EL Rey amenazado: Los peones se mueven en la sombra 26
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Un taxi se detiene en plena Castellana junto al coronel al mando del Centro Nacional de Inteligencia.

Apenas entra en su interior la taxista le pregunta sobre su destino.

El coronel asiente satisfecho porque la respuesta le confirma que se encuentra en un espacio seguro, y la taxista es en realidad una de las agentes secretas asignadas al caso. Ninguna otra persona podría llevarle hasta la dirección que ha indicado, porque no existe.

El taxi, propiedad del servicio secreto español y en cuyo interior se han despachado asuntos de secreto nacional, está completamente blindado y cuenta con un sistema de inhibición capaz de impedir que ninguna señal entre o salga del vehículo en un radio de varios metros a la redonda.

De hecho, si algún ciudadano tiene la mala suerte de detenerse junto a este auto, por ejemplo, en un semáforo, cualquier conversación que esté llevando a cabo se cortará de inmediato, y la emisora de radio que esté escuchando dejará de funcionar.

Es por ello por lo que, si alguna vez le ha sucedido algo parecido circulando por Madrid, ya sabe a qué ha podido ser debido.

El sistema de inhibición impide también que el vehículo pueda ser rastreado, y los cristales oscurecidos le dotan de total intimidad.

Por último, dispone de un software que detecta y anula de forma momentánea cualquier dispositivo electrónico que pudiera usarse para grabar lo que se habla en su interior.

A pesar de toda la sofisticación con la que cuenta, por fuera nadie es capaz de distinguir el auto de cualquier otro taxi de los que circulan por la ciudad.

E incluso los agentes que lo conducen disponen de su correspondiente licencia de taxista, aunque es muy complicado que un ciudadano de a pie se monte en su interior.

Tan pronto como el vehículo se incorpora a la circulación, la mujer informa del estado de la investigación al coronel.

—La fotografía ya ha llegado a manos de la infanta.

—Y supongo que esta ya habrá hablado con su hermano.

—Afirmativo. Le ha pedido que haga todo lo posible para que la noticia no se haga pública, y que el asunto no llegue a manos de la justicia.

—La situación del joven es muy complicada. Si todo sale a la luz es muy probable que acabe en los tribunales. Por suerte, el dinero que este país invirtió en la educación de Su Majestad ha merecido la pena, aunque no sé por cuánto tiempo será capaz de soportar la presión.

—Le conoce bien, señor. Sabemos que todavía no se ha dejado influir por su hermana, y también que aún continúa deliberando sobre qué decisión tomar.

—Que los agentes en Casa Real estén atentos a cualquier indicio en uno u otro sentido.

—Señor, la infanta ha contactado también con su padre, y nos consta que este regresará a España en breve.

—¿Para intervenir en este asunto?

—Afirmativo, señor. No es ningún secreto la afinidad que une al padre con la hija, y también el vínculo que hay entre el abuelo y el nieto. El sentido de la conversación que hemos interceptado así lo evidencia.

—Entonces tenemos poco tiempo. ¿Qué novedades hay?

—Un testigo francés vio a unos jóvenes introducir lo que parecía ser el cuerpo de una persona en el maletero de un coche a las afueras de la discoteca.

—¿Lo sabe la policía?

—Aún no tienen la declaración, señor.

—¿Hemos hablado con él?

—Es un ciudadano francés que reside en Francia, por lo que tuvimos que realizar una petición al servicio secreto francés.

—¿Entonces?

—Al parecer no les llegó, y hemos tenido que iniciar de nuevo el trámite.

—¿Cómo que no les llegó?

—El sistema de encriptación falló.

El coronel no responde porque sabe que tropezarse con ciertas piedras en el camino es algo muy probable cuando se enfrentan a quienes lo están haciendo.

Lleva tiempo siguiéndoles el rastro y es conocedor de la capacidad de infiltración que tienen en ciertas esferas institucionales.

Son como un cáncer que se va propagando por el organismo y pudriendo todo cuanto tocan.

Por eso tiene asumido que, incluso en el interior de una institución tan importante para la seguridad nacional como es la que él dirige, esas células malignas han llegado a germinar.

Tampoco le sorprendería descubrir que alguno de sus agentes se encuentra a sueldo de quienes están intentando derrocar la democracia en España, porque los parásitos ya han infectado todos los poderes del Estado.

De hecho, en un lugar seguro guarda un listado de jueces, altos funcionarios, políticos y ciudadanos al frente de determinadas organizaciones, vinculados todos ellos con distintas acciones para retorcer la legalidad hasta límites insospechados.

Antes, los golpes de Estado los hacían los militares usando el plomo como argumento; ahora, sin embargo, todo ha cambiado, y quienes amenazan el orden constitucional del país se valen de las armas que dispone la propia democracia.

Y la paradoja resulta horrible, porque el sistema es tan garantista que facilita instrumentos a aquellos que pretenden violentarlo.

Tal es el caso que, en la actualidad, un puñado de jueces tienen más poder para derrocar a un gobierno que miles de soldados juntos.

—No podemos perder más tiempo, así que vamos a hacerlo como se hacía en mis tiempos.

—¿Señor?

—A la mierda con la burocracia. Que el mejor agente que tenemos en Francia contacte con ese testigo. Enviadle las fotografías de los cuatro jóvenes de los que sospechamos. No podemos hacer mucho con sospechas, pero sí con certezas.

—Pero señor…

—Yo me hago responsable. Hablaré con el ministro. El tiempo se acaba y lo que está pasando es un jodido golpe de Estado.

—Entendido, señor.

—Cambiando de tema. ¿Sabemos algo de él?

La agente que conduce el taxi duda durante unos segundos, aunque rápidamente sabe a quién se refiere su superior.

—Lo seguimos buscando. Sí podemos confirmar que el muerto de Gran Vía es obra suya, porque las estrías de la bala que se encontró son del fusil de precisión al que él tenía acceso.

Del otro cadáver, al que previamente torturaron, todavía no tenemos un informe concluyente, aunque solo un profesional como él pudo hacerlo.

Señor, ¿sabe que no va a parar hasta que encuentre a los asesinos de su hija, verdad?

—Es una pena que se haya obcecado en una guerra que ya no tiene sentido, y no pueda ayudarnos en la verdaderamente importante. Su experiencia nos hubiera sido muy útil, aunque tampoco quiero ser yo quien le juzgue por lo que está haciendo. Antes habría que ponerse en su situación.

—Quizá su deseo de venganza nos ayude. Seguimos caminos paralelos.

El coronel suspira y desea que así sea. Al fin y al cabo, los verdaderos responsables del asesinato de la hija del mejor agente secreto con el que cuenta el país, son los mismos que están detrás de la amenaza que está sufriendo el jefe del Estado.

—Lo único que espero es que la fotografía de su hija junto con el sobrino de Su Majestad no llegue a sus manos antes de que podamos parar el golpe; de lo contrario, ten por seguro de que la vida de ese joven valdrá menos que un caramelo en la puerta de un colegio.

—Si eso sucede, será imposible detenerlo.

—Ya lo sé. Pero si sucede, solo un milagro impediría que uno de los dos acabe muerto.