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Malgastar una identidad solo puede justificarse cuando el fin que se obtiene a cambio merece la pena, como es el caso que acaba de suceder.
Por tal motivo, el inspector Carlos Núñez Iglesias pasará a la historia y nadie más volverá a saber de él, porque murió hace solo unas horas cuando tomó la decisión de drogar al detective con burundanga.
A cambio, el botín obtenido ha merecido la pena.
De hecho, acaba de borrar las imágenes en las que se le veía accediendo a la vivienda del tipo al que voló la cabeza en Gran Vía; y también ha conseguido jaquear y eliminar el vídeo original del vecino entrometido.
Una simple llamada y un poco de habilidad han sido suficientes para acceder al smartphone del hombre y destruir parte de lo que este guardaba dentro.
Además, ha conseguido el pendrive que Carlos Moeckel ha encontrado en el congelador del piso que horas antes él mismo había revisado.
Una inesperada sorpresa que ahora está en su poder.
Es cierto que el inspector Carlos Núñez Iglesias ha dejado de existir, pero su contribución a la causa es, sin duda alguna, merecedora de una condecoración; la misma que deberían haber obtenido la mayoría de personajes a los que ha interpretado en su etapa como agente secreto del Centro Nacional de Inteligencia.
Ahora, en algún lugar de Madrid, no muy lejos de donde ha dejado al detective durmiendo, se dispone a ver lo que guarda la memoria portátil que le ha tomado prestada.
Por suerte, el plástico en el que estaba envuelto y el frío que rodeaba al lápiz USB en el interior del envase lo han protegido del calor generado por las ondas microondas; y apenas lo conecta al ordenador comprueba con satisfacción que este funciona.
En su interior hay cuatro carpetas. Las tres primeras las revisa con rapidez.
Documentos y archivos que, mirando por encima, probarían delitos fiscales y blanqueo de capitales del empresario considerado como el rey del ocio en la ciudad de Madrid.
También algún que otro pago a políticos del Ayuntamiento y la Comunidad, y justificantes de negocios turbios en época de la pandemia.
Es un experto en saber lo que tiene delante cuando lo ve, y está adiestrado para reconocer con rapidez lo verdaderamente importante.
En algunas operaciones para el CNI solo dispuso de tres minutos para encontrar, entre centenares de archivos, la documentación que le habían ordenado conseguir.
Como es obvio, para tener éxito en esas situaciones de máxima tensión hay que reunir una elevada capacidad de análisis, intuición y capacidad para conseguir que las pulsaciones no se eleven por encima de las setenta por minuto; y todo eso sabiendo que, si te descubren, las consecuencias serán incluso peores que la muerte.
La cuarta carpeta solo contiene un vídeo en su interior, y apenas accede a la misma intuye que ha encontrado lo que estaba buscando.
Las imágenes muestran un lugar que parece un almacén.
Son las dos y veinticuatro minutos de la madrugada del sábado en el que su vida se quebró para siempre, es decir, treinta minutos antes de que la amiga de su hija lo llamase angustiada.
No se aprecia ningún movimiento. De pronto, dos tipos, uno de ellos muy corpulento, transportan a una persona que parece inconsciente.
Uno la lleva cogida por los pies y el otro por los hombros.
Entonces pausa la reproducción y observa la imagen congelada.
La calidad no es buena, y la cámara parece estar situada en una zona alejada de la escena, por lo que las figuras se ven pequeñas y distantes, pero esta circunstancia no es problema si se dispone del equipo adecuado.
Accionando los ajustes necesarios, el programa con el que trabaja consigue que la imagen que aparece en la pantalla se amplíe todo lo que él desea.
A continuación, aplica unos filtros para mejorar la calidad.
Ahora, en el fotograma solo se distingue el rostro del tipo corpulento, y es entonces cuando una especie de dèjá vu le atrapa durante unos segundos, y le hace revivir el instante en el que tuvo ese mismo rostro en el visor de su mira telescópica segundos antes de accionar el gatillo y ver explotar esa cabeza.
Es curioso, piensa sin dejar de observar la imagen congelada, que el antiguo propietario del pendrive sea uno de los que aparecen en el vídeo transportando a una persona sin conocimiento.
Con sutileza hace avanzar el vídeo fotograma a fotograma hasta que consigue distinguir la cara del segundo individuo.
Un tipo joven, de no más de veinte o quizá veintidós años.
A este no lo conoce, pero tampoco tardará mucho en hacerlo.
Para ello realiza una captura de su rostro y la envía al programa de reconocimiento de imágenes que tiene abierto en una segunda pantalla.
Sabe que este proceso debe iniciarse cuanto antes porque la búsqueda de una identidad, si la persona no está fichada, puede durar horas.
Girando con sutileza la ruleta que maneja con sus dedos índice y pulgar, los fotogramas vuelven a avanzar con lentitud, y su atención se centra ahora en el cuerpo que transportan los dos individuos.
No lo ha hecho antes porque intuye que lo que se va a encontrar hará que la herida que hay dentro de su cerebro vuelva a sangrar.
La persona que está siendo transportada tiene la cabeza caída hacia uno de los lados lo que impide ver su rostro, pero la fisionomía del cuerpo, el pelo largo y la ropa que lleva puesta hacen indicar que se trata de una mujer.
A pesar de que la evidencia es apabullante, su corazón no se acelera hasta que vuelve a detener el vídeo y en una de las muñecas del cuerpo observa un tatuaje que le es familiar.
Entonces se derrumba y dos lágrimas recorren sus mejillas.
Sabía que era ella, pero necesitaba confirmarlo.
Ante determinadas situaciones de extremo dolor, una parte del cerebro prefiere vivir en la negación constante hasta que la cruda certeza no le devuelve a la realidad.
Matar sin interrogar al tipo más corpulento fue un gran error, aunque la rabia que ahora siente al ver cómo transporta a su hija inconsciente le hace cambiar de opinión y, aunque ya nada ni nadie podrá devolvérsela, revivir la imagen de esa cabeza al explotar le reconforta por dentro.
Pero de igual forma que siente satisfacción, nota cómo un vacío inmenso le devora por dentro.
La misión no habrá finalizado hasta que el último responsable pague por ello, y gracias al trabajo del detective ahora tiene suficientes hilos de los que poder tirar.
Los fotogramas continúan sucediéndose hasta que los dos individuos introducen el cuerpo de su hija en una habitación situada al fondo del almacén.
A los pocos segundos, el tipo corpulento sale de la misma deshaciendo el camino y volviendo a pasar frente a la cámara hasta que desaparece de su campo de visión.
Durante los siguientes instantes la imagen parece haberse congelado, aunque él sabe que no es así porque los segundos situados en la esquina inferior de la pantalla siguen avanzando.
Mientras tanto, dedica el tiempo a examinar el escenario en el que transcurre la acción.
Ampliando la imagen se fija en una sucesión de cajas apiladas las unas sobre las otras.
Son de una famosa bebida de cola, y aunque nunca ha estado en ese lugar, tiene claro que se trata del almacén de la discoteca en la que se perdió la pista de su hija.
Entonces gira la vista hacia la hora que aparece en la esquina inferior de la pantalla: veinte minutos antes de que su amiga lo avisara por teléfono.
Si un empleado de la discoteca transporta el cuerpo de su hija hasta una habitación situada en el almacén de esta es porque alguien con autoridad suficiente se lo ha ordenado.
Todo gira en torno a ese lugar, aunque ahora las certezas pueden más que las sospechas.
Mientras piensa, nuevas personas entran en escena.
Han transcurrido casi cinco minutos desde que el tipo corpulento se alejara y cuatro personas caminan hacia la habitación donde se encuentra el cuerpo de su hija.
Pasan con rapidez, a pesar de que dos de ellos llevan en volandas a un tercero que camina con dificultad y evidentes signos de embriaguez.
Los cuatro se introducen en la habitación en la que está su hija y en ese instante el vídeo finaliza.
Tras un tiempo de reflexión, retrocede hasta la aparición de los cuatro individuos y vuelve a avanzar fotograma a fotograma.
Al contrario de lo que sucede con los dos tipos que transportaban el cuerpo de su hija, en esta ocasión es complicado distinguir los rostros de alguno de ellos.
Quizá un perfil, pero nada más concluyente; insuficiente para conseguir una correcta identificación.
Solo el tipo con evidentes signos de embriaguez gira su rostro hacia la cámara en un frame, entonces se sorprende porque ese rostro sí que le resulta familiar.
Que le aspen si no es… Pero no, no puede ser.
La imagen no es tan nítida como la del anterior hombre, y existen miles de personas con rasgos parecidos.
Al final, la única conclusión a la que llega después de observar la vestimenta, la complexión y los cortes de pelo de los cuatro individuos es que se trata de jóvenes de edades similares.
La pantalla hace segundos que se ha ido a negro, pero su cabeza está a punto de estallar debido a las múltiples preguntas que le surgen después de lo que ha visto.
La principal duda que le corroe por dentro es saber si ella aún estaba viva durante la secuencia que acaba de visionar.
Todo parece indicar que sí, ya que de lo contrario seguramente esos tipos se habrían deshecho directamente del cuerpo en lugar de meterlo en la habitación.
Además, hay otros detalles que apuntalan esta hipótesis: el cuello de ella aún no muestra evidencias del estrangulamiento que, según el informe forense, fue la causa que acabó con su vida.
A su vez, todavía aparece vestida, por lo que los abusos post mortem que también refleja el forense aún no se habían cometido.
Teniendo en cuenta lo anterior, y que, según la autopsia, la hora de la muerte fue muy próxima a la que aparece en la grabación, es probable que esos desgraciados la mataran en aquella habitación.
Y la evidencia le golpea con tal crudeza, que se encoge para soportar el dolor, y en ese estado permanece durante minutos.
Poco a poco, el alivio al verla inconsciente y la suposición de que apenas fue consciente de lo sucedido consiguen aliviar la angustia que le revuelve los intestinos.