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Dejarse arrastrar por los instintos que brotan desde lo más profundo de las entrañas es la peor decisión que una persona puede llevar a cabo cuando se enfrenta a una vivencia extrema.
Él lo sabe muy bien porque para sobreponerse y solventar ese tipo de situaciones ha sufrido un duro y estricto entrenamiento.
No suele ser el primer golpe el que importa, sobre todo si estás adiestrado para recibirlo, porque ese primer golpe te ayuda a conocer las debilidades del enemigo, y a conseguir que se confíe.
El segundo, el tercero y, si todavía queda aguante, el cuarto, son los que verdaderamente van a ser determinantes.
Esta táctica hasta la fecha no le ha ido mal.
Quizá porque el mundo está repleto de fanfarrones, locos o inconscientes que saltan a las primeras de cambio sin pararse a pensar a qué o a quién se enfrentan.
Incautos dominados por la testosterona o la idiotez del narcisista, suelen ser los primeros en caer.
El atardecer en Madrid le coge paseando por sus calles camino de uno de los pisos francos que posee; el único cuya ubicación se encuentra fuera del conocimiento de la Agencia.
Intuye que es muy probable que ya le anden buscando y por ello oculta su rostro bajo la capucha de la sudadera que lleva puesta.
Unas gafas de sol hacen el resto. La misión para la que nunca le habían preparado es lo único que ahora ocupa su cabeza.
Un todo que absorbe sus sentidos y pensamientos.
La causa por la que, seguramente, ha cometido el error de no detenerse y reflexionar lo suficiente antes de actuar.
El mismo fallo que ha visto cometer a la mayoría de los incautos con los que se ha cruzado en las numerosas misiones realizadas para el Gobierno de España.
Quizá por eso ahora se siente igual de estúpido que el imprudente que no ha sabido pararse unos segundos a respirar antes de tomar una decisión.
Mientras camina entre el anonimato que le ofrece la inmensidad de la gran ciudad, medita sobre los dos hombres que ha matado en los últimos días.
No es la circunstancia de matar lo que le martiriza, ya que está habituado y adiestrado para ello.
Lo que verdaderamente le atormenta es el error que ha cometido cegado por la precipitación y la desesperación con las que ha convivido durante las últimas semanas.
Cierto es que los dos hombres estaban sentenciados desde el mismo instante en el que tuvo conocimiento de la vinculación que estos habían tenido con la muerte de su hija; pero esa circunstancia no es excusa para precipitarse matando al primero de ellos sin hablar previamente con él; sobre todo porque ahora sabe que ese individuo era la clave para continuar conociendo la verdad.
Por ello, la satisfacción que sintió cuando desde la distancia observó cómo su cabeza estallaba en plena Gran Vía, pronto se transformó en frustración y rabia.
Quizá ese disparo le permitió dormir durante unas horas; las primeras desde que todo sucedió; pero el precio pagado por la precipitación fue demasiado alto.
Aunque solo cuando interrogó al segundo de los dos individuos supo que se había equivocado en el orden de los ajusticiamientos.
El primero le habría dicho todo lo que necesitaba saber, por lo que, de haber sido más paciente, ahora tendría un camino por el que seguir hasta encontrar al responsable de todo el dolor que siente.
Muy pocas personas en el mundo están entrenadas para resistir la peor de las torturas, y la mayoría acaban hablando más temprano que tarde.
Pero como ya no hay solución solo queda mirar hacia adelante, piensa al tiempo que revisa ambos lados de la calle antes de dirigirse hacia el portal del edificio donde tiene su guarida.
Antes de acceder al portal observa que no haya miradas indiscretas o figuras sospechosas por los alrededores.
La más mínima desconfianza le haría dar una nueva vuelta a la manzana para comprobar si se trata de una falsa alarma o es cierto que ya hay perros tras su rastro.
Lo más importante es no mostrar la entrada a su madriguera.
Y como en muchas otras materias, también se encuentra adiestrado para saber si le siguen, aunque esta habilidad hace tiempo que pasó a ser una acción innata como lo es respirar.
Sin amenazas visibles, camina hacia el único lugar donde puede relajar un poco sus sentidos.
Ya en el interior de la vivienda, observa el exterior a través de las finas láminas de las persianas que se pliegan con la fuerza de sus dedos.
Todo parece tranquilo fuera; sin embargo, sabe que solo es cuestión de tiempo que lo localicen.
La Agencia para la que trabaja tiene ojos debajo incluso de las alcantarillas, y es probable que todos los agentes de la capital tengan orden de localizarlo.
Desaparecer sin más quizá no haya sido una buena idea, pero después de lo sucedido con su hija, el quejido que emergió desde las profundidades más ancestrales de su ser le convenció de que tenía que conocer la verdad.
Y esta obsesión se ha convertido en el único objetivo de su vida.
Una nueva misión que será la última, y para la que necesitará obtener nuevas pistas, porque de las dos que hasta ahora tenía, una está en el depósito de cadáveres, y la otra estará en camino.
Al encender su ordenador portátil y teclear su clave secreta para que se ejecute el programa de cifrado y la VPN especial que tiene instalada, la foto de su hija aparece en la pantalla como fondo.
Entonces aprieta los dientes y se convence de que no parará hasta llegar al final, suceda lo que suceda, o caiga quien caiga.
A continuación, ejecuta un programa específico de rastreo al que solo ciertos miembros del CNI tienen acceso.
Segundos más tarde, sobre un plano de la ciudad de Madrid que se visiona en la pantalla aparece un punto parpadeante.
Sonríe al conocer la ubicación del rastreador porque sabe que el detective con el que ha contactado está ya en la vivienda del segundo tipo al que torturó sin mucho éxito.
Después de dos días, el perfume que tiene que respirarse en ese lugar no debe de ser muy agradable.
Acto seguido, se dirige hacia la cocina del pequeño apartamento para comer una porción de pizza que le ha sobrado del día anterior.
Su estómago no suele pedir mucho, y además está preparado para no escuchar sus quejidos, pero es consciente de que debe aprovechar los momentos de calma para alimentarse porque, como suele suceder en las misiones secretas en las que participa, pueden pasar horas e incluso días sin la posibilidad de probar bocado.
Entonces escucha un pitido que proviene desde el ordenador situado en el salón, pero no se inmuta y continúa comiendo el trozo de pizza porque sabe que no ha sucedido nada importante, solo que el rastreador insertado en el teléfono móvil del señor Moeckel ha comenzado a moverse.Entre bocado y bocado espera que la hermana del tipo al que voló los sesos en la Gran Vía no se haya equivocado de detective.