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Aunque sé cómo llegar al hotel en el que me hospedo, camino por las calles de Madrid sin saber exactamente qué rumbo tomar.
El vídeo que acabo de ver me ha creado tal confusión, que soy incapaz de pensar en otra cosa que no sea el motivo por el que un miembro del Cuerpo Nacional de Policía ha violentado el domicilio de un particular sin disponer de la oportuna orden judicial.
Porque es evidente que, de haberla tenido, el registro a la vivienda del hermano de mi clienta se habría realizado de otro modo; por ejemplo, en compañía de otros agentes.
Después de mucho pensar, no me queda otra opción de asumir que, aunque no suele ser lo habitual, los agentes de la autoridad en ocasiones deben saltar también al otro lado de la ley, porque si se atienen a los plazos que les impone la burocracia legal habría casos en los que caminarían muy por detrás de los criminales.
Pero este tipo de licencias no escritas en ningún manual policial, suelen usarse solo en casos excepcionales, y esta excepcionalidad es precisamente la que no para de dar vueltas en mi cabeza.
¿Por qué un policía se juega su carrera por un caso que, inicialmente, ha sido catalogado como un simple ajuste de cuentas?
Sé que pensar es bueno para aclarar ideas, encontrar nuevos caminos y despejar la mente, pero también es cierto que si te enfrascas demasiado en los pensamientos corres el riesgo de perder la atención de lo que sucede fuera.
Y es que, cuando el cerebro se centra en un problema, los sentidos se aletargan y solemos actuar como un autómata, usando solo una pequeña parte de nuestra capacidad.
Episodios de sonambulismo despierto, los llamo yo.
Finalmente, cuando regreso al mundo real y vuelvo a ser consciente de lo que me rodea, compruebo que camino por una gran avenida. El bullicio del tráfico todavía es significativo a pesar de que hace horas que la noche se impuso.
—Parece perdido, señor Moeckel.La voz que escucho a mi espalda no es la primera vez que me habla, por eso sé de quién proviene antes incluso de que me gire para contemplar su rostro.
—Se equivoca. Solo paseo para aclarar las ideas.
Respondo lo primero que se me pasa por la cabeza para ganar tiempo y reponerme de un encuentro que no esperaba tener; ¿o quizá sí?
El inspector de policía que me siguió por las calles de Jaén ahora no lleva traje y va vestido completamente de negro.
—Qué casualidad. Yo también estaba dando un paseo.
Su respuesta hace que esboce una sonrisa.
—Hace tiempo que dejé de creer en las casualidades, inspector. Sobre todo, cuando provienen de ciertas personas.
—Nunca hay que dejar de creer, señor Moeckel. El mundo existe y se mueve gracias al azar.
—Siento discrepar, pero yo soy más de evidencias y convicciones. Como, por ejemplo, la evidencia de que lleva siguiéndome un rato, y la convicción de que, por alguna razón, quería encontrarse conmigo en este preciso momento, y por eso camina a mi lado.
Él sonríe y, aunque no le miro, imagino cómo el rostro se le arruga en torno a sus labios.
Una sonrisa forzada que apenas permanece unos segundos en su cara, los mismos que dura el silencio que nos acompaña en la burbuja que hemos creado mientras caminamos por la gran avenida aislados de la gente y los vehículos que pasan a nuestro lado.
—Quizá ambas teorías sean viables en una u otra forma —responde él—. Lo cierto es que volvemos a encontrarnos y quizá sea buen momento para recordarle que tenemos un acuerdo.
—Cualquier acuerdo requiere el consentimiento de las partes participantes.
—¿Y no es así?
—No cuando una de ellas actúa bajo amenaza.
—¿En serio le pareció amenazante mi propuesta?
Ahora soy yo quien sonrío, si bien no por la ironía que acabo de escuchar, sino porque el inspector aún no sabe cómo voy a cumplir mi parte del trato, y me muero de ganas por observar su rostro cuando se lo cuente.
No obstante, dejo transcurrir unos segundos para que su última pregunta se aleje tanto en el tiempo como en nuestras memorias, y no parezca que me tiene cogido por los huevos, aunque así lo crea él.
—Tengo algo interesante para usted que he descubierto esta noche.
—¿De verdad?
Sin mirarle, puedo imaginar el gesto de ansiedad y codicia que se ha formado en su cara al escuchar mis palabras, por ello tardo en contestar y percibo cómo la desesperación le corroe por dentro, circunstancia que me incita a pensar que, por alguna razón, el inspector evidencia una necesidad extrema por avanzar en este caso.
Y aunque pueda creer que aún me tiene en sus manos, comienza a dar síntomas de que es él quien me necesita para seguir viviendo.
—Un trato es un trato.
—Es usted un tipo listo, señor Moeckel.
—No lo dude, inspector, porque lo que he descubierto esta noche le va a sorprender.
Me detengo junto a un pequeño parque y le muestro mi teléfono móvil.
Los vehículos continúan circulando en ambos sentidos por la avenida, y los viandantes caminan sin prestarnos atención, como si fuéramos un par de farolas o dos árboles más del pequeño parque que tenemos a nuestras espaldas.
Cuanto más grande es una ciudad, mayor es el anonimato de las personas que la habitan.
Los ojos del inspector muestran un gesto de expectación, aunque su rostro es incapaz de alejarse de la ansiedad que le corroe por dentro.
Existen estados de ánimo más evidentes que otros, y la ansiedad es uno de los que más cuesta ocultar.
Mientras visualizamos el vídeo que el vecino del piso que acabo de visitar me ha enviado, me pregunto cuál es el interés que mueve a este policía a violentar la Ley de esa forma para conseguir nuevos indicios sobre el caso que investiga.
—¿De dónde ha sacado esto?
El rostro del inspector se muestra ahora entre serio y sorprendido. A ningún cazador le gusta que la presa le entre por la espalda.
—Esa no es la pregunta, inspector.
Sus ojos irradian rabia, y percibo que se siente frustrado porque el fusil apunta ahora hacia su culo en lugar de hacerlo hacia el mío.
—Usted también ha entrado en ese piso —responde él con una excusa rápida y barata.
—¿Cómo lo sabe? Parece que su teoría del azar comienza a hacer agua, ¿o también ha sido casualidad que me viera entrar?
Lamento la ironía, pero no puedo dejar pasar la oportunidad de vengarme de quien ha sido capaz de amenazarme. Y ahora que observo el desconcierto en sus ojos siento que es el mejor momento para hacerlo. No importa estar por debajo durante un tiempo si sabes que al final serás capaz de estar encima.
—Que un policía allane la vivienda de un asesinado cuyo homicidio se está investigando y sin una orden judicial es un asunto feo, inspector.
Yo he entrado con las llaves y la autorización de mi clienta, es decir, la hermana del fallecido.
Hay una gran diferencia, ¿no cree? Tiene muchas cosas que explicarme.
Al contrario de lo que espero, el rostro del policía se relaja y su aspecto cambia de forma radical.
Incluso esa sensación de ansiedad que ha transmitido durante todo el paseo parece haber desaparecido ahora de su cuerpo.
Es como si se hubiera reseteado por completo y una personalidad distinta a la anterior hubiera tomado los mandos.
Y esta nueva actitud, inesperada y sorprendente, me confunde porque no estoy acostumbrado a ver cambios tan radicales de personalidad en tan pocos segundos.
—Vamos a sincerarnos, señor Moeckel, usted y yo, pero no aquí, sino tomando una cerveza que es como se obtienen las mejores conversaciones y se cierran los tratos más beneficiosos.
Al contrario de la creencia popular, cuando la fiera se ve acorralada no siempre suele atacar, sino que a veces se agazapa y se muestra sumisa a la espera de que el contrario se relaje y poderlo atacar así con más fuerza.