EL Rey amenazado: Los peones se mueven en la sombra 23
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Los decibelios que salen por los altavoces situados de forma estratégica alrededor del escenario, hacen que resulte complicado entablar una conversación si entre la boca y el oído hay más de veinte centímetros de distancia.

Sin embargo, esta circunstancia no impide que las voces de miles de personas se escuchen al unísono mientras los Estopa cantan una de sus míticas canciones en el Movistar Arena.

Entre los asistentes al concierto que los hermanos Muñoz dan en Madrid, hay dos personas que han acudido al mismo por dos razones distintas a la del resto.

La primera es porque la concentración de personas por metro cuadrado es la mayor que hay esta noche en la ciudad.

Y la segunda, porque el ruido ambiental es tan elevado que nadie podrá escuchar la conversación que están manteniendo en estos momentos.

Uno de ellos es el responsable visible —por llamarlo de alguna manera—, de la organización fantasma que está intentando subvertir el orden constitucional chantajeando al jefe del Estado.

Y aunque el traje y la corbata son elementos imprescindibles en su vestimenta, para esta ocasión ha elegido unos vaqueros y una camiseta con el logo de los cantantes que el día anterior ha comprado por Amazon.

No se siente nada a gusto de esta guisa, pero así puede camuflarse mejor entre el personal.

El otro, cuyo rostro es imposible de apreciar porque está parcialmente cubierto por una gorra negra y unas gafas de sol, viste como lo haría un fan incondicional de los Chunguitos, aunque en realidad es un agente secreto del CNI que, como sucede con muchos otros importantes funcionarios del Estado, trabaja en secreto al servicio de la organización que, en la sombra, lleva años urdiendo la forma de controlar los poderes y las instituciones más importantes del Estado español.

Como ya he descrito antes, es imposible mantener una conversación a más de veinte centímetros de distancia, por esa razón ambos individuos permanecen uno al lado del otro, aunque simulan no conocerse.

Reparar en ellos y en lo que se dicen es realmente complicado incluso para el servicio secreto más importante del mundo. Los dos lo saben y por eso están aquí.

—Hay un testigo que los vio salir con el cuerpo de la chica por la puerta trasera de la discoteca, y ha reconocido a uno de los jóvenes.

El fan de los Chunguitos vuelve a mirar hacia el escenario tras la información que acaba de facilitar al hombre que tiene al lado. Discretamente ha ocultado el movimiento de sus labios con la mano derecha. El encuentro no puede durar más de unos minutos.

—¿Un testigo?

—Uno al que le entraron ganas de mear cuando estaba fuera y no se le ocurrió buscar un sitio mejor.

—¿Y cómo ha tardado tanto en hablar?

—Es un francés que estaba pasando el fin de semana en la ciudad.

La música continúa retumbando en el Movistar Arena, pero la cabeza del tipo con la camiseta de Estopa, ajena a la canción que se escucha, valora la importancia de la noticia que acaba de oír.

Están muy cerca de colocar a su hombre de paja en la Moncloa, y todo puede irse al traste por un jodido entrometido que ni siquiera es español.

—¿Podemos eliminarlo?

—Ese no es el inconveniente —responde el chunguito entre cántico y cántico. Aunque no está allí por el concierto, se deja llevar por el ritmo y las letras de las canciones.

—¿Entonces?

—Ya ha declarado lo que sabe a la policía francesa. La transcripción llegará en unas horas a la española, aunque nosotros lo hemos sabido antes. Eliminar a un testigo sirve para joder un juicio, pero ese no es el problema.

Claro que ese no es el problema, piensa el responsable de la organización.

Porque cuando los agentes que llevan el caso tengan acceso a la declaración del francés, dará igual que el testigo pueda volver a declarar o no, ya que tendrán indicios suficientes para lanzarse sobre el joven identificado y este puede que no soporte el acoso.

—Es un riesgo muy elevado.

—Ese chico acabará hablando, no tenga la menor duda. Si no lo hace ante la policía, lo hará ante el servicio secreto. Eso si no mete la pata antes. Le van a poner ojos y oídos hasta en el retrete.

—¿De cuánto tiempo disponemos?

—Veinticuatro horas; treinta y seis a lo sumo. Yo puedo retener la información que nos llegue a nosotros, pero la policía lo va a tener en ese plazo.

«… Era una tarde tonta y caliente

De esas que te quema el sol la frente

Era el verano del 97

Y yo me moría por verte

Mi única idea era camelarte

Era llevarte a cualquier parte

Yo ese día tocaba en el bar sin nombre

Y allí esperaba encontrarte…»

El Movistar Arena ruge ante la estrofa que acaba de sonar y los hermanos Muñoz se vienen arriba al ritmo de uno de sus mayores éxitos.

Veinte centímetros son ahora demasiados para poder hablar, por lo que la conversación se detiene hasta que los decibelios vuelvan a situarse en los niveles anteriores.

Mientras tanto, la cabeza del responsable de la organización no deja de valorar la situación.

Sabe que debe tomar una decisión importante y no tiene tiempo que perder; pero entre tanto griterío le resulta complicado pensar.

Si al menos estuviera en su casa, sentado frente a la chimenea mientras degusta un Louis XIII en una copa tulipa al tiempo que de fondo suena el Réquiem de Mozart, todo sería distinto.

Sin embargo, es consciente de que un general debe estar preparado para tomar decisiones durante la batalla; entre el fuego de la artillería, el grito de sus soldados y el silbido de las balas.

Por ello, tras analizar la situación, solo ve una alternativa posible.

No hay mayor gloria para un soldado que su sacrificio sirva para ganar una guerra, y esos cuatro jóvenes ahora son soldados inmersos en una guerra.

Una guerra silenciosa de la que los ciudadanos no son conscientes, y que tiene por objetivo implantar una nueva forma de hacer política en el país.

La batalla está servida y algunos jueces, decenas de altos funcionarios, agentes secretos, cargos políticos y policiales, empresarios y miles de jóvenes, así como los cuatro que ahora están siendo investigados, forman parte de sus tropas.

Todos saben cuál es el objetivo, y también las consecuencias de ser descubiertos, así que decide no pensar más y tomar una decisión que proteja al bien mayor.

En una guerra el fin casi siempre justifica los medios.

—Hay que eliminarlos.

—Perdone, señor, no le he escuchado bien.

—Los cuatro tienen que ser eliminados.

«…Por la raja de tu falda yoRompí tres cuerdas de esta guitarra…»