21
No es habitual que los ladrones revisen los frigoríficos, y, si lo hacen, es muy raro que se entretengan en comprobar si hay algo de valor entre el congelado.
Este último razonamiento ha hecho que se venga a mi memoria lo que hacía cuando comencé en esto de la investigación privada y algún cliente me pagaba con dinero negro.
Sí, ya sé que eso no está bien, pero por aquel entonces, cuando apenas ganaba para poder comer, y la cuenta bancaria estaba la mayor parte del año en rojo, no podía permitirme el lujo de rechazar algunos trabajos que hoy ni siquiera escucharía.
En alguna de esas ocasiones me pagaban con dinero de dudosa procedencia que no salía de cuentas bancarias, sino de cajas fuertes camufladas en las casas de esos clientes.
Gente respetada, por supuesto; y también algún que otro político cercano al poder.
En esos casos, y por temor a que alguien entrase en mi apartamento cuando yo no estaba, hacía pequeños fajos con el dinero que calculaba iba a necesitar para vivir durante una semana, y los metía en pequeñas fundas de plástico.
Luego compraba pescado fresco y barato de un tamaño adecuado, y en el interior de cada pez introducía un fajo de billetes plastificado antes de meterlo en el congelador.
Un día por semana sabía que comería pescado.
De hecho, hace un tiempo leí, no sé dónde, que el lugar más seguro de una casa para guardar dinero era el congelador.
Quizá por ello, y como no tengo nada que perder, decido probar suerte con la nevera.
El congelador situado en la parte baja del frigorífico tiene tres cajones que no tardo en revisar.
Hielos en el primero; media pizza , y algunos envases sin abrir en el segundo; y bolsas de guisantes, patatas pre fritas y unos táperes con comida en el tercero.
Las bolsas de productos que están sin abrir ni siquiera las compruebo porque asumo que no se ha podido introducir nada dentro.
Las que están abiertas resulta fácil revisarlas, y su contenido queda esparcido por el suelo de la cocina junto al resto de objetos y comida.
Al final solo me quedan por revisar los tres táperes con comida congelada.
Cuando los saco de la nevera no puedo evitar preguntarme: ¿qué cojones estoy haciendo?
Que yo empleara ese método hace tiempo, no significa que todo el mundo haga lo mismo.
Entonces comprendo lo que la desesperación nos lleva a hacer en determinadas ocasiones, cuando comprobamos que todas las puertas se cierran delante de nuestras narices.
Pero también es cierto que cuando el camino se acaba hay que buscar otro para seguir adelante.
Guiado quizá por este último pensamiento, y aunque continue pareciéndome absurdo lo que estoy haciendo, prosigo con la intención de saber qué hay dentro de los táperes.
Los tres envases son de tamaño similar, pero la comida congelada que hay en su interior es claramente distinta.
Garbanzos se distinguen en uno; paella claramente en otro, y el tercero parece estofado u otro guiso de carne.
En realidad, eso es lo menos importante, el problema real es que si espero a que se descongelen tendré que quedarme allí toda la noche.
Por suerte en la cocina hay un microondas; el inconveniente ahora es llegar hasta él sin dejar mis huellas entre los restos de harina y otros productos que se esparcen por el suelo.
Una idea se me ocurre de pronto, y arrastrando uno de los cojines que he cogido del comedor voy abriendo un camino hasta el lugar donde está el electrodoméstico.
Si la policía decide pasar por el piso, los imagino estrujándose los sesos para deducir qué demonios ha pasado aquí.
Imagino la situación y sonrío mientras doy otro trago a la cerveza.
Los tres envases comienzan a girar en sentido inverso a las agujas del reloj dentro del microondas.
No sé si será por la escena que estoy viendo, o por la cerveza que estoy bebiendo, pero me están entrando unas ganas de comer paella que mi estómago ruge enfervorecido.
Quizá mi idea no dé resultado, pero seguro que me voy a ir de aquí cenado.
Dando tiempo a que el microondas finalice su trabajo, regreso al salón procurando no tropezarme con nada.
En esta estancia hay una puerta acristalada que da acceso a una pequeña terraza en la que apenas caben una mesa de madera y dos sillas.
Junto a la barandilla de hierro pintada de color negro, un par de plantas amarillentas caen a los lados de las macetas donde un día fueron plantadas.
El tamaño de la terraza no admite más objetos.
Sobre la pared de ladrillos, una guirnalda de pequeñas luces aporta un toque acogedor al conjunto.
Ni siquiera la luz de las farolas, ni el trasiego de vehículos que se observa unos metros más abajo, son suficientes para romper el encanto que se respira aquí.
Solo falta una cerveza y el táper de paella para que la velada sea excepcional.
Entonces me apoyo sobre la baranda de metal que circunda la terraza y miro hasta que mi vista se pierde en la inmensidad de la noche.
Estoy en Madrid, y durante unos segundos la imagen del policía que me siguió en Jaén se muestra en mi cerebro.
Imagino que, si fue capaz de localizarme en mi ciudad, ahora que estoy en su terreno lo tendrá mucho más fácil.
Y mientras pienso esto, un destello procedente de la azotea del edificio que tengo enfrente llama mi atención.
Parece que hubiera algo que reflejase la luz entre la oscuridad.
En ese instante, el sonido del microondas me avisa de que la paella puede ser comida, y esta última señal es más convincente que cualquier otra distracción.
De regreso a la cocina compruebo que, debido al poco tiempo programado, no todo el contenido de los tápers se ha descongelado; aunque sí lo suficiente para hurgar con una cuchara entre la comida.
Reviso sin éxito los dos primeros envases y dejo la paella para el final porque tiene una pinta que alimenta.
Cuando remuevo el arroz con la punta de una cuchara, entre el pollo, las gambas, y las almejas, descubro algo de color azul. Parece una bolsita de plástico.
—¡No me lo puedo creer! —exclamo eufórico a pesar de que soy consciente de que ya no voy a comerme la paella.
Con la punta de los dedos extraigo la bolsita y veo que en su interior hay un pendrive .
Entonces me asalta el temor de que con el proceso de descongelado se haya podido joder el dispositivo, aunque para comprobarlo voy a tener que esperar hasta llegar al hotel porque la tele que hay en el salón está destrozada, y en la vivienda no he visto un ordenador o una tableta que poder utilizar.
Con el tesoro que acabo de encontrar puesto a buen recaudo en el interior de uno de los bolsillos de mi pantalón, y a sabiendas de que en el piso no voy a encontrar nada más que pueda serme de utilidad, decido abandonarlo.
Ya en el exterior, comienzo a quitarme los guantes de látex cuando observo cómo se abre la puerta de la vivienda situada frente a la que acabo de abandonar.
Un hombre delgado y no muy alto, con gafas de cristal grueso y cabellos brillantes con raya al lado derecho, se me queda mirando.
Está envuelto en un grueso batín de tonos marrones a pesar de que la temperatura que hace no pide más que un pijama de entretiempo.
Las zapatillas de felpa que lleva puestas son de color azul marino.
El hombrecillo me mira de arriba abajo antes de hablar.
Detrás de esos robustos cristales el mundo debe verse diferente, pienso mientras permanezco expectante a lo que me vaya a decir.
No puedo olvidar que acabo de salir de la casa de su vecino y, durante unos segundos, temo que se ponga a gritar como un poseso.
Los segundos pasan y la situación se vuelve más surrealista; los dos callados y observándonos el uno al otro. Mis temores aumentan cuando compruebo cómo los gruesos cristales de sus gafas se han detenido en mis manos, que aún continúan con los guantes a medio quitar.
—¿Usted es de la policía, verdad?
El tono de voz agudo que escucho concuerda a la perfección con la fisonomía del hombre que tengo delante; lo extraño hubiera sido que de ese cuerpecillo hubiera salido una voz profunda.
Mientras analizo la pregunta, observo cómo los cristales de sus gafas no se apartan de mis manos a medio enguantar, y esta circunstancia me otorga el tiempo suficiente para reaccionar y saber aprovecharme de la situación.
—Claro, señor. Los usamos para no contaminar la escena del crimen.
El hombrecillo sonríe satisfecho al ver cómo levanto mis manos y muevo los dedos. No me cabe duda de que es la respuesta que estaba esperando oír.
—Menos mal. Llevo más de una hora esperando. Lo tengo todo grabado.
—¿El qué?
—Al ladrón.
Afirmo con la cabeza al tiempo que le apunto con mi dedo índice para ganar tiempo y ponerme en situación. Rápidamente entiendo que el hombre se está refiriendo al presunto robo del piso que acabo de abandonar.
—¿No me diga?
—Sí —la afirmación taladra mis oídos como si fuera la nota musical cantada por una soprano—. Tengo una mirilla de esas que graban.
Entonces dirijo la mirada hacia donde él señala con su índice y comprendo de lo que habla.
—¿Tiene una mirilla digital?
El hombre asiente orgulloso, al tiempo que yo medito cómo sacar rédito de la información que me acaba de facilitar.
—¿Y cuándo se cometió el robo?
—Ayer por la noche, según la fecha y la hora que aparecen en las imágenes.
—¿No avisó a la policía? Quiero decir, ¿por qué no nos avisó entonces?
—He estado unos días fuera, agente. Ha sido esta tarde al llegar a casa cuando he visto al ladrón forzando la puerta del vecino. Con dos hierrecitos le ha bastado para entrar. Estamos todos vendidos. ¿Se ha llevado mucho?
—Lo ha destrozado todo.
—Qué malnacido. Ya no es lo que se llevan, sino también el daño que te hacen.
La indignación del hombre va en aumento y aprieta los labios, sin embargo, su mueca, en lugar de intimidar, resulta graciosa.
—¿Y podría ver esas imágenes?
—Claro, agente. A ver si cogen a ese desgraciado.
El hombre saca de uno de los bolsillos de su batín un teléfono móvil y, después de trastear unos segundos en la pantalla, me lo entrega.
—Mírelo usted mismo.
La calidad de la imagen es buena a pesar de que el tipo que sale en ella se ha cuidado de no encender la luz de la escalera.
—Buena visión nocturna —afirmo mientras compruebo la fecha y hora de la grabación.
—Es de las mejores del mercado. Parece como si fuera de día, ¿verdad?
El hombre, todo orgulloso, se ha aproximado a mí para ver también la secuencia a la vez que lo hago yo. No obstante, y a pesar de la buena calidad de las imágenes, no es posible apreciar con claridad el rostro del individuo que sale en ellas y que, seguramente, sea el mismo que se me ha adelantado.
—Qué pena que no estuviese la luz de la escalera encendida.
—Espere, espere, que ya verá.
Siguiendo las indicaciones del hombrecillo permanezco atento y, solo unos segundos después, un fogonazo inunda la pantalla del teléfono móvil provocando una turbidez momentánea de la imagen que apenas dura unas décimas; tras la cual, el rostro del tipo que, sorprendido por la repentina iluminación, mira hacia la lámpara que hay en el rellano, se observa con total claridad.
—Algún vecino debió pulsar la luz de la escalera —ratifica el hombrecillo con una sonrisa—. Anda que no se le ve bien.
A pesar del ligero codazo que recibo en las costillas, permanezco impertérrito observando la cara del individuo al que, sin lugar a duda, conozco.