9
Al abrir la puerta del piso donde tengo mi agencia de detectives reparo en la presencia de una mujer sentada sobre una de las sillas que hay en la recepción.
No es mayor, seguramente ronde los cuarenta.
El pelo negro le cae por debajo de los hombros y su constitución es fuerte.
A simple vista, estoy seguro de que cuando se ponga de pie me superará en varios centímetros.
Viste el uniforme de la empresa que tenemos contratada para la limpieza de las oficinas, y me extraña que no haya venido Lourdes, la joven que suele acudir cada semana.
Al verme entrar me mira y vacila. Yo, algo confuso también, interrogo con la mirada a Nuria, la administrativa sin cuya experiencia de gestión el negocio se hubiera ido al garete hace años.
—Buenos días, jefe —saluda esta.
Entonces, y tras unos segundos de indecisión, la mujer se levanta de la silla. Como había supuesto, es más alta que yo.
—Ella es Carmen. Va a sustituir a Lourdes durante unos meses.
—¿Por la baja del embarazo de la que nos habló?
Nuria asiente antes de responder.
—Ya no vendrá hasta pasados unos meses de ser mamá.
—Perfecto. Pues encantado de conocerte, Carmen. Yo soy Carlos Moeckel.
La mujer se aproxima para estrechar mi mano y es cuando verdaderamente soy consciente de su envergadura.
Hechas las presentaciones, pongo dirección hacia mi despacho.
—Jefe.
La interpelación de Nuria me detiene en seco.
—Carmen está esperando para hablar contigo en privado.
Ya me olía yo que aquí había gato encerrado. Por qué, si no, iba a esperar la limpiadora a que yo llegara.
—Está bien —respondo tras unos segundos de titubeo, ya que me hubiera gustado haber tenido más información al respecto.
—Quiere contratar nuestros servicios.
La última frase de Nuria me demuestra una vez más que, o es capaz de leer mis pensamientos, o es medio bruja.
—Le he informado de nuestras tarifas y del volumen de trabajo que tenemos ahora, pero ha insistido en hablar contigo.
—Puedo pagar lo que me pidan —interviene la mujer con cierta desesperación.
La súplica proveniente de personas de tanto tamaño añade un plus de compasión a tener en cuenta.
—No es cuestión de dinero, Carmen. Lo que ocurre es que todos los detectives que tenemos están ocupados en distintos casos, y no podríamos ayudarla hasta dentro de unas semanas, cuando alguno quede libre.
—Por favor. Necesito saber quién mató a mi hermano.
Al escucharla permanezco durante un tiempo quieto y en silencio porque no esperaba una petición tan directa ni tan dramática, aunque dentro de mí una chispa hace conexión en algún lugar, y ello me hace recordar el encuentro que acabo de tener con el extraño policía de Madrid. Todo empieza a encajar.
—¿Ha hablado usted ya con la policía? —indago para confirmar mis sospechas.
—Sí. Me hicieron unas preguntas cuando acudí a hacerme cargo del cuerpo.
—Y ese policía no se llamaría Carlos, como yo.
—La verdad es que hablé con varios, aunque el último que me visitó cuando estaba en el depósito de cadáveres creo que sí se llamaba así. Espere, creo que me dio una tarjeta.
Mientras la mujer busca en su bolso, me resigno a asumir que la semana de vacaciones que me había reservado para estas fechas va a irse a la mierda, porque, o todo esto es una jodida casualidad, o el vaticinio que me ha hecho el tipo que me esperaba a la salida del Dover se está convirtiendo en realidad.
—Carlos Núñez Iglesias.
—De la comisaría centro de Madrid —añado yo.
—¿Le conoce?
La pregunta me hace sonreír, porque el motivo por el que voy a aceptar el caso no es por la amenaza de ese cantamañanas, sino para demostrarle que a Carlos Moeckel no se le intimida.
Torres más altas lo han intentado sin éxito, y un madero venido desde la capital, por muchos contactos que tenga en el Ministerio, no va a ser el primero en hacerlo.
Uno tiene ya el culo pelado, pocas cosas me asustan.
—Algún que otro favor me ha pedido —respondo.
—Pero no les dije mucho.
—No se preocupe, Carmen. Pase a mi despacho y veré si puedo ayudarla.
—Gracias, señor Moeckel.
Y al agradecimiento la mujer añade un gesto en su rostro que me parece mucho más sincero que las palabras.
Ya en mi despacho, nos acomodamos uno frente al otro con el tablero de mi mesa como frontera, y dejo transcurrir unos segundos para que ella se sienta confortable.
Mientras tanto, la observo. A pesar de que el asiento de mi sillón es más alto que el de su silla, aprecio cómo su cabeza se encuentra varios centímetros por encima de la mía.
—Usted dirá.
Ella reacciona a mis palabras y centra todo su interés en mí. Ahora me siento incluso más pequeño, por lo que estiro mi espalda todo lo que puedo para igualar posiciones, pero de donde no hay, poco se puede sacar.
—Pues verá…, seguro que ha escuchado la noticia del hombre que mataron en Madrid.
—¿Al que dispararon en la Gran Vía?
La mujer asiente.
—Claro. Llevamos varios días que en los medios de comunicación no se habla de otra cosa.
—Ese hombre era mi hermano.
La noticia me deja estupefacto, y durante unos instantes permanezco en silencio. Entretanto, multitud de flashes centellean dentro de mi cabeza. Uno de ellos me rescata un extracto de la conversación mantenida entre el camarero del Dover y uno de los clientes esa misma mañana:
—Pues el tío era de aquí.
—¿De Jaén?
—Sí. Pero llevaba muchos años en Madrid. Trabajaba de segurata en discotecas.
Otro flash me recuerda la conversación mantenida con el policía que me esperaba a la salida del bar:
—Cuando acepte el caso que le van a proponer, comprenderá lo cerca de mi jurisdicción que me encuentro .
Las piezas del puzle comienzan a encajar.
—Siento lo de su muerte —acierto a responder sin saber a ciencia cierta el tiempo que he permanecido inmerso en mis pensamientos.
—Gracias. Aunque la verdad es que no estábamos muy unidos porque él se fue hace tiempo a Madrid y solo nos hablábamos para lo justo.
Una llamada para los cumpleaños y otra en navidades, no más.
Y últimamente ni eso, con un mensaje nos dábamos por felicitados.
Pero solo se echa en falta algo cuando se pierde.
Aprecio cómo sus ojos se humedecen por el dolor que todavía parece causarle la pérdida. Por ello me anticipo y le entrego un pañuelo de papel de la caja que hay sobre una mesita anexa. Ella lo agradece con un gesto a la vez que la primera lágrima resbala por su mejilla.
—Quiero que averigüe quién lo mató, señor Moeckel. Por el dinero no se preocupe. No tenía mujer ni hijos, pero sí una buena cuenta corriente y un piso en Madrid que voy a poner a la venta.
Sus últimas palabras hacen que se me tuerza el gesto, porque considero que no siempre el dinero debe ser el factor más determinante, sobre todo cuando existen daños o pérdidas humanas como en este caso.
—Carmen, tenga la seguridad de que el dinero no va a ser lo más importante. Pero tampoco quiero que se gaste una cantidad en algo que quizá no sea necesario. No sé si me explico.
El rostro de la mujer me da a entender que de profesor no me hubiera ganado la vida.
—Quiero decir que todavía ha pasado muy poco tiempo desde el suceso, y quizá la policía consiga saber algo pronto. Incluso es probable que ellos ya sepan más de lo que yo posiblemente tarde semanas en conocer. Creo que habría que darles un poco más de tiempo.
Apenas acabo de hablar comprendo lo equivocado que estoy. ¿Por qué si no ese policía de Madrid me hubiera insistido en coger el caso?
—No saben nada —añade ella—. Me lo dijeron cuando fui a hacerme cargo del cuerpo. Seguramente se tratará de un ajuste de cuentas, me dijeron. ¿A qué le suena eso?
No respondo, pero asiento con la cabeza porque la mayoría de las veces cuando la policía justifica una agresión como un posible ajuste de cuentas, la predisposición de invertir recursos en la investigación no es mucha.
Sin embargo, el hecho de que un policía de Madrid se haya desplazado hasta Jaén para investigar el asunto implica que la investigación todavía no está muerta.
—No quiero que se pasen las semanas sin saber nada, y esperar a que llegue el día en el que me confirmen que no pueden hacer más, y al final todo se quede en un ajuste de cuentas. Los primeros días son los más importantes, ¿verdad? Eso es lo que dicen en las series de policías y detectives.
—Está bien, Carmen. Como usted prefiera. Solo pretendía dejar las cosas claras, porque es muy posible que, en unos días, o quizá la semana que viene, detengan a alguien relacionado con el asunto, y seguramente a mí todavía no me haya dado tiempo ni a comenzar.
—Me da igual. Si es así, pues mejor. Pero yo me quedo más tranquila sabiendo que usted ya está investigando. Si le tengo que pagar tres días, una semana, o un mes, ya le he dicho que no hay problema.
Inspiro resignado porque soy consciente de que la mujer no acaba de entender que el dinero no es el aliciente que más me motiva de este asunto. Es por ello por lo que decido no insistir y centrarme en el caso.
—Me ha dicho que no tenía mujer ni hijos.
Ella asiente.
—¿Vivía solo, entonces?
—Sí. En un piso en Santa Eugenia.
—¿Tiene las llaves?
—En el bolso.
—Me gustaría echar un vistazo por allí.
Carmen rebusca de nuevo en el bolso que trae. Por sus dimensiones, apuesto a que Ryanair no lo consideraría como equipaje de mano.
—Aquí están.
—Perfecto. Creo que su hermano trabajaba como miembro de seguridad en discotecas.
—¿Cómo lo sabe?
—No ha contratado los servicios de un detective cualquiera.
La mujer está asombrada, todo su rostro la delata.
—Es broma. Lo he escuchado por casualidad en un bar mientras comentaban en un programa de televisión lo sucedido.
Quizá no tenía que haber sido tan sincero y haber mantenido la fascinación mostrada por Carmen, pero no soy de esos.
—Trabajaba en una empresa que tiene varias salas de fiesta, restaurantes y discotecas en Madrid. Pero no sé el nombre.
—No se preocupe, eso es fácil averiguarlo. ¿Sabe si tuvo algún problema últimamente con alguien? ¿Algún altercado en su trabajo?
—Imagino que el mundo de la noche es complicado; pero como le he dicho antes, no hablábamos mucho.
Asumo entonces que Carmen va a aportarme muy poco, y voy a tener que partir desde cero.
—¿Alguna pista o información que crea que pueda ayudarme? Lo que sea, por simple que pueda parecerle. Algo que le dijeran los policías de Madrid y que llamara su atención. Cualquier cosa podría ser útil.
—No. De la policía nada, como ya le he dicho piensan que ha sido un ajuste de cuentas.
—¿Sospecha si su hermano estaba metido en algo…?
—¿Algo ilegal? ¿Como drogas?
Asiento para que mi suposición parezca más suave.
—No podría decirle ni que sí, ni que no.
La respuesta a la gallega no esclarece mucho.
—Solo es una suposición, o quizá una advertencia, pero estoy obligado a hacérsela.
—¿A qué se refiere?
—Entienda que si rascamos demasiado podría salir a la luz algo que no le gustase sobre la vida de su hermano.
La mujer hace un gesto extraño al principio, aunque después de unos instantes de reflexión parece entender el sentido de mis palabras, y entonces sus facciones se relajan.
—Será lo que tenga que ser. Si la policía cree que ha sido un ajuste de cuentas, con lo mal que eso pinta para su reputación, no creo que podamos ir a peor.
El razonamiento es concluyente.
—Supongo que la policía le habrá hecho preguntas parecidas a las mías —añado para suavizar un poco el sentido de la conversación.
—Esa es otra. Cuando acudí a hacerme cargo del cuerpo de mi hermano, los policías que estaban en el edificio ese que parece un donut donde se hacen las autopsias, cuando supieron que apenas tenía relación con él, me dijeron que la investigación estaba bajo secreto, y solo me soltaron lo del ajuste de cuentas.
Luego, cuando buscaba una cafetería para comer, otro policía se acercó a mí y ese sí me hizo preguntas parecidas a las que me está haciendo usted.
—¿Otro policía?
—Sí. Ese del que hemos hablado antes. El de la tarjeta.
Carmen vuelve a buscar en su bolso la tarjeta hasta que la encuentra.
—Carlos Núñez Iglesias. ¿Le parece normal? Yo creo que tienen un poco de descontrol.
No respondo porque todos mis recursos los dedico a pensar.
—Y después de preguntarme, va y me pide las llaves del piso de mi hermano.
Esta última información me rescata de entre mis cavilaciones.
—¿Y se las dio?
—Qué va. Si ya tenían unas copias sus compañeros, que me dijeron que no pasara en unos días por allí porque antes tenían que hacerlo ellos. A eso me refiero. Que no están coordinados y no me dan mucha confianza.
Esta última circunstancia sí que me resulta extraña. No obstante, intento tranquilizar a la mujer para que se olvide del caso hasta que yo le vaya aportando novedades.
—Está todo muy reciente, y allí las comisarías tienen a muchos policías, quizá haya varios agentes investigando el caso. Puede ser que al principio haya un poco de descontrol. No todos los días matan a un hombre delante de tanta gente en el centro de Madrid.
La mujer afirma con la cabeza dando a entender que comparte mis palabras.
—Puede ser. Encima, con lo de esa muchacha a la que encontraron muerta en mitad del campo.
—Pues imagínese. Usted siga con su vida que yo le informaré de lo que vaya averiguando.
Y si recuerda algo más relacionado con su hermano en estos días, o la policía contacta con usted, me llama a la hora que sea.
Como le he dicho antes, cualquier detalle, por muy simple que le parezca, puede ser importante.
—Sí, ya lo sé. Como en las series de policías y detectives.
Sonrío al tiempo que lamento el daño que determinadas producciones televisivas han causado tanto a mi profesión como a la de policía.
—Pues igual, Carmen. Ahora vaya con Nuria que ella le cogerá los datos que necesitamos.
Cuando la mujer se levanta de la silla, observo cómo sobre mi cuerpo se cierne una sombra que lo oscurece todo.
—Gracias, señor Moeckel.
Le sonrío como respuesta, al tiempo que miro hacia arriba sin saber por qué demonios permanezco sentado todavía. Al final, decido levantarme y es entonces cuando ese cuerpo enorme se gira y desaparece por la puerta.