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En algún lugar del parque del Retiro, en pleno centro de Madrid, entre la espesa vegetación donde el verde es el color predominante y los rayos de sol apenas llegan a tocar el suelo, un sendero conduce hasta una zona donde solo el canto de los pájaros es el único sonido que se escucha.
Resulta sorprendente que, en una ciudad tan estresante, a poco más de doscientos metros de la calle Alcalá, exista un oasis de paz como este.
Dos hombres de mediana edad permanecen sentados sobre un banco de piedra, alejados de cualquier mirada o escucha indiscreta. Cada uno de ellos ocupa un extremo del asiento; como si no se conocieran y el destino los hubiera colocado allí por azar, aunque la realidad es totalmente distinta.
A uno de los dos ya lo conocemos, es el director de la organización «HV».
Como es habitual en él, viste un elegante traje de color azul; uno más de la decena que componen su vestidor.
En el exclusivo instituto en el que estudió, un profesor le enseñó que un hombre podía carecer casi de todo, pero nunca de un buen traje.
Si al vagabundo que pide a las puertas de una sucursal bancaria lo asearan y lo vistiesen con un traje adecuado, acabaría fumándose un puro en el despacho del director sin ni siquiera haber abierto la boca.
El otro tipo es nuevo en esta historia. No viste de traje, sino con ropa deportiva porque ha estado corriendo varios kilómetros por el parque.
Su trabajo es más bien oscuro, o quizá transparente, depende de cómo se mire.
Se trata del último eslabón visible de una corporación, por llamarla de alguna manera, que, como ya ha sucedido en otras partes del mundo, intenta tener bajo su control a las instituciones más importantes del país.
Una organización fantasma que aparentemente no existe, pero cuyos tentáculos alcanzan hasta lo más profundo y oscuro de la democracia española; aunque no para derrocarla, sino para utilizarla en su propio beneficio.
—He oído que el rey ya lo sabe —comienza hablando el director de HV.
El otro no responde y continúa estirando las piernas y haciendo flexiones de brazos usando el asiento del banco como tabla de trabajo.
—Es listo, mucho más que su padre, pero sabe que no tiene elección —insiste el director de HV.
—No pienses que va a ser tan fácil —responde el otro, finalmente. El esfuerzo que está realizando hace que sus palabras suenen forzadas—. Desde pequeño le enseñaron que la corona es más importante incluso que su propia madre, y no va a ser tan sencillo hacerle torcer el brazo.
—Él verá. Su sobrino está a un paso de ser imputado por asesinato y el escándalo para la monarquía sería demoledor. Tampoco se le pide que haga algo tan extraordinario para evitarlo.
—El CNI ya está al corriente, y eso significa que su primera decisión no ha sido la que precisamente esperábamos.
—La infanta también debería estar al tanto de lo sucedido. Sería una presión más, y estoy seguro de que acabaría pidiendo ayuda al padre. Es su hija preferida.
—Toda buena cocción lleva su tiempo, no te impacientes.
Hiciste un buen trabajo con esos jóvenes, y ahora toca aumentar poco a poco la presión desde todos los ámbitos.
Medios de comunicación, judicatura, empresarios.
Tenemos que crear un ambiente irrespirable que le obligue a decantarse por nuestro candidato para la investidura.
—Llevamos tiempo esperando este momento, y no podemos dejarlo escapar. Este país necesita un cambio. Por cierto, ¿Santiago está al tanto?
—Santiago es un soldado más como lo somos nosotros.
Sacrificables y prescindibles cuando llegue el momento.
Cumple la función que tiene, defiende bien su papel, pero no será un problema para pactar.
Sabe lo que tiene que hacer cuando llegue el momento, aunque de cara al público tiene que vender lo contrario.
A los borregos hay que tenerlos contentos, decía Maquiavelo.
Aunque ahí acaba su función. Este asunto es tan delicado, que somos muy pocos los que estamos al tanto.
Si llegase a explotar, todos arderemos con él.
Tras la última frase, la conversación se detiene unos instantes por lo que el trino de las aves se impone de nuevo hasta que el hombre con ropa deportiva decide apuntillar.
—Eso ya lo sabías, ¿verdad?
El otro asiente, al tiempo que recuerda el momento en el que le expusieron los objetivos y los beneficios de participar en el proyecto que se está ejecutando, pero también las consecuencias que podrían darse si todo salía mal.
Entonces valoró las distintas opciones, y llegó a la conclusión de que, si el tipo con más tentáculos en el país también estaba metido en el ajo, difícilmente podría salir mal.
El beneficio que obtendría a cambio compensaba las funestas consecuencias de un posible fracaso.
A su vez, una cosa era que el objetivo previsto no acabara cumpliéndose, y otra bien distinta que la mierda salpicara tan alto que sus propias cabezas llegaran a correr peligro.
—Por esa razón no pueden quedar cabos sueltos, y cualquier rastro que pueda implicarnos debe ser eliminado. Todavía estamos a tiempo.
El director de la organización «HV» entiende rápidamente a lo que se refiere el otro con la expresión «cabos sueltos», por eso prefiere no responder y continúa escuchando.
—Sé que son jóvenes activos, y que han prestado un buen servicio a la causa, pero todos somos soldados en esta guerra, y debemos estar preparados para sacrificarnos en cualquier momento. La causa es lo principal; lo más importante, y nada debe ponerla en peligro.
El silencio vuelve a imponerse durante nuevos segundos en la conversación.
El hombre vestido de traje sabe que, en los ámbitos en los que se mueven, cuando una sentencia se dicta, contra ella no cabe recurso alguno.
Por ello, tras pensarlo bien, acaba asumiendo que los cuatro jóvenes que le han ayudado a consumar el plan que puede otorgarles el Gobierno de España después de tantos años, son el punto más débil en aquel oscuro y complejo engranaje.
—¿Como pensáis hacerlo?
—No lo haremos nosotros.
El gesto de interrogación que se forma en el rostro del director de «HV» lo dice todo.
—Un agente del CNI se ha puesto a trabajar en el asunto. Ni el M16 británico tiene un agente igual. Tendríamos que aprender a valorar más el producto nacional. Solo es cuestión de tiempo que conozca la identidad de esos jóvenes.
—¿Entonces?
—Tranquilo, que todo esto no se planeó de la noche a la mañana. Solo hay que esperar a que ese agente se enteré de lo que esos jóvenes han hecho. Mientras tanto, vigilaremos sus pasos. Lo importante es que al final nada de lo que suceda será lo que parece.
—¿Quieres decir que…?
—Quiero decir que por ahora estés tranquilo porque todo está calculado al milímetro. Ni siquiera la víctima de la discoteca fue elegida al azar.