EL Rey amenazado: Los peones se mueven en la sombra 29
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Faltan menos de quince minutos para que comience el partido y los vomitorios del estadio Santiago Bernabéu son un continuo reguero de aficionados que caminan hacia sus localidades.

En uno de los laterales del estadio, y a solo tres filas de la más alta, es donde yo estoy sentado. Desde aquí las personas que hay sobre el césped se ven como criaturas en miniatura.

Sobre mi cabeza, una inmensa pantalla que recorre la cubierta del coliseo madridista emite anuncios publicitarios, al tiempo que la música atronadora ameniza los instantes previos al comienzo del partido.

Y aunque no soy un amante del fútbol, ni tampoco de los deportes en los que un árbitro puede tener demasiada influencia en el resultado final, reconozco que el ambiente previo al inicio del partido, así como el escenario, impresionan.

Entonces, ¿qué demonios hago aquí?

La respuesta a esta pregunta se encuentra en la desesperación.

Y es que, después de despertar drogado en mitad del Retiro, un sinfín de interrogantes a los que todavía no he sido capaz de contestar inundaron mi cabeza.

Uno de ellos, por ejemplo, era la manifiesta impunidad con la que un miembro de las Fuerzas de Seguridad del Estado se saltaba la legalidad.

Esto último unido a que perdí las pruebas que tenía, y que, por tanto, me había quedado sin camino por el que continuar, me llevaron a la conclusión de que tenía que telefonear a Poli.

Este, al escuchar mi relato, permaneció callado y apenas intercambió un par de frases conmigo antes de colgar.

Dos horas después recibí un mensaje suyo que decía: «Nos vemos dentro», y a continuación recibí una entrada para este partido en un correo electrónico.

Desde entonces no he vuelto a tener noticias suyas.

Es cierto que estoy acostumbrado a descifrar la información que Poli me ofrece en ocasiones, ya que, por regla general, suele utilizar parábolas y circunloquios que tengo que descifrar, y todo ello para evitar que oídos ajenos a la conversación puedan escuchar los asuntos delicados sobre los que habitualmente tratamos.

En esas ocasiones al menos cuento con la ventaja de saber de qué va el asunto, y esa circunstancia hace que sea más fácil leer entre líneas.

Pero esta vez tengo que reconocer que se ha superado, y al citarme en un lugar como este, de una forma tan misteriosa y enigmática, hace que me sienta inquieto y expectante a la vez.

La salida de los jugadores al césped propicia que el rugir de miles de gargantas ahogue los decibelios de la megafonía.

Según me he informado antes de entrar al estadio, el equipo rival no es de mucha enjundia, pero ni este detalle, ni el hecho de que el partido comience a las nueve de la noche de un miércoles cualquiera, parece ser impedimento para que los aficionados hayan acudido en masa al campo.

Solo en la zona donde yo me encuentro se ven algunos asientos vacíos, y no me extraña porque distinguir a los jugadores desde esta altura es complicado.

Entre el alboroto formado por la salida de los jugadores y el comienzo del partido no me he percatado de que en la localidad situada a mi izquierda se ha sentado otro espectador.

—A ti no te gustaba mucho el fútbol, ¿verdad?

Nada más oírlo, sé que es Poli quien me habla.

—Y menos desde esta altura. Deberían dejar unos prismáticos como en la ópera.

—Si quieres ver el fútbol de verdad no hay un lugar mejor que este.

Desde aquí puedes apreciar la distribución de los jugadores, cómo bascula el equipo de un lado para el otro, los desmarques, los fueras de juego.

Allí abajo estás demasiado cerca de lo que miras y eso hace que pierdas la perspectiva, y la perspectiva es fundamental para comprender el funcionamiento de las cosas.

—No te digo que no, pero la perspectiva también tendrá un límite de distancia.

—¿Eres miope?

—¿Yo?, no.

—Pues entonces estamos en la distancia adecuada.

El pitido del árbitro resuena en todo el estadio y la megafonía es sustituida por los gritos y los cánticos de los aficionados que toman el relevo en la amenización del ambiente.

—¿Para qué me invitas a un partido de fútbol si sabes que no me gusta?

Poli mira disimuladamente en derredor antes de responder.

—Quiero enseñarte cómo funciona el juego. Por lo menos que aprendas las reglas básicas.

O mucho me equivoco, o Poli ha comenzado a usar sus famosas indirectas. Esto se anima.

—¿Ves al jugador que está cerca del área del equipo rival?

—¿Cuál es el equipo rival?

—Los de rojo.

—Hay cuatro cerca del área rival.

—El número diez.

Aguzo la vista porque no es fácil distinguir los números cuando se ven tan pequeños.

—Ahora sí.

—Pues es un falso delantero.

—¿Falso delantero?

—Sí, hombre. No juega como un delantero, realmente es media punta, pero cuando su equipo ataque ocupará la posición de delantero para intentar marcar. Como un falso policía.

—¿Un falso policía?

—Sí, coño. Uno que no es policía, pero simula serlo para conseguir algo a cambio, y para ello utiliza también un nombre falso, como, por ejemplo, qué sé yo, Francisco Babiano Ibarra.

—¿Y ese nombre?

—Me lo acabo de inventar, pero sus iniciales son FBI, ¿no es casualidad? Un policía cuyas iniciales sean FBI. En comisaría no tardaríamos en ponérselo de mote.

El griterío que provoca la primera ocasión peligrosa del equipo local me coge revisando las iniciales del inspector Carlos Núñez Iglesias.

Poli me observa y cuando es consciente de que he descubierto lo que me quiere decir, se pone el dedo en la boca para que no lo diga.

—Pero si estamos aquí arriba y apenas hay gente alrededor. Y con este ruido nadie va a escuchar lo que hablamos.

—Te propongo un juego.

—¿Un juego? ¿Qué coño dices?

—Un juego que se llama: vamos a masticar mientras hablamos.

—¿A masticar? ¿El qué?

Poli está muy raro hoy; mucho más de lo que siempre ha estado, y eso que llevamos tiempo conociéndonos y compartiendo informaciones sobre casos importantes mientras comemos en restaurantes con decenas de comensales rodeándonos por todos lados.

No obstante, y mientras le observo extraer dos bocadillos envueltos en papel de aluminio de una bolsa, una parte de mi cerebro prosigue analizando la información que, a su modo, Poli me ha revelado, y comienzo a entenderlo todo.

El inspector de policía que me abordó en Jaén y luego me drogó para robarme y abandonarme bajo un árbol en el Retiro, es en realidad un agente del CNI; e imagino que lo que Poli quiere contarme a continuación es tan delicado que no se atreve a hacerlo usando solo sus típicas adivinanzas, porque, aunque el ruido ambiente imposibilita que puedan grabar nuestra conversación en la distancia, nada impide que nuestros labios sean leídos por expertos.

Ahora lo entiendo todo, si masticamos al hablar, resultará más complicado que alguien pueda leer en nuestros labios sobre lo que hablamos.

—Vaya, hombre —le digo tras aclarar mis ideas—.

Esta relación está descompensada. Yo te invito a los mejores restaurantes, y cuando te toca a ti pagar, traes unos simples bocadillos. Cómo te estiras.

—El mundo está lleno de ignorantes que opinan sin saber de lo que hablan, no seas uno de ellos. Estos bocadillos están hechos con la mejor tortilla de patatas de España. Miento, con la segunda mejor.

—¿Los ha hecho Arguiñano?

—Mejor aún, los ha hecho David Chaquetas.

—Querrás decir Dabiz Muñoz, el de DiverXO.

—Que no, coño. David Chaquetas. Un tipo que conocí aquí en Madrid hace unos años.

—¿En Madrid?

—Bueno, para ser más exacto, en Arganda del Rey, una ciudad que está aquí al lado.

No sé si te he contado alguna vez que estuve destinado durante varios años en esa comisaría e hice varias amistades.

Un fin de semana acudí con un compañero a un chalé dónde se juntaban varios amigos a preparar unas comidas y pasaban el sábado de fiesta.

La cosa se lio, y después de la comilona nos fuimos de juerga y acabamos en el conejo pelón.

—¿El conejo pelón?

Mis palabras van seguidas de una carcajada.

—Sí, y aunque no voy a entrar en más detalles de lo sucedido, lo cierto es que el tipo este conocía a los encargados y los camareros y camareras de todos los locales en los que estuvimos.

Un auténtico personaje, créeme. No me gasté un euro, pero acabé más borracho que una cuba.

Desperté a la mañana siguiente en una tumbona del chalé sin acordarme de cómo había llegado hasta allí.

Lo único que recuerdo es que tenía mucha hambre.

Total, que llegué a la cocina y vi media tortilla de patatas.

Te juro que no he vuelto a probar otra tortilla igual.

¿Y a que no adivinas quién la había hecho?

—El tal David Chaquetas.

—El mismo. El muy cabrón estaba más fresco que una rosa y presumía de que hacía la mejor tortilla de patatas del mundo. Bueno, la segunda mejor, que es lo que él siempre dice.

—¿Y eso?

—Porque la siguiente siempre será mejor que la anterior.

—Vaya historia.

—Toda verídica, lo juro. Lo malo del bocadillo es que, por muy bueno que sea el pan, nunca va a mejorar a la tortilla, y el sabor no va a ser igual que si la comes sin acompañamiento.

—¿Y has quedado con él antes de venir aquí solo para que te haga dos bocadillos de tortilla?

—Es una de mis debilidades, Carlos. Aquel día me sentó como dios.

—Aquel día tenías una resaca de miedo. Hasta la comida de perro te habría parecido una delicia.

—Que no, joder. He probado varias tortillas hechas por él después, sin estar resacoso, y todas están buenísimas.

El primer gol del Real Madrid hace que un rugido ensordecedor inunde el estadio y que Poli se levante dando un brinco con los bocadillos todavía en sus manos.

Acto seguido los videomarcadores se vuelven locos y la megafonía se activa de nuevo.

El entusiasmo de los miles de aficionados que esa noche han acudido al estadio dura el tiempo que los jugadores del equipo rival tardan en sacar desde el centro del campo.