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Centro Nacional de Inteligencia
En algún lugar de Madrid
—¿Estamos todos?
Quien pregunta es un coronel del ejército con cara de no muy buenos amigos, seguramente porque ha sido requerido de urgencia mientras disfrutaba de unos días libres en Murcia, ciudad donde nació hace ya cerca de sesenta años.
Un helicóptero de las Fuerzas Armadas lo ha recogido hace apenas un par de horas en la base aérea de San Javier y acaba de aterrizar en Torrejón de Ardoz.
Durante el trayecto se ha puesto al tanto del asunto de Seguridad Nacional por el que ha sido requerido.
—Sí, señor —responde un teniente situado en uno de los extremos de la mesa ovalada que preside la pequeña sala de reuniones.
Dos mujeres más asisten a la reunión. Cuando todos toman asiento la sala se oscurece y sobre una de las paredes de color blanco se proyecta la imagen de una fotografía.
La decoración de la estancia es escueta, y solo un retrato del rey reviste las cuatro paredes.
—¿Sabemos cómo llegó la fotografía a manos de Su Majestad?
—Sí, señor —responde una de las dos mujeres. Viste de paisano y su pelo negro se recoge en una coleta prieta. No llega a los cuarenta años, y trabaja como analista para la Agencia—. Estaba entre la correspondencia, sobre la mesa de su escritorio.
—¿Quién revisó la correspondencia?
—Una empleada de la Secretaría General de la Casa Real recogió el correo tras pasar el escáner y, como es habitual, se filtró para que a Su Majestad solo llegase lo más relevante.
—¿La hemos interrogado?
—Afirmativo. No vio nada anómalo y la depositó en el despacho de Su Majestad.
—Es decir, o esta mujer miente o la foto fue dejada por alguien de dentro.
El resto de los intervinientes callan porque todos coinciden en que no existe otra posibilidad. El silencio se alarga durante unos segundos más y los ojos del coronel se fijan en la fotografía mientras su cabeza piensa.
—Hay que revisar el contenido de las cámaras de seguridad desde que Su Majestad estuvo por última vez en su despacho, e interrogar a los empleados de la Zarzuela que tienen acceso a la zona.
El coronel se detiene con la mirada fija puesta en el teniente, el resto lo miran a él.
—Con discreción, ¿entendido? Nadie debe saber el motivo real, por lo que habrá que inventarse una excusa creíble.
—¿Y si detectamos que alguien sabe más de la cuenta? —pregunta la otra mujer. Rubia y con el pelo corto, viste un traje de color azul marino. Es la jefa del grupo de seguridad de la Agencia.
El coronel arquea una ceja, y este gesto solo lo hace cuando no ha entendido bien de lo que se le está hablando.
—Me refiero a que es posible que, sin estar realmente implicado, algún empleado conozca ya la existencia de la fotografía.
—Pues habrá que buscar un pretexto para aislarle hasta que todo esto se aclare. Nos inventamos algo y al calabozo unos días. Vistas las circunstancias por las que atraviesa el país tras las últimas elecciones, mucho me temo que alguien está pretendiendo poner en jaque al rey y a nuestra democracia.
El resto asienten.
—Pase al texto, teniente.
La fotografía es sustituida por la imagen de un párrafo escrito en un folio en blanco.
«Es hora del cambio, Majestad. Estamos seguros de que sabrá elegir en los próximos días la mejor decisión para España. El que pueda hacer, que haga».
El coronel desvía la mirada hacia la analista en esta ocasión. Tiene su propia opinión al respecto, pero prefiere escuchar antes la valoración de la experta; para eso se encuentra allí.
—Es evidente que alguien está tratando de condicionar la decisión de Su Majestad para designar candidato a la investidura a la Presidencia del Gobierno.
La fotografía es una amenaza clara y directa.
Sabemos que esa joven fue hallada muerta hace unos días en un descampado de la zona sur de la ciudad.
Si la fotografía saliese a la luz, supondría un escándalo sin precedentes para la Casa Real.
El silencio se impone en la sala tras la reflexión de la analista. Todos los presentes intuyen que se enfrentan a una situación sin precedentes.
—¿De quién sospechamos? —pregunta el coronel.
—El texto propone un cambio, por lo que seguramente sea algún grupo de la ultraderecha —responde la analista.
—Defina ultraderecha.
—No me refiero al partido de ultraderecha en el que podemos estar pensando, señor, sino a algún grupúsculo ultranacionalista radical que actúa entre bambalinas sin exponerse públicamente, con posibilidad de encontrarse bajo el amparo de otro tipo de organización.
—¿Qué sabemos al respecto?
La pregunta va dirigida en esta ocasión hacia la responsable de seguridad nacional.
—Tenemos a varios grupos bajo seguimiento, señor. Al igual que hacemos con facciones de ultraizquierda, y grupos independentistas.
—¿Alguna en concreto?
—Aún no, señor.
—Creo que no deberíamos centrarnos únicamente en la idea de la ultraderecha nacional.
Está claro que si pretenden un cambio en el gobierno podemos excluir a grupos de extrema izquierda, pero no deberíamos hacer lo mismo con la posibilidad de que se trate de un grupo independentista, o quizá, incluso, de una amenaza internacional —interviene ahora la analista.
—Quien esté detrás de todo esto pretende imponer a Su majestad un cambio de gobierno.
—Esa es la evidencia, señor, pero a veces las conjeturas más evidentes pueden llegar a cegarnos llevándonos a descartar otras hipótesis que puedan ser acertadas —insiste la analista—.
También existen grupos independentistas que son de ultraderecha, incluso grupos independentistas radicales de izquierdas que subsisten mejor con un gobierno de derechas, porque se retroalimentan y mantienen movilizadas a sus bases.
Sin descartar, tampoco, que todo sea una trampa para dañar el sistema, a nuestra democracia, o, incluso, a la Casa Real, por lo que yo tampoco cerraría al completo la vía republicana.
—El texto dice que será la mejor elección para España —insiste el coronel—, y no creo que el concepto de España sea lo más valorado para los independentistas.
—Puede estar en lo cierto, señor; pero también cabe la posibilidad, como acabo de decir, que esa parte del texto haya sido pensada precisamente para despistar y que nuestra atención se centre en quien no tiene nada que ver con el asunto.
Descartar sospechosos a la ligera es tan peligroso como no saber dónde buscarlos.
El razonamiento de la analista motiva unos nuevos segundos de pausa en la conversación.
—Está bien. Mantendremos todas las hipótesis abiertas. ¿Algo más sobre el escrito?
—Tanto la fotografía a color como el texto fueron impresos con una fotocopiadora Canon MF655Cdw.
Una multifunción. Estamos intentando conseguir el número de serie mediante el análisis de la tipografía, pero va a ser costoso y complicado estar seguros al cien por cien de cuál ha sido la impresora. Luego habrá que localizar al comprador.
—Pues ya hay algo en lo que poder trabajar —añade el coronel—.
Si alguno de los grupos a los que seguimos resulta que tiene un modelo de esa fotocopiadora solo habrá que cotejar un documento que se haya impreso con el que tenemos.
Ninguna máquina imprime igual y los caracteres que dejan son como una huella dactilar.
—¿Tenemos ya a alguien asignado?
—Sí, señor —interviene el teniente, al tiempo que en la imagen que se proyecta sobre la pared aparece la foto de un hombre vestido con el uniforme del Grupo de Operaciones Especiales del Ejército de Tierra.
El pelo corto, rapado al estilo marcial, dotan de mayor dureza a un rostro marcado por unas facciones prietas.
—Buena elección. A partir de ahora este asunto tiene la máxima prioridad.
Todas las comunicaciones al respecto serán cifradas.
Nivel de discreción absoluta. Informaré a la ministra en funciones al respecto, pero ni siquiera ella debe de estar al corriente de todo.
Todavía no sabemos a quiénes nos enfrentamos y, al fin y al cabo, ella y el gobierno en funciones al que pertenece son parte interesada en este asunto.
Teniente, necesito que concierte con urgencia una reunión con Su Majestad, es de vital importancia que hable personalmente con él.
—Señor.
Quien osa interrumpir al coronel es la responsable del Grupo de Seguridad de la Agencia. Todas las miradas se dirigen ahora hacia ella.
—Estamos en posesión de una prueba que puede ayudar a la Policía Nacional en la investigación sobre un asesinato que está llevando a cabo; y no es una prueba cualquiera. ¿Qué hacemos con ella?
El teniente, sin que nadie se lo pida, manipula el mando a distancia que tiene en su mano derecha y la imagen de la primera fotografía vuelve a proyectarse sobre la pared.
En ella, una joven con evidentes marcas de estrangulamiento en su cuello yace desnuda sobre una cama.
A su lado, un joven al que todos los presentes conocen bien por los numerosos quebraderos de cabeza que desde hace años lleva generando a la Agencia, aparece también desnudo tumbado junto a la víctima.
Podría tratarse del principal sospechoso del asesinato de la chica.
El resto de los asistentes a la reunión comprenden inmediatamente el sentido de la apreciación que acaba de realizar la responsable del Grupo de Seguridad, aunque nadie habla, porque solo al coronel le compete decidir lo que hay que hacer con la prueba.
—Ya he dejado claro que se trata de un asunto de seguridad nacional, y no hay nada actualmente más importante.
Esa fotografía y su contenido no puede salir de aquí por el momento.
La policía tendrá que esmerarse en su trabajo, igual que nosotros tendremos que hacer lo mismo con el nuestro.
Aunque tened por seguro que nadie se librará de la acción de la justicia, por muy azul que sea el color de su sangre, si es que, llegado el caso, se demostrase su culpabilidad en el caso.
Pero la policía, y la familia de esa joven tendrán que esperar para conocer toda la verdad.
Recuerden también que no somos nosotros los que tomamos las últimas decisiones.
El resto de los asistentes asienten porque han entendido el mensaje.
Saben que esa fotografía es una prueba importante, quizá vital, para el caso de la chica hallada muerta al sur de la ciudad, pero los asuntos de seguridad nacional tienen prioridad; no en vano, sucesos más importantes y relevantes en la historia del país permanecen secretos en una zona de alta seguridad situada varios niveles bajo el suelo que ellos pisan.