EL Rey amenazado: Los peones se mueven en la sombra 12
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Aproximarse a Madrid en coche para una persona que está acostumbrada a conducir por una ciudad que apenas supera los cien mil habitantes, es una situación que pone a prueba el nivel de estrés de cualquiera; sobre todo cuando la densidad del tráfico aumenta hasta niveles en los que las retenciones son inevitables.

Por dicha razón, una vez soy engullido por la marabunta de vehículos que se dirige hacia la capital del país, me armo de paciencia a sabiendas de que tarde o temprano llegaré a mi destino.

En uno de esos atascos decido relajarme y pensar en el caso que me ha llevado hasta allí.

Recapitulando las opciones que tengo entre manos, concluyo que solo existen dos pistas sobre las que puedo comenzar a trabajar.

La primera de ellas, es el piso en el que vivía el hermano de mi clienta, por donde seguramente ya habrá pasado la policía.

Y la segunda es la dirección que Poli me ha pasado en un mensaje hace media hora mientras tomaba un café a medio camino.

Sé que no es mucho, pero al menos tengo algo por donde comenzar.

A veces es cuestión de suerte, y otras es la experiencia, o una concatenación de ambas, lo que posibilita que una pista tenga una continuidad.

Y como tengo que decidirme por una de las dos, elijo acudir en primer lugar al domicilio que me ha facilitado el policía, donde puede ser que encuentre al segundo gamo.

Si aproximarse a Madrid en coche es complicado para un residente de una pequeña capital de provincia, acceder al interior de esta ciudad resulta apabullante.

El sol de media tarde desaparece entre los edificios que circundan las avenidas por donde los vehículos transitan en una especie de jungla de asfalto donde no existe la compasión.

Los ciudadanos caminan por las aceras, o cruzan por los pasos de cebra, inmersos en su burbuja personal, donde multitud y soledad parecen convivir de la mano en una irónica sintonía.

Entretanto, continúo con los cinco sentidos puestos en la conducción y en la pantalla del navegador.

Debido a que me he saltado alguna que otra indicación de la voz que me va guiando —resulta imposible estar en todo—, esta se ha vengado de mí metiéndome por todo el centro.

Como mal menor, he pasado junto a monumentos como la Puerta de Alcalá o la fuente y el edificio de Cibeles.

La dirección que me ha facilitado Poli se encuentra en una calle estrecha de un solo sentido para la circulación donde resulta imposible aparcar, así que he buscado el parking más cercano.

Son las ocho de la tarde y mientras camino hacia el edificio por cuya puerta he pasado hace solo unos minutos con el coche, llego a la conclusión de que es probable que no encuentre a mi objetivo en casa debido a que, si trabaja de noche, habrá salido ya para el trabajo.

El bloque es antiguo y no tiene más de cuatro pisos de altura. Como he supuesto antes, nadie contesta a la llamada del portero automático, aunque ya que me encuentro allí decido husmear un poco.

Un buen juego de ganzúas y saber utilizarlas es una combinación capaz de abrir muchas puertas; sin embargo, en esta ocasión decido usar la técnica del vecino amable para entrar al edificio.

Mientras espero a que el vecino amable al que he llamado me responda por el portero automático, compruebo a través del cristal de la puerta de entrada que no haya cámaras de seguridad en el portal, debido a que cada vez son más comunes.

Por fortuna, confirmo que tengo campo libre para entrar sin ser grabado, y dicha circunstancia me alivia.

Los numerosos candados que cuelgan alrededor del portero automático me hacen pensar que casi todos los pisos del bloque son turísticos.

Una mujer que vive en el primero derecha atiende mi llamada. Me habla en inglés y yo contesto en castellano. Como no nos entendemos, la mujer acaba por abrirme. Supongo que el hecho de no vivir en nuestra propia casa ayuda a relajarnos y abrir a desconocidos.

El bloque no tiene ascensor, por lo que tengo que usar las escaleras para subir al cuarto. Antes compruebo en los buzones que el hombre al que busco vive allí. Trabajar de noche es sin duda la mejor opción cuando se vive en un bloque copado por apartamentos turísticos.

Mientras subo, aprecio un olor raro, como a tuberías.

En el rellano del primero me espera la mujer que me ha contestado al portero automático.

Es joven, no más de treinta años. Tras ella, las cabezas de otras dos mujeres jóvenes asoman por la puerta entreabierta.

Sonrío, y farfullo en inglés «I lose my key de la puerta…

down». Ella asiente mientras sonríe por lo que supongo que me ha entendido, aunque parece no haber quedado satisfecha del todo.

— It smells likes death in this building. Are you de plumber?

Yo, sin tener idea de lo que me acaba de decir, ya que solo acierto a entender las palabras «muerto» y «fontanero» le devuelvo la sonrisa y respondo «Yes, yes», al tiempo que continúo escaleras arriba.

El olor a cañería es más que evidente cuando alcanzo el tercero, y comienzo a dudar de si son o no las tuberías lo que huele tan mal.

Frente al cuarto derecha, respirar es peor que caminar por un basurero, y por dicha razón me cuesta más de lo normal utilizar el juego de ganzúas.

Pero con un poco de maña y siguiendo las instrucciones que un día me ofreció un experimentado cerrajero, consigo abrir la puerta del piso.

Entonces, la bofetada de fetidez que recibo casi me tira para atrás.

Cuando logro recuperarme, me adentro en la vivienda con la parte interior de mi codo taponando la nariz, como si con esta acción pudiera solucionar el problema.

Guiado por la poca luz que se filtra por las rendijas de unas persianas casi bajadas, camino por el piso con precaución, al borde de la asfixia. El olor a podrido se acentúa cuando me aproximo a una de las habitaciones, y allí, en su interior, me encuentro el regalo.

El segundo de los gamos se encuentra sentado en una silla, maniatado, al tiempo que se lo comen los gusanos. La imagen, unido al hedor que se respira, hacen más horrenda la escena.

Entonces escucho un grito a mi espalda y, sobresaltado, me giro para comprobar quién hay detrás de mí. Me sorprendo al ver a la turista inglesa con una de sus amigas mirando con ojos horrorizados el cadáver.

—¡Qué coño hacen aquí! —maldigo al tiempo que en mi cerebro se clavan los gritos de las dos mujeres.

— Oh my god! He’s dead! He’s dead!