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Apenas ha mojado el primer churro en el café, cuando observa cómo alguien se aproxima hacia su mesa.
Por las pintas del individuo, podría tratarse de cualquier ciudadano de los muchos que se arremolinan alrededor de los puestos del mercadillo que cada jueves tiene lugar en la Villa de Vallecas, o incluso ser uno de los muchos carteristas que aprovechan la aglomeración de gente para hacerse con una cartera ajena; sin embargo, él sabe distinguir a un agente del CNI, para eso se encuentra al mando de la agencia.
Mientras espera a que se establezca el contacto, se lleva a la boca el trozo de porra mojado en el café. En todo Madrid no se hacen churros del calibre, la textura y el sabor como los que se preparan en esa churrería.
Durante unos instantes, y quizá llevado por el regusto que le deja el churro en el paladar, retrotrae su memoria años atrás, cuando el barrio era un cúmulo de casas bajas situadas junto al campo.
Tiempo después, sobre los años sesenta, comenzó la construcción de bloques de pisos de cuatro alturas que paulatinamente fueron sustituyendo a las casitas que inicialmente poblaron la zona.
Hoy en día, todavía puede verse alguna en pie. Qué tiempos aquellos.
Aunque hace años que abandonó la Villa de Vallecas, de vez en cuando se deja caer por la zona para desayunar los mejores churros de la ciudad; o tomarse un botellín de cerveza con un pequeño aperitivo por menos de dos euros, como si el paso del tiempo y la constante subida de precios se hubieran olvidado de este lugar de Madrid.
El bullicio que se genera en torno al mercadillo de los jueves es ideal para pasar desapercibido, y esta es la razón por la que ha decidido ser informado aquí.
El asunto que le ocupa y preocupa es tan delicado que hay que limitar las filtraciones, e incluso en la sofisticada sede del CNI hay oídos indiscretos.
Sobre todo, si como sospecha, detrás de la fotografía que ha recibido el jefe del Estado se encuentra la organización que llevan tiempo monitorizando.
Una espeluznante Hydra cuyos tentáculos se hunden en lo más profundo de los poderes del país, y cuyas cabezas todavía no han sido identificadas.
El golpe al Estado que ha comenzado con la más absoluta discreción parece un movimiento maestro, y solo espera que la férrea instrucción recibida por Su Majestad le permita resistir el envite hasta que ellos consigan desmantelarlo.
De lo contrario, los ciudadanos, ajenos a lo que está sucediendo, no serán conscientes de que el orden constitucional de su país se está subvirtiendo; porque forzar bajo amenaza al jefe del Estado a proponer a un determinado candidato para ser elegido presidente del Gobierno no tiene otro nombre.
El establecimiento está lleno de clientes, por lo que la persona que acaba de entrar necesita unos segundos para localizar la mesa donde debe sentarse.
Él, mientras tanto, no hace ningún gesto y continúa engullendo el churro al tiempo que, de reojo, observa lo que acontece a su alrededor.
Los duros años de lucha contra ETA le acostumbraron a buscar ubicaciones en las que su espalda siempre quedara situada contra la pared y la vista permaneciera al frente.
De esta forma, si alguien venía a pegarle un tiro en la cabeza, este debería tener los huevos suficientes para hacerlo mientras le miraba a los ojos; ya que para disparar en la nuca sirve cualquier cobarde.
Aquella costumbre, grabada desde entonces en su cabeza, la sigue utilizando como una rutina más en su vida, e incluso cuando se encuentra fuera de servicio, si es que el máximo responsable operativo del Centro Nacional de Inteligencia puede permitirse el lujo de estar algún momento fuera de servicio.
Por ello, comiendo o cenando con familiares o amigos, nunca da la espalda a la puerta de entrada al lugar donde se encuentra, manteniendo siempre protegida la retaguardia; y si no es posible, prefiere irse a otro local.
Los psicólogos que lo trataron diagnosticaron que tenía estrés postraumático.
Seguramente cuando una cabeza ha conocido y presenciado tantos horrores, o te vuelves loco, o fabricas una personalidad peculiar que te acompañará durante el resto de la vida.
Apenas acaba de meter mano a la segunda porra cuando la persona a la que no ha perdido el ojo desde que la viera entrar toma asiento frente a él. El encuentro se ha demorado el tiempo que han tardado en la barra en servir al recién llegado el café con leche que ha solicitado.
A pesar de estar uno frente al otro, no se miran. Parecen dos extraños obligados a compartir mesa porque no cabe nadie más en el establecimiento.
—¿Habéis hablado con el sobrino?
La pregunta que inicia la conversación se realiza sin que los interlocutores se miren.
—No se acuerda de nada. Tan solo que estaba de fiesta con unos amigos en una discoteca y bebió demasiado.
—¿Solo alcohol? Me extraña.
—Bueno, algo más.
—Estamos apañados. ¿Sabe cuál es el puesto en la línea de sucesión que ocupa?
El recién llegado simula que cuenta con los dedos, pero decide no contestar, dejando que el coronel responda a su propia pregunta.
—Larga vida a las princesas, porque de lo contrario... Ese bribón parece haber heredado determinados genes de su abuelo.
Los dos ríen, aunque sin exteriorizar sus gestos demasiado.
—¿Al menos recordará la discoteca en la que estuvo?
—Es la misma en la que se vio por última vez con vida a la joven de la fotografía. Ya la hemos inspeccionado.
—¿No se había revisado antes?
—La policía lo hizo, pero muy por encima. El asunto es secreto y no tienen acceso a todos los detalles.
—Entiendo.
—La fotografía se tomó en uno de los almacenes.
En un cuarto con una cama que suele utilizarse por los vigilantes nocturnos de la discoteca.
Hemos incautado las sábanas y estamos analizando la presencia de posibles restos biológicos.
También se han tomado muestras del resto de la estancia, aunque está todo muy contaminado.
—Lo supongo. ¿Habrá cámaras de seguridad?
—Las grabaciones del almacén y otros lugares privados se eliminaron a los cuatro días.
—¿Cuándo apareció el cuerpo de la chica?
—Cuatro días más tarde de su desaparición. ¿Casualidad?
—Vaya hombre. Me cago en todas las putas casualidades. Está claro que alguien de esa discoteca tenía más prisa de lo normal.
—Hay algo más al respecto.
—Adelante. Jódame el desayuno.
—El tipo al que reventaron la cabeza en la Gran Vía trabajaba en la seguridad de la discoteca la noche en la que desapareció la joven, la misma en la que se tomaron las fotografías con el sobrino del rey.
—Entonces, ya han comenzado a tapar bocas.
—Es probable, señor; pero hay un dato que no cuadra. Los análisis de balística apuntan a que el arma utilizada en el suceso de Gran Vía es un G28.
—Eso es imposible. A ese fusil solo tienen acceso los tiradores selectos del ejército y un puñado de nuestros agentes.
—El mismo día del asesinato se registró la salida de un ejemplar de nuestras instalaciones.
Los dos se miran, quizá por primera vez desde que se han sentado juntos.
Entonces el recién llegado desliza sobre la mesa un trozo de papel.
El documento es ilegible para el resto de los presentes en el establecimiento porque, a parte de la distancia, está cifrado en un lenguaje de letras, números y signos que se modifica cada cierto tiempo.
El rostro del coronel se constriñe apenas lo lee.
—Señor, llevamos dos días sin saber nada sobre él. No responde a los mensajes.
—No pensará que…
—Ese comportamiento no es ni habitual ni tolerable en ninguno de los agentes salvo que las circunstancias le impidan comunicarse.
—Hay que encontrarlo.
—Es el mejor, señor. Lo entrenamos para ello.
La conversación se detiene y el bullicio que inunda la cafetería invade la pequeña burbuja que con su diálogo parecían haber creado los dos miembros del CNI.
—Búsquenlo y averigüen para qué demonios quería el G28.
Aún irritado, observa cómo su subordinado se levanta de la silla sin haber dado un sorbo al café.
Él, mientras tanto, permanece sentado con un trozo de churro en la mano derecha y la mirada fija en la salida del local.
Solo faltaría que esa organización clandestina a la que investigan se atreviera también a poner sus sucios tentáculos manchados de corrupción en sus agentes.
Ni los mejores churros de Madrid son capaces de quitarle el mal sabor de boca que le ha dejado el encuentro con el agente que se acaba de ir.
Entonces, mira a su alrededor. Más de cuarenta personas abarrotan el establecimiento ajenas a lo que en esos momentos está sucediendo en su país.
Hablan y ríen distendidos, o mojan las porras de churros en sus cafés.
Los más arriesgados ya han pedido su primera cerveza, los hay incluso que ya se han tomado un copazo de anís.
Y es en ocasiones como esta cuando realmente los envidia a todos.
La ignorancia es una condición que hace más feliz al que vive en ella, porque desconocer los problemas es la mejor forma de que no te afecten.
Él, sin embargo, hace tiempo que no es capaz de disfrutar de momentos así, porque, por suerte o por desgracia, al CNI llega toda la información sensible del Estado, e incluso la de casi todo el planeta, y gestionar y digerir toda la mierda que el ser humano es capaz de generar es complicado hasta para la mente menos escrupulosa.