EL Rey amenazado: Los peones se mueven en la sombra 19
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Para las personas que nos sentimos cómodas con la soledad, el anonimato que ofrece una gran ciudad es un añadido del que nos gusta disfrutar.

Y ello es debido a que, aun cuando confluyes con cientos de personas mientras caminas por sus calles, al mismo tiempo tienes la sensación de que te encuentras solo entre la turba de seres desconocidos y vidas anónimas que a su vez deambulan inmersos en su propia soledad.

Por esta razón, me siento a gusto en un lugar en el que pasar desapercibido es algo tan sencillo como respirar.

Volviendo al caso que llevo entre manos, y al contrario de lo que pudiera parecer, el haber encontrado muerto al compañero del hermano de mi clienta no ha resultado del todo improductivo.

Cierto es que, si lo hubiera encontrado vivo, ahora mismo tendría una base más sólida sobre la que poder apuntalar la investigación; pero también la experiencia me ha enseñado que de todo se puede sacar provecho, incluso del fracaso.

En lo relativo a este asunto, por ejemplo, me ha servido para concluir que el asesinato del hermano de mi clienta no ha sido un hecho accidental, ni tampoco un acto de venganza individual, sino que detrás del mismo hay algo más; algo tan importante o de tal envergadura como para que se tome la decisión de acabar con la vida de dos compañeros de profesión.

Aunque como en toda suposición, hay detalles que aún se me escapan, y uno de ellos es el motivo de asesinar a cada uno de ellos de forma tan distinta.

Con el primero la ejecución fue rápida y sin contemplaciones.

Un disparo certero en la cabeza y el fiambre al hoyo.

Como si la necesidad de acabar con este fuera imperiosa e inaplazable.

Al segundo, sin embargo, lo han matado después de una larga y dolorosa agonía.

Y esta circunstancia solo deja lugar a dos interpretaciones: ensañamiento o interrogatorio; o quizá ambas.

Lo cierto es que, tras observar el estado en el que ha quedado el cadáver, me juego un par de cervezas a que el desgraciado fue incapaz de soportar el umbral de dolor al que fue sometido, lo que significa que, o tenía mucho que contar, o no sabía nada.

Sea como fuere, soy consciente de que estas conjeturas van a tardar un tiempo en esclarecerse.

Por regla general, cuando alguien va unos pasos por delante de mí en un caso, acelero hasta que consigo alcanzarlo.

Es por ello por lo que, en lugar de regresar al hotel en el que me alojo para recomponer ideas, decido dirigirme hacia el piso del primer muerto y comprobar si en esta ocasión la suerte quiere ponerse de mi lado.

Madrid es grande, pero también está bien comunicada, circunstancia que me ayuda a llegar en pocos minutos a mi destino.

Gracias a las llaves que me facilitó mi clienta esta vez no tengo que urdir ninguna artimaña para entrar en el edificio, cuestión distinta es evitar que mi rostro sea grabado por la cámara que hay situada en el portal.

Para evitarlo, decido coger del buzón para la publicidad que hay fuera del edificio el último folleto de un gran almacén.

Los repartidores suelen dejar tantos ejemplares que siempre sobran varios.

Accedo al portal con el folleto publicitario abierto en su totalidad y tan cerca de mi cara que puedo apreciar incluso el olor a la tinta de impresión.

Dos pequeños agujeros abiertos en el papel me sirven para ver por dónde camino.

Estoy seguro de que las turistas inglesas han facilitado mis rasgos a la policía, pero no es lo mismo tener un retrato robot que la imagen captada por una cámara.

Y aunque todavía no he hecho nada malo, y no tengo nada que temer, la mejor opción para un detective privado es pasar siempre desapercibido, sobre todo para la policía, de lo contrario mi libertad para actuar se complicaría demasiado.

Camino por el portal como si fuera un vecino más, aunque seguramente el más miope de todos, pero eso todavía no es ningún delito.

A continuación, accedo al ascensor que también cuenta con cámara de seguridad, por lo que, en esta ocasión, la miopía se transforma en presbicia y alejo de mi rostro el folleto todo lo que puedo hasta que este casi alcanza el objetivo de la videocámara.

Imagino entonces que en lugar de grabar a una persona la cámara solo es capaz de registrar la oferta de 3x2 en aceite de oliva virgen extra que hay en la portada de la publicación.

Alcanzada la planta indicada, y libre ya de cámaras, guardo el folleto en uno de los bolsillos de mi pantalón y camino hacia el piso al tiempo que cubro mis manos con los mismos guantes de látex que he usado antes.

Al abrir la puerta y encender la luz compruebo que otra vez se me han adelantado, aunque en esta ocasión ya contaba con esta posibilidad debido al tiempo transcurrido desde el asesinato.

Esta circunstancia, no obstante, apuntala mi idea de que el asesino se precipitó al quitar de en medio al primero de los dos tipos, una vez que, posteriormente, ha pretendido subsanar el error revisando de arriba abajo la vivienda.

Si no recuerdo mal, mi clienta me comentó que había pasado por este mismo piso días después de la muerte de su hermano, y si hubiera visto algo raro me lo habría dicho.

Es decir, que quien haya puesto todo patas arriba, lo ha hecho días después de la muerte de su propietario, y, quizá incluso, después de haber torturado y matado al segundo individuo, del que, visto lo visto, parece ser que fue incapaz de obtener demasiado.

La vivienda está hecha unos zorros y poco hay que permanezca en su lugar.

Cajones abiertos, objetos por el suelo, los dos sofás del salón y los colchones de las habitaciones rajados de arriba abajo.

En fin, un espectáculo dantesco y desolador que se extiende hasta cada una de las habitaciones en las que no ha quedado títere con cabeza.

Asumo, por tanto, que allí no voy a encontrar nada porque de haber habido algo interesante ya se lo habrán llevado.

Es por ello por lo que deambulo por el piso sorteando obstáculos y procurando no pisar o tropezar con ninguno de ellos, a la vez que voy aceptando la implacable sensación de que me encuentro en un callejón sin salida que tengo que abandonar para encontrar otro camino.

Esta es, sin duda, la desconsoladora consecuencia de comenzar a trabajar en un caso con tanta desventaja.

Resignado, comprendo que el trayecto que tendré que recorrer ahora será mucho más largo.

Camino hasta la cocina y el tubo fluorescente situado en su techo se enciende al tercer parpadeo.

La imagen que observo aquí no es muy distinta a la que me he encontrado en el resto de la vivienda. Perolas, sartenes y restos de café, arroz, harina y toda otra clase de alimentos se esparcen por el suelo. Adentrarse en este lugar no parece recomendable si no se desea dejar huellas.

A mi izquierda, y justo a la entrada de la cocina, está el frigorífico. Por suerte hasta aquí no han llegado los restos del estropicio, y necesito una cerveza fría para calmar la decepción que me aturde.

El orden que observo en el interior del refrigerador desentona con el estropicio que hay fuera del mismo; y aunque no hay mucho dentro, lo que hay está colocado con una gran armonía, como si este lugar fuera el único que se hubiera librado de la destrucción habida en el exterior.

Entonces tengo la sensación de estar frente a una especie de santuario en el que varias cervezas, un envase de leche, algunas verduras, mantequilla, jamón de york y un par de huevos se han librado del holocausto sufrido en el resto de la vivienda.

Y a pesar de que la señal que percibo es muy evidente, no soy capaz de entenderla hasta que el primer trago de cerveza desciende por mi gaznate y la dopamina comienza a derramarse por mis venas.

¿Por qué no?, me pregunto entonces. ¿Si tuvieras que esconder algo muy valioso o una cantidad importante de dinero para que no te la robasen, en qué lugar de tu casa lo harías?