EL Rey amenazado: Los peones se mueven en la sombra 20
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Oculto entre la tiniebla que acompaña a la noche, como una sombra más de las muchas que fabrica la oscuridad, observa los movimientos del detective mientras este camina por el interior de la vivienda que él ha revisado de arriba abajo solo unos días antes.

Las luces de la ciudad alumbran las calles y el asfalto, pero a más de veinticinco metros de altura la oscuridad hace que sus movimientos pasen desapercibidos.

Tumbado sobre el tejado plano del edificio al que ha accedido, se encuentra tranquilo al tiempo que mira a través del binocular de visión nocturna los movimientos del tipo al que lleva siguiendo desde que contactara con él en Jaén.

Al final ha decidido no continuar lamentándose por matar de forma tan precipitada al primero de los dos guardas de seguridad sin haberle interrogado antes.

La rabia que carcomía sus entrañas durante esos primeros días no debe ser excusa para una persona con su preparación, pero tampoco debe convertirse en una condena.

Se equivocó y punto, y ahora es tiempo de reparar las consecuencias.

Por suerte, y al contrario de lo que sucedía en las operaciones especiales en las que participó por todo el mundo, aquí todavía tiene una oportunidad para terminar con éxito la misión.

Y eso es lo que espera conseguir con la ayuda del tipo al que observa desde las alturas.

Tener intervenido el teléfono móvil de su objetivo ha resultado vital para adelantarse a sus movimientos y buscar un punto elevado que le permita seguir lo que este hace sin ser descubierto.

Otro factor importante a tener en cuenta era no ser interrumpido por algún ciudadano demasiado curioso.

Ambos propósitos los ha conseguido accediendo a su actual ubicación.

Para un agente destacado del CNI alcanzar la azotea superior de un edificio sin ser visto es una tarea muy sencilla.

La ropa negra que viste también le ayuda a ser una parte más de la oscuridad.

Una vez elegida la ubicación ideal, solo tiene que observar y esperar a que el detective que camina con cuidado entre los objetos dispersados por el suelo de la vivienda, encuentre el camino que él cerró al matar sin preguntar al tipo que podía haberle facilitado la información que él necesitaba saber.

Porque si algo tiene claro es que esos dos guardas de seguridad no son los únicos responsables de que la luz que había en su vida se haya extinguido.

Sabe que hay alguien más detrás. Alguien al que tiene que encontrar antes de que la Agencia lo localice a él.

Solo así completará su misión más importante y podrá descansar en paz.

Porque cuando la justicia se imparte la pena ayuda a compensar el dolor por el daño causado, o, como mal menor, se consigue que ese dolor se lleve de forma diferente.

Mientras observa a través del binocular, y quizá porque intuye que el detective al que vigila desde el edificio de enfrente, tampoco va a conseguir nada interesante en un lugar que él ya ha revisado antes, su mente le fustiga con ese tipo de reproches que, como percebes con las rocas, permanecen pegados en un lugar oscuro de la mente hasta que afloran cuando menos se los espera y necesita.

Es entonces cuando recuerda las múltiples ausencias causadas por un trabajo tan complicado, y la poca calidad que como padre fue capaz de ofrecer a su hija.

La vio crecer a intervalos porque lo normal era que cada misión durara meses.

Y aunque la quería más que a su propia vida, y no pasó un día sin acordarse de ella, el amor suele marchitarse con la ausencia.

No tardó en aprender que el tiempo perdido jamás regresa, y cuando quiso parar para respirar se dio cuenta que todo había pasado demasiado deprisa, y la niña que un día conoció ya no existía porque la vida continuó mientras él no estaba.

Y ahora, sin ningún cimiento que sostenga su existencia, lo único que le queda es expiar su culpa y asumir la dura condena que la vida le ha impuesto; pero antes de que él cumpla su pena, hay otros que pagarán por lo que han hecho.

Martirizarse en ocasiones es bueno porque alivia la carga, pero como todo en la vida, siempre y cuando se consuma en las dosis adecuadas.

Quizá por ello decide deshacerse de los pensamientos negativos que le han visitado y se centra en lo que verdaderamente le importa. Agua pasada nunca debería mover molino.

Es en ese instante cuando algo llama su atención, y lo que ve le sorprende a la vez que le colma de ira.

¿Cómo demonios no se le ocurrió a él antes?

, se pregunta enfurecido al tiempo que golpea con fuerza el hormigón sobre el que permanece tumbado.

El enfado que le invade ahora es aún más fuerte que el dolor que siente en su mano derecha, porque este tipo de fallos se pagarían muy caros en otro tipo de situaciones.

Afortunadamente, el detective aún es un aliado por lo que, al menos por el momento, el error todavía puede ser enmendado.

Sin tiempo que perder, y desde su privilegiada atalaya, aguza la vista y permanece atento a los movimientos del investigador privado.