EL Rey amenazado: Los peones se mueven en la sombra 7 #2
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Me detengo y lo miro con descaro. Él también me observa, aunque sigue caminando ya sin disimulo a sabiendas de que lo he descubierto.

Durante este corto impasse de tiempo me dedico a observarlo mejor.

Rozará los cincuenta, si no los ha rebasado ya.

La camisa que viste bajo la chaqueta se ajusta a su cuerpo y reafirma mi primera impresión sobre el porte atlético del individuo.

El pelo corto grisea al igual que la típica barba de tres días sin rasurar.

El rostro es afilado y su gesto, a pesar de las gafas de sol que lleva puestas, demuestra seguridad; y con esto último no me refiero al típico perdonavidas que va de sobrado, sino al que sabe que todo está bajo su control.

—Ya que vamos en la misma dirección, será mejor que lo hagamos el uno al lado del otro. ¿No le parece?—Así será más entretenido —responde él sin dejar de caminar.

Ambos subimos ahora en paralelo por la Avenida de Madrid y al fondo ya se ven los árboles del parque de la Concordia.

—¿Es nuevo en la ciudad? —pregunto después de unos metros de caminar en silencio—. No me suena haberlo visto antes por comisaría.

Él sonríe y los músculos de su rostro se tensan a pesar de la relajación propia del gesto. El tipo, pienso yo, debe ser físicamente una máquina.

—¿Conoce a todos los policías de la ciudad?

—Solo a los que no llevan uniforme. Por desgracia es parte de mi trabajo.

—¿No se lleva bien con mis compañeros?

—Me sorprende que un policía realice esa pregunta a un detective privado.

El tipo no responde de inmediato, sino que deja pasar unos segundos antes de hacerlo. Mientras tanto, continuamos ascendiendo por la avenida al tiempo que las personas y los vehículos transitan ajenos a nosotros. La arboleda del Parque de la Concordia comienza a quedarse a nuestra derecha.

—Digamos que no soy un policía con los que está habituado a tratar.

La respuesta me hace reflexionar y rápidamente comprendo que voy a tener que subir el nivel porque, o mucho me equivoco, o habrá que sonsacarle tirando de habilidad.

—Ya veo. Lo han enviado desde Madrid.

—Es usted muy astuto. Ya me habían avisado.

—Y encima viene con los deberes hechos. Seguro que sabe hasta la marca de calzoncillos que uso.

—No sea tan alarmista. Solo han sido un par de preguntas.

—Entonces me extraña que le hayan hablado bien sobre mí.

—No se preocupe, solo me he quedado con lo bueno, por eso he venido a buscarlo.

—¿Y qué se le ha perdido por Jaén a un policía de Madrid?

—En breve recibirá la visita de una mujer y le pedirá que investigue un caso. Me gustaría que me mantuviera informado al respecto.

No puedo retener la carcajada, lo juro.

—Disculpe la risa, pero es el trabajo más surrealista que me han ofrecido. ¿Qué le hace pensar que aceptaré el caso? En el supuesto de que esa mujer realmente exista.

—Precisamente porque será el trabajo más surrealista que va a recibir. Usted mismo lo ha dicho.

—Y ahora pretenderá que le dé una comisión por enviarme a una clienta.

El tipo ataja bien el sarcasmo; parece que también va sobrado de tablas.

—Me conformo con que me tenga informado.

—¿Y puede saberse sobre qué tratará el caso?

—Ya se lo explicará ella.

—¿La conoce?

—Le tomé declaración.

Poco a poco voy asimilando que el hueso que tengo entre los dientes es duro de roer. Mientras tanto, continuamos caminando uno junto al otro a la altura de la estación de autobuses. Su respiración es relajada y acompasada; la mía ya comienza a notar los estragos de la cuesta que subimos.

—¿Y fue usted quien le recomendó mis servicios?

—Fue ella quien me dijo que acudiría a su agencia.

—Entonces no le debo nada.

—Digamos que a cambio de lo que le he pedido, podría obtener un salvoconducto para trabajar sin intromisiones.

—Siempre he tenido a la policía jodiéndome, y en más de una ocasión he dormido en el calabozo. Sé apañármelas solo.

—Yo puedo joderle mucho más de lo que lo han hecho mis compañeros de esta ciudad.

La coacción que acabo de escuchar denota poder, y dicha circunstancia me da que pensar. No obstante, antes de nada, me veo en la necesidad de dejar las cosas bien claras.

—No le han informado bien si piensa que va a poder amedrentarme con amenazas.

—No se lo tome así, hombre, que solo ha sido una sugerencia.

Solo digo que hay un expediente sobre un caso reciente en el que usted participó y que está repleto de irregularidades.

Irregularidades muchas de ellas incompatibles con la tenencia de una licencia de detective privado.

Así, por encima, recuerdo obstrucción a la actividad policial, allanamiento de morada, ocultación de pruebas…

Una licencia de detective no da para tanto, señor Moeckel.

Imagine lo que sucedería si ese expediente sigue adelante.

Desde que hace décadas, con algo más de veinte años, comenzara a dedicarme a la investigación privada —primero en solitario y luego fundando la «Agencia de Detectives Carlos Moeckel»—, he tratado con todo tipo de inspectores y comisarios de policía, si bien ninguno de ellos mostró nunca la suficiencia y la autoridad que parece tener este policía, lo que en cierta forma me descoloca.

—¿Quién es usted? —le pregunto a sabiendas de que su respuesta no va a satisfacer mi curiosidad.

—Ya lo sabe. Un policía de Madrid —responde él, al tiempo que manipula un teléfono móvil que ha sacado de uno de sus bolsillos.

Acto seguido, un pitido y una leve vibración me indican que acabo de recibir un mensaje.

—Le he enviado mi teléfono. Le aconsejo que lo guarde entre sus contactos.

«Inspector Carlos Núñez Iglesias. Comisaría Madrid–Centro», leo en la pantalla de mi teléfono. El capullo se llama igual que yo. Vaya jodida casualidad.

—Está muy lejos de su jurisdicción, inspector.

—Cuando acepte el caso que le van a proponer, comprenderá lo cerca de mi jurisdicción que me encuentro.

Le miro con cara de no haber entendido lo que me acaba de decir y él aprovecha mi estado de perplejidad para despedirse.

—Ah. Y sea discreto. Lo mejor para los dos es que nadie sepa que nos hemos visto.