa una mierda.
¿Y quiénes son capaces de mandar todo al carajo con tal de conseguir el poder?
Poli no se inmuta y eso significa que no voy mal encaminado.
—Esa gente tiene infiltrados hasta en el retrete del presidente.
—No sabes de lo que hablas.
—Sí lo sé, Poli. Y tú también. Lo que te jode es tener que reconocer que hay compañeros tuyos en el Ministerio que están al servicio de esa gente.
—Los de la fotografía son unos pobres desgraciados a los que el jueguecito se les ha ido de las manos.
—Unos pobres desgraciados que están a punto de llegar al gobierno chantajeando al rey y de camino dando por culo a la democracia.
Y eso sin contar las vidas que el jueguecito ese, como tú lo llamas, se ha llevado ya por delante.
Cada vez tengo más claro que la elección de la joven que aparece en la fotografía no fue por azar; y esos pobres desgraciados, sin saberlo, les han hecho el trabajo sucio y encima van a cargar con todo después de muertos.
—No todo el trabajo sucio.
—¿A qué te refieres?
El policía parece arrepentirse al instante de lo que acaba de decir y no responde.
—No tires la piedra y luego escondas la mano. ¿Para qué cojones me has hecho venir hasta aquí entonces?
—Para que dejes el caso, te lo he dicho al principio.
—Eso ya está hablado, Poli. No volvamos atrás y perdamos el tiempo. ¿Qué has querido decir?
El policía continúa mostrándose reacio.
—¿Acaso hay más sospechosos aparte de los dos seguratas? O me lo dices tú o voy a tener que averiguarlo por mi cuenta, y quizá cuando pueda echaros una mano ya sea demasiado tarde para todos.
Por norma general, siempre que quedo con Poli para que me facilite información sobre un caso, aparte de pagar la comida debo comprometerme a que compartiré los avances que vaya obteniendo con él siempre que estos sean relevantes para la investigación policial en curso.
En esta ocasión nada tiene que ser distinto.
—Está bien, estas son las condiciones. Me mantendrás al tanto y me avisarás tan pronto como vuelvas a ver a ese agente secreto.
Asiento, aunque sé que la forma de cumplir mi parte del trato, como suele ocurrir siempre, será cómo y cuando yo quiera.
—Hay evidencias de que los guardas de seguridad no salieron de la discoteca hasta las siete de la mañana por lo menos. No quiero decir con esto que no estuvieran implicados, pero no fueron ellos los que se llevaron a la joven. Es decir, que hay más implicados directos.
—¿Grabaciones de seguridad?
—Borradas.
—¿Y la amiga?
—Declaró que los dos miembros de seguridad que luego fueron asesinados invitaron a la joven de la fotografía a acompañarlos a un reservado donde estaba el chico con el que ella había quedado esa noche.
—¿Salían juntos?
—Joder, Carlos. Vaya pregunta. Yo qué sé.
—Es un dato importante.
—Solo sé que estudiaban en la misma universidad.
—¿Y ese joven quién es?
—Es el hijo del dueño de la discoteca. Como te he dicho antes, estaba con cuatro amigos más en un reservado entre los que se encontraba el sobrino del rey. Según sus versiones, estuvieron un rato allí y luego se fueron todos excepto la joven y el sobrino real que se quedaron solos.
—Entonces no estaban saliendo.
—Qué tirria has cogido con eso.
—¿No te parece extraño que la chica hubiera sido invitada por un joven y luego esta decida quedarse a solas con el sobrino real?
—¿Quizá porque solo eran amigos? Además, todos han ratificado lo mismo.
—¿Y el sobrino real qué dice?
—Que no se acuerda de nada después de ver entrar a la chica en el reservado.
—¿Borracho?
—Drogado.
—Pero drogado, drogado.
—Se baraja la posibilidad de que pudieran echarle algo en la bebida porque en su sangre se han encontrado restos de benzodiacepina; un somnífero. Además, en la fotografía aparece desnudo, pero también dormido. Quizá algún camarero estuviera también metido en el asunto.
—Lo dudo.
—¿Por qué?
—Porque si hubiera sido así ya habría aparecido muerto.
—Entonces puede ser que alguno de los dos guardas de seguridad aprovechara un descuido.
Detengo de nuevo la conversación para pensar.