EL Rey amenazado: Los peones se mueven en la sombra 24
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Hace tiempo que no abuso de una buena juerga y no recordaba los horribles síntomas que ahora siento.

Como buenamente puedo, me incorporo a la vez que noto cómo mi cabeza está a punto de explotar.

Es entonces cuando una sensación de mareo me obliga a tumbarme de nuevo a la espera de que todo a mi alrededor vuelva a quedarse quieto de nuevo y, durante unos segundos, regreso a la oscuridad hasta que consigo estabilizarme.

Poco a poco, mis sentidos parecen salir del letargo al que han sido relegados, y comienzo a ser consciente de lo que me rodea.

A mis oídos llegan sonidos de vehículos y de molestos cláxones que se clavan en mi cerebro como agujas sobre la piel.

La consciencia regresa a cuentagotas a mi cabeza, como si el tiempo se hubiera ralentizado y todo transcurriera mucho más despacio de lo habitual.

La imagen borrosa que veo al abrir los ojos tampoco ayuda demasiado a comprender lo que me sucede, por lo que decido centrarme en lo que hay sobre mí.

Multitud de mariposas de color verde revolotean sobre un lienzo de color celeste.

Y esa visión me asusta, porque, aunque hermosa y placentera, no logro entender lo que significa.

Vuelvo a incorporarme tirando de mi cuerpo hacia arriba como si este pesara una tonelada, o quizá más, hasta que intuyo que quedo sentado y apoyado sobre mis brazos.

El mundo vuelve a girar a mi alrededor, pero en esta ocasión decido permanecer sentado y cerrar los ojos hasta que todo vuelve a detenerse.

A mis oídos continúan llegando sonidos de vehículos cercanos, y a mis manos el frescor del lugar donde se apoyan.

Cuando todo vuelve a detenerse dentro de mi cabeza huelo a una extraña mezcla entre campo y ciudad.

No sé cuántos minutos permanezco en esta posición porque el tiempo es un concepto que soy incapaz de valorar en este estado. Por si las moscas, continúo con los ojos cerrados.

Entretanto, comienzo a recordar; primero de forma confusa, y luego algo más ordenado, el encuentro con el inspector y la conversación que hemos mantenido.

Observo de nuevo sus gestos y el vídeo en el que se le ve forzando la puerta de entrada al piso del hombre asesinado en Gran Vía.

Revivo su mirada al ser descubierto, y ese cambio radical de personalidad.

Luego una cerveza en un bar cercano: «La caña de España» leo en el cartel situado a la entrada.

Las ganas de mear y ese olor enrarecido que percibo en el servicio de caballeros.

Cuando regreso hay otra cerveza sobre la barra; al camarero le falta un diente; las luces de la barra se van volviendo difusas; las palabras ininteligibles; y todo se convierte en oscuridad.

Antes de volver a abrir los ojos intuyo lo que me ha sucedido, por ello no me extraña comprobar que me encuentro en mitad del Retiro, bajo un gran árbol y junto a la valla que delimita el parque con la Avenida de Menéndez Pelayo.

No sé ni cómo ni cuándo he llegado hasta aquí, ni tampoco el tiempo que llevo tumbado a pesar de que ya está amaneciendo.

Lo que sí soy capaz de entender es que el inspector me la ha jugado, y no hace falta, por tanto, que compruebe si aún poseo el vídeo en el que se le ve allanando la vivienda del hermano de mi clienta, o el pendrive que encontré en el interior de esta.

Si ese tipo realmente es un policía, se le da demasiado bien pasarse la legalidad por el forro de los cojones.