EL Rey amenazado: Los peones se mueven en la sombra 11 #2
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Hablar con Poli sobre algún asunto policial en curso es hacerlo usando un lenguaje especial repleto de circunloquios, rodeos y ambigüedades que, aparentemente, nada tienen que ver entre sí, pero que si conoces el contexto de la conversación todo cobra sentido.

Supongo que, en ocasiones, la información que me ofrece puede ser tan delicada que no quiere jugarse el bigote.

Entre otras razones porque nunca se sabe cuándo los de asuntos internos han recibido un chivatazo.

Jaén es una ciudad pequeña y pasar desapercibido en ella es complicado, sobre todo si, como he dicho antes, mi relación con la comisaría y con los policías que le lamen los tacones no es la mejor.

Por esta razón, entiendo y respeto a Poli, y le sigo el juego.

Y el juego es fácil, solo hay que saber de lo que se habla para entenderlo.

—A trescientos metros de distancia acertó mi primo el sábado pasado a un gamo.

Hay que reconocer que al principio cuesta cogerle el hilo, por ello hay que permanecer atento en todo momento.

—Joder, qué puntería.

—Eso no lo hace cualquiera, ¿eh? Si no eres un profesional da igual que tengas una buena arma y una mira telescópica.

—¿En Despeñaperros?

—No. En Madrid.

Ahora todo me cuadra, pienso. Ya sé de lo que me está hablando.

—¿Escondido en un puesto?

—Quizá. A unos treinta o cuarenta metros por encima del suelo, para obtener un buen campo de visión.

—Ya sabes que los cazadores son un poco fanfarrones. Matan uno y cuentan tres. ¿Algún testigo que pueda confirmarlo?

—No, que yo sepa. Solo los que estaban alrededor del venado, y salieron todos despavoridos.

—Claro, y no vamos a preguntar a otro venado.

Poli da un trago a la cerveza y yo hago lo propio con la que me acaban de servir.

—Qué cosas tienes. Cuando los gamos hablen ya te contaré.

Los dos sonreímos. Aunque parece una conversación de besugos, todo se entiende cuando se sabe de lo que se habla.

—¿Entonces la escopeta era buena?

—Le tengo que preguntar, porque no sé la marca. Aunque él es muy limpio, cuando dispara recoge el casquillo y se lo guarda para no ensuciar el monte.

—¿Y la bala?

—Vete tú a saber. En la cabeza del gamo no estaba. Eso rebota de aquí para allá y acaba donde Dios quiera. Sería un buen recuerdo, pero todavía no la ha encontrado.

—Vaya. La cosa parece cruda.

—¿Cruda?

—Cruda para creérselo, quiero decir. Sin testigos ni pruebas…

—Bueno, creo que le seguía el rastro al animal desde hacía unos días.

—¿En serio?

—La naturaleza es la hostia. Resulta que unas semanas antes se encontró con una manada cerca de un abrevadero de esos que ponen para que los animales salvajes beban durante los meses de calor.

Estaban todos allí tan a gusto, comiendo y bebiendo…

, como si estuvieran de fiesta. El gamo del que te hablo, junto con otro de similar tamaño, eran los que al parecer controlaban al grupo.

Pues en eso que una gamita joven se aparta de la manada y se aleja.

Los dos gamos parecen seguirla y los tres desaparecen del campo de visión de su mira telescópica.

En ese momento mi primo no le da importancia.

Pero al otro día, siguiendo el rastro de la manada para ver si lograba acercarse lo suficiente y conseguir una pieza medio decente, se encuentra a la gamita muerta.

Me quedo mirando a Poli con los ojos espatarrados, tratando de asimilar qué cojones me está contando. El muy capullo parece disfrutar de mi desconcierto. Con tanto animal me he despistado un poco.

En estas, uno de los camareros nos trae el primer plato del menú degustación: «Bottarga con naranja».

Circunstancia que agradezco porque me otorga tiempo extra para pensar y poder descifrar lo que el policía me quiere decir.

A veces creo que disfruta más viéndome estrujar mis neuronas que comiendo y bebiendo lo que le sirven.

—¿También en Madrid? —acierto a preguntar, porque una idea ha surgido de repente en mi cabeza.

—¿Quién?

—La gamita, joder. Que si también ocurrió lo de la gamita muerta en Madrid.

—Pues claro. En dónde va a ser. No te he dicho que estaba en Madrid. Pero esto pasó unos días antes, y en otra parte de donde mató al gamo. Más al sur, creo.

Resoplo aliviado cuando entiendo que mi suposición es acertada. Poli acaba de relacionar la muerte del hombre en plena Gran Vía de Madrid con el hallazgo, unas semanas antes, del cadáver de una joven en un descampado cerca de la discoteca donde se la vio por última vez.

—¿La mataron los gamos?

—Habrá que preguntar al otro gamo.

La carcajada de Poli en un restaurante que solo tiene cuarenta y cinco metros cuadrados resulta del todo inapropiada.

Ya veremos si llegamos al quinto plato sin que nos echen antes, pienso avergonzado, aunque aliviado a la vez.

Al menos sé que el hombre muerto en Gran Vía trabajó como seguridad la noche en la que desapareció la joven asesinada en la discoteca donde se la vio por última vez, y que es muy probable que uno de los compañeros del fallecido —el otro gamo—, sepa algo al respecto.

El segundo plato es: Quisquillas de Motril con Shiitake.

—Está bueno de cojones, pero a este ritmo no me lleno ni de coña.

Poli se agarra la barriga después de hablar, y yo pienso que dar margaritas a los cerdos es tiempo y dinero perdido. Con lo feliz que es él en su bar de barrio, comiéndose un flamenquín con patatas fritas, o un alpujarreño con su huevo, su morcilla y su chorizo.

—Por cierto. Me ha dado saludos para ti un colega tuyo.

Ahora soy yo el que tengo la sartén por el mango.

—¿Quién? —se interesa él.

—Uno que también es de Madrid.

El rostro del policía se tensa. Qué divertido es estar en el otro lado, pienso mientras observo su mirada escudriñándome.

—¿Cómo se llama?

Para responder a su pregunta tengo que sacar el teléfono móvil porque no recuerdo el nombre.

—Carlos Núñez Iglesias.

—Déjame ver.Poli casi me arrebata de las manos el celular.

—Comisaría centro. No me suena. ¿Qué hace tan lejos de su territorio?

—Eso mismo me gustaría saber a mí.

Poli se rasca la cabeza, pensativo.

—¿No será por los gamos?

Asiento.

—Me estoy perdiendo algo —afirma él.

—Entonces habrá que preguntar al gamo que queda vivo —respondo yo, aunque nada más hacerlo me arrepiento.

El policía, al escuchar mi respuesta, carcajea de nuevo y todas las miradas del restaurante vuelven a centrarse en nosotros. Si esto sigue así, al siguiente plato que son callos de bacalao, mantequilla de oveja y flores, no llegamos.