29 #2
De regreso a su asiento, Poli me entrega uno de los bocadillos al tiempo que comienza a deshacerse del papel de aluminio que envuelve el suyo. Yo le imito. Según el videomarcador van transcurridos siete minutos de partido.
—Y ahora vamos al grano —dice el policía mientras me mira y sujeta el bollo de pan con ambas manos antes de llevárselo a la boca.
Con el primer bocado el rostro del policía expresa un gesto de placer que pocas veces le he visto mostrar antes, y eso que en los numerosos encuentros gastronómicos a los que le he tenido que invitar para conseguir información hemos probado platos realmente exquisitos.
Después de relamerse, Poli parece volver en sí.
—Si fuera tú me apartaría de este caso cuanto antes.
La advertencia viene acompañada por un masticar que dificulta en cierta manera la comprensión de sus palabras.
—Nos conocemos desde hace tiempo y sabes que esa opción no es válida. Si acepto un caso tengo que llegar hasta el final. Además, ¿qué le iba a decir a mi clienta?
—¡Come, joder!
Acato la orden sin rechistar y comienzo a participar en este juego tan singular que Poli me ha propuesto.
Pese a ello, me hace gracia la situación porque podría parecer que nos comunicamos mediante un walkie-talkie , solo que en lugar de presionar un botón para hablar tenemos que dar un mordisco al bocadillo.
Por cierto, he de reconocer que la tortilla está deliciosa.
—¿A que está buena?
Poli parece haber captado el gesto de satisfacción en mi rostro, y yo le respondo con un cabeceo afirmativo.
—Cuéntale algo que le gustaría escuchar.
No sé. Que lo mataron por denunciar a unos delincuentes y murió como un héroe.
O que se vengaron de él por defender a una chica de la que quisieron aprovecharse.
Ojos que no ven corazón que no siente. Ya no hay solución para el muerto, así que al menos deja que su hermana se quede con buen sabor de boca.
Y tú de paso te quitas de en medio. Hazme caso, que el lío en el que te estás metiendo es muy gordo.
Antes de responder doy otro bocado al bollo de pan.
—Joder, Poli, sabes que sería incapaz de hacer eso. Imagina que luego se entera de la verdad por la policía, por la prensa…, o, por otro lado. Además, ¿qué significa un lío muy gordo? Si lo que quieres es acojonarme veo que todavía no me conoces lo suficiente.
—Carlos, a veces es mejor dejar las cosas como están.
—¿Y para decirme eso me has traído hasta aquí y tenemos que masticar mientras hablamos como si fuéramos gilipollas?
El policía aparta la mirada del terreno de juego para mirarme, aunque antes lanza un nuevo vistazo en derredor. A continuación, propina otro mordisco al bocadillo.
—Tenía que intentarlo, pero veo que eres demasiado testarudo.
—Y no sabes cuánto.
Poli me observa con la mirada seria y el ceño fruncido, entonces caigo en mi error.
—Perdona, que no he masticado. No consigo acostumbrarme a este maldito juego.
—Está bien, como prefieras. Pero que conste que te lo he advertido. Además, ya sabes cuál es el trato.
—El mismo de siempre: todo lo que descubra y pueda ser relevante para la investigación policial tengo que contártelo.
—Esta vez no es tan fácil, Carlos, todos nos jugamos mucho.
—¿Todos?
—Sí, todos. El país entero, joder. La cosa es más seria de la que parece.
—Pues entonces no sé a qué estás esperando.
El policía deja pasar unos segundos al tiempo que vuelve a dirigir su mirada hacia el césped.
—Estos cabrones meten un gol y se relajan en lugar de ir a por el segundo.
—Poli, al grano, que te vas a quedar sin bocadillo que masticar y no quiero que me dejes a medias.
Un nuevo bocado precede a sus palabras.
De fondo, el murmullo y los cánticos provenientes de cierta parte del estadio parecen llenarlo todo, aunque también se escucha algún que otro silbido desde una zona de aficionados más críticos que se encuentran situados próximos a nosotros.
El equipo rival, a priori mucho más débil, ronda el área local y ya ha propiciado algún susto al portero madridista.
Pero de repente todo cambia. El rechace de un defensa local llega hasta uno de los delanteros que se encuentra cerca de la línea de mediocampo.
Este, que unos segundos antes caminaba parsimonioso por el campo incapaz de retroceder lo suficiente para ayudar a sus compañeros en tareas defensivas, se transforma en un guepardo apenas recibe la pelota dejando atrás en su carrera a todos los contrarios que le salen al paso.
Entre sus pies, el balón rueda en una simbiosis casi perfecta.
Es entonces cuando el público se levanta de nuevo de sus asientos y la expectación que se genera hace vibrar otra vez al estadio.
Observando el lance desde mi butaca, concluyo que existen pocos duelos tan injustos en la vida como el que estoy a punto de presenciar.
El portero, entregado a la suerte, observa al rival que se le aproxima a toda velocidad mientras se pregunta cómo demonios va a proteger los casi dieciocho metros cuadrados de portería que tiene a su espalda.
Quedarse bajo los palos facilita más las posibilidades del delantero para marcar, quizá por eso se adelanta unos metros intentando ocupar más zona de la portería.
Pero el jugador, que unos segundos antes pastaba tranquilo en el medio del campo, no solo corre como un guepardo, sino que es ágil como una pantera, y con un simple quiebro de su cuerpo le es suficiente para dejar al portero rendido sobre el césped.
Ahora, los gritos inundan el estadio, e incluso los que antes silbaban ahora saltan enloquecidos.
La vida no es más que un estado de ánimo; un carrusel de emociones que nos hace subir o bajar.
Los videomarcadores se transforman de nuevo y la megafonía estalla otra vez.
Todo se llena de color y ruido; sobre todo ruido.
Pero cuando todo parece felicidad y regocijo, el árbitro, que inicialmente ha dado validez al gol, se echa la mano al oído e impide que se reinicie el juego.
Los silbidos arrecian y, si los insultos mataran, el colegiado ya estaría muerto y enterrado.
La reanudación del juego está detenida y el público se desespera.
El videoarbitraje ha entrado en juego. Instantes después el árbitro simula un cuadrado con sus brazos y trota hacia una de las bandas.
Los espectadores muestran una indignación mayor incluso si el rival hubiera marcado un gol.
Apenas veinte segundos dura la incertidumbre.
El colegiado anula el gol local y pita penalti a favor del equipo visitante.
Yo que, como he dicho antes, no soy muy amante del fútbol, reconozco que me he divertido más con el espectáculo generado por los árbitros, porque con su actuación han sido capaces de cambiar el estado de sopor en el que había entrado el partido.
¿Será esto parte del espectáculo?, me pregunto al tiempo que observo cómo Poli ha dejado a un lado el bocadillo con la segunda mejor tortilla del mundo para abuchear también al árbitro.
Al final, y como sucede siempre en la vida, el tiempo suele curarlo todo, y pasados unos minutos la calma regresa al estadio, aunque el empate a uno escuece a casi todos.
—La muerte que investigas puede estar relacionada con un asunto de seguridad nacional —informa Poli, sentado de nuevo y tras haber propinado un nuevo mordisco al bocadillo.
—Soy todo oídos. Y si te quedas sin bollo aquí tienes el mío.
—Entonces intentaré resumirlo en lo que dura un bocadillo y medio. Qué pena no tener una cerveza para ayudar a tragar.
—Luego te invito a unas pocas, pero antes tienes que ganártelas.
El policía me mira con cara de pocos amigos antes de comenzar a revelar lo que está dispuesto a contarme.
—Supongo que estás al corriente de cómo se encuentra la situación política del país, ¿verdad?
Afirmo con la cabeza a pesar de que no entiendo muy bien qué tiene que ver eso con el asesinato que investigo.
—Hace unas semanas alguien dejó en el escritorio del rey una fotografía. En ella aparecía su sobrino tumbado sobre una cama con una chica desnuda a su lado.
—El Froi…
—Shhh. Si no vas a masticar no hables, cojones.
Obedezco el reproche sin rechistar mientras observo cómo Poli vuelve a mordisquear su bocadillo. Trocitos de pan y tortilla salen a veces disparados de su boca. Menos mal que mantiene la mirada sobre el césped.
—Sí, ese. El caso es que la chica que aparece en la fotografía es la misma que encontraron muerta en un descampado junto a un polígono industrial situado al sur de esta ciudad. ¿Sabes a quién me refiero?
Mi cabeceo es apenas imperceptible, aunque el policía capta la afirmación.
—Pues en el reverso de esa fotografía hay un texto impreso que sugiere al rey promover un cambio político en el país.
Poli deja de masticar y por tanto de hablar durante unos segundos, y supongo que lo hace para que yo pueda crearme una composición de lo que me está contando. Y mientras reordeno mis ideas, lo observo levantarse y gritar un improperio al tiempo que hace aspavientos con los brazos.
Sabía que su primer destino como policía fue en una comisaría cercana a Madrid y que dejó aquí buenos e importantes contactos, pero no suponía que estos fueran a tan alto nivel.
Estoy seguro de que lo que me acaba de contar lo saben muy pocas personas en el país, y ello explica el motivo por el que se está demorando tanto la designación de un candidato para la investidura a la Presidencia del Gobierno.
Sin embargo, lo que acabo de conocer, aparte de ser un secreto de seguridad nacional, no ha resuelto las dudas que todavía tengo, por esta razón miro a Poli de nuevo; porque necesito que continúe degustando la segunda mejor tortilla de patatas del mundo.
El policía se da rápidamente por aludido.