EL Rey amenazado: Los peones se mueven en la sombra 11
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Mientras camino por la calle mi cabeza no para de dar vueltas al caso que acabo de aceptar, aunque reconozco que siempre suele sucederme lo mismo.

Y es que, por regla general, antes incluso de decidir si aceptaré el trabajo que me están proponiendo, parte de mi cerebro comienza a trajinar sobre lo que me están contando, y en ese estado de cavilación permanece hasta que declino la oferta o resuelvo el caso.

A veces pienso qué sería de mí si alguna vez fuera incapaz de finalizar un trabajo.

Supongo que entraría en un bucle infernal del que me resultaría complicado salir.

Por suerte, aún no me ha sucedido, y espero que nunca me pase.

Cuando investigo un caso, los primeros pasos suelen ser siempre los más complicados, pero a la vez también los más importantes.

Lo habitual es que los clientes acudan a nosotros cuando el asunto no está del todo claro; cuando hay situaciones que solo nosotros podemos investigar; o cuando el cliente no confía demasiado en el trabajo que está realizando la policía.

También existe una cuarta opción que son las personas que han perdido toda esperanza y ven en nosotros el último clavo al que poder aferrarse en su desesperación.

Morir de un disparo en la cabeza puede considerarse un accidente, aunque todo dependerá de las intenciones del tirador.

El hermano de Carmen podía haber generado motivos suficientes para que lo enviasen al otro barrio; aunque también pudo tener la mala suerte de encontrarse en el lugar y la hora equivocada.

Quizá podría tratarse de la víctima de un loco, o de un gracioso al que la broma se le fue de las manos.

Son múltiples las posibilidades que mi cabeza no deja de procesar porque todas tienen un porcentaje de ser posibles.

Y todas ellas permanecerán ahí dentro, dando vueltas en una especie de centrifugadora mental, hasta que los hechos, las pruebas y los acontecimientos vayan poniendo a cada una en su lugar.

Ajeno a lo que sucede a mi alrededor, continúo caminando por la calle al tiempo que decido regresar al punto de partida; ese en el que te centras cuando es lo único que tienes.

Entonces llego a la conclusión de que ser miembro de la seguridad de una discoteca no es la profesión en la que más amigos se consiguen.

Y este último pensamiento hace que las hipótesis vuelvan a brotar descontroladas.

Quizá su muerte esté relacionada con un altercado mantenido con tipos de los que es mejor alejarse; o con alguien al que no dejó pasar, o al que echó a empujones del local.

Quizá escuchó o vio algo que no debía; o incluso puede que la policía tenga razón y el asesinato sea debido a un ajuste de cuentas.

En resumen, partiendo de la probabilidad de que la bala fuera intencionadamente hacia su cabeza, las posibilidades que ahora mismo hay sobre la mesa son muy numerosas, y esta circunstancia me ha llevado a la conclusión de que tengo que viajar hasta Madrid esta misma tarde.

Cuanto antes comience a trabajar sobre el terreno, antes podré ir descartando opciones.

No obstante, primero tengo una cita que atender de la que estoy seguro obtendré alguna pista con la que comenzar a despejar el horizonte.

Como ya he contado en anteriores historias, poseer un contacto en la Policía Nacional o la Guardia Civil es un factor elemental para un detective privado, y aunque es probable que otros colegas de profesión no piensen lo mismo, hasta la fecha a mí me ha ido bastante bien con el que tengo.

No se trata con ello de copiar la línea de investigación que lleven los agentes de los cuerpos de seguridad —circunstancia que jamás se me ocurriría entre otras cosas porque, modestia aparte, normalmente suelo ser yo quien voy unos pasos por delante de ellos, ya que, entre otras razones, para mí es más fácil saltar al otro lado de la ley cuando lo necesito—, sino de tener acceso a determinados datos, pruebas o informes para los que no poseo capacidad ni medios.

En el caso que acabo de aceptar, por ejemplo, estoy seguro de que la Policía Nacional ya sabe el lugar desde el que se realizó el disparo, e incluso el modelo de arma que se utilizó.

Estoy seguro también de que habrán interrogado a personas del entorno de la víctima.

Carmen, mi clienta, así me lo acaba de confirmar.

Todos estos detalles propician que ahora mismo los agentes que investigan el caso estén muy por delante de mí, y de esta coyuntura es de la que yo pretendo aprovecharme.

Al final, tanto la policía como yo trabajamos hacia un mismo objetivo, aunque los caminos que usamos son distintos.

¿Por qué si no, ese inspector de Madrid me ha forzado a colaborar con él esta misma mañana?

Cuando llego al restaurante en el que hemos quedado, Poli ya está ojeando la carta y degustando la primera cerveza.

Agente de la Policía Nacional desde hace más de treinta años, apenas le quedan cinco para jubilarse.

Lleva tiempo desarrollando sus funciones en una oficina situada en la segunda planta de la Comisaría de Jaén, entre otras razones porque la inmensa barriga que ha criado durante la última década tampoco le permitiría hacer otra cosa.

Bromas aparte, es el policía más inteligente que he conocido.

El muy capullo sabe que si quedamos para comer es porque necesito información, y por eso ha elegido este restaurante.

Cien pavos por cabeza no me los quita nadie.

El perro viejo sabe aprovecharse de las circunstancias, porque a cervezas y a comer no le gana cualquiera.

Nuestra relación es una modalidad anómala de simbiosis en la que él nunca cuenta más de lo que puede decir, y yo le informo de los progresos que considero oportunos para que la policía pueda aprovecharse de ellos.

Como es obvio, ambos nos reservamos información, y salvo causa de fuerza mayor, no solemos revelar datos secretos o comprometidos, ni yo de mis clientes, ni él de las investigaciones policiales.

Y aunque en esta relación tan particular su posición es más comprometida que la mía —si su jefa, la comisaria, se enterase de lo que hace, sus pelotas colgarían como aviso a navegantes de la entrada a la comisaría—, hasta el día de hoy nunca ha rechazado una de mis invitaciones, quizá porque sabe que con sus confidencias ayuda más que entorpece a la resolución de los casos.

Policía y detectives privados nunca nos hemos llevado bien, pero estoy seguro de que, si no fuera por funcionarios como Poli, muchos de los asuntos en los que las Fuerzas de Seguridad del Estado y yo hemos coincidido no se habrían resuelto con éxito.

Y es que, aparte de pagar la comida, hay otra condición que debo cumplir siempre que recurro a Poli, y esta no es otra que la de aceptar que los méritos por la resolución de los casos en los que él me pase información recaigan siempre en sus compañeros.

De qué, si no, iba a ser Jaén una de las ciudades con mayor porcentaje de delitos resueltos.

—¿Ha elegido ya el señor?

El policía eleva una mirada de sorpresa que rápidamente relaja al comprobar que soy yo y no uno de los camareros quien le ha interpelado.

—Vamos a por el menú degustación. Así probamos de todo un poco.

Yo tuerzo el gesto al tiempo que tomo asiento frente a él.

—Noventa y ocho euros —espeta él a quemarropa—. Un día es un día.

—Es lo más caro, ¿verdad?

—Bueno, el IVA está incluido, eso que te ahorras.

—Ya, pero seguro que la bebida no, y eso es lo que me asusta más.

—No seas tacaño, Moeckel. Cinco o seis cervezas y una botella de vino tampoco subirán tanto la cuenta.

—Espero que la inversión merezca la pena.

Poli sabe perfectamente cuál es la información que necesito conocer, y por ello se ha informado antes de llegar al restaurante.

No es que sea adivino, sino que cuando le llamo para quedar utilizamos unas palabras en clave para que él recopile lo que puede contarme.

Sé que no me va a informar de todo, pero cuando partes desde cero, cualquier información, por básica que esta sea, es importante.

La conversación telefónica para quedar a comer que hemos mantenido podría haber sido perfectamente como la siguiente:

—Te invito a comer.

—¿Hoy?

—Este mediodía.

—¿Dónde?

—Elige.

—En Bagá.

—¡No jodas! Ahí se necesita reserva con semanas de antelación.

—Conoces al dueño. Dos cabemos en cualquier sitio. Me han dicho que ahí se come bien. Además, creo que tiene una estrella Michelin de esas. Ya sabes. Cocina moderna, porciones pequeñas… pero mucha calidad. Solo para paladares exquisitos.

—Pero si tú eres de flamenquín con patatas.

—Esta vez no. Hay que probarlo todo. Y así mañana cagaré como los ricos.

—Veré lo que puedo hacer.

—Estoy seguro. ¿Y el menú?

(Ahora viene lo importante)

—Explosión de sesos.

Poli necesita unos segundos para procesar. Yo, mientras tanto, lamento haber sido tan escatológico, pero no he encontrado un símil mejor.

—¿Ese plato es de Jaén?

—No. De Madrid. Creo que lo sirven en un restaurante de Gran Vía.

—Ah. Ya decía yo. Vale. Pues nos vemos a las dos. Oye.

—Dime.

—Ese sitio es carete, así que lleva la cartera llena.

Una risa siniestra despide la conversación.