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Dijo una vez el futbolista español Rogelio Sosa que correr era de cobardes, y si eso es así, durante los últimos siete días yo llevo siendo el ser más cobarde del planeta.
La culpa de todo la tiene una analítica de sangre de esas que te haces después de años sin acudir por el centro de salud.
Mi doctora fue contundente con los resultados, y la muy condenada no se quedó contenta hasta que me vio acojonado del todo.
La advertencia fue clara y concisa: si no cambiaba mis hábitos de vida, y comenzaba a hacer algo de deporte, se me complicaba bastante eso de cobrar una pensión de jubilación.
Y esa es la razón por la que llevo una semana corriendo treinta minutos diarios tras los que acabo agonizando, circunstancia que me ha llevado a pensar que quizá sea más peligroso el remedio que la enfermedad.
No obstante, y como siempre hay que buscar el lado positivo de las cosas, después de sudar como un cochino y tomar una ducha, es la hora de reponer el líquido perdido con la mejor bebida isotónica que conozco.
Si para llegar a viejo voy a tener que estar sufriendo todo el rato, no sé si va a merecer la pena.
En el Dover todavía no hay muchos clientes, aunque estoy seguro de que en poco rato no quedará un sitio libre al que poder acoplarse para tomar una cerveza.
El camarero está atento apenas me ve entrar por la puerta, y la cerveza llega a mi esquina favorita del establecimiento casi al mismo tiempo que lo hago yo.
El primer trago, al contrario de lo que ocurre con el sexo, siempre es el mejor.
Sobre una mesa cercana observo el periódico del día con los estragos propios de haber pasado ya por varias manos. En el televisor situado a mi espalda, los tertulianos de un programa de actualidad comentan la noticia que desde hace tres días es cabecera en todos los noticiarios.
—Cómo está Madrid, ¿eh? —comenta un cliente al camarero.
—Demasiada gente, y cada uno de su padre y de su madre…, por eso yo no me muevo de Jaén —responde el otro.
—No digas chominás , por muchos habitantes que tenga una ciudad, no es normal que le revienten la cabeza a un tío con un tiro en plena Gran Vía.
—Dicen que fue un francotirador de esos, y que el disparo se hizo desde la otra punta de la calle.
—Pues eso. Vas tan tranquilo por la calle…
—Que yo he estado en la Gran Vía, ¿eh?, y la calle es larga de cojones.
—Seguro que pegaron el tiro por tirar y le dieron al tío con más mala suerte. Te tiras toda la vida echando a la lotería y en lugar de millones te toca un tiro en la cabeza.
—Vaya poyas . Encima el tío era de aquí.
—¿De Jaén?
—Como te digo. Aunque llevaba muchos años ya en Madrid. Trabajaba de segurata en discotecas.
—Lo dicho, más mala suerte que la pulga en perro de plástico.
—Le podía haber tocado a cualquiera.
—No. Para los desgraciados todos los días son martes.
La noticia del hombre tiroteado en plena Gran Vía de Madrid se dio a conocer la misma noche en la que ocurrió el suceso, aunque yo la escuché por primera vez a la mañana siguiente mientras desayunaba. Varios días después, aún no hay nada claro sobre el asunto.
—¿Y lo de la chica esa que encontraron hace una semana muerta en mitad del campo? —cambia de tercio el parroquiano—. ¿Qué me dices de eso?
—¿A quién se le ocurre irse sola en mitad de un polígono a esas horas de la noche?
—No, si encima va a ser culpa de la niña. Manda cojones. Esa se cruzó con quien no debía, hazme caso.
Hasta que una bala destrozó la cabeza del portero de una sala de fiestas en el centro de la capital de España, la noticia que abría y cerraba los noticieros nacionales era la aparición del cadáver de una joven en mitad de un descampado muy próximo a un polígono industrial situado en el sur de Madrid.
El cuerpo se había encontrado dos días después de que se denunciara su desaparición.
La última vez que se había visto a la joven con vida fue en una discoteca situada muy próxima al descampado en el que fue encontrada muerta.
Desde entonces la investigación policial se había mantenido en secreto, y los medios de comunicación trabajaban solo con hipótesis y teorías sin mucho fundamento, la mayoría inventadas por la prensa más sensacionalista.
—¿Y qué me dices de los políticos?, ¿eh? —El cliente, que parece tener cuerda para todo, vuelve a variar el tema de la conversación—. ¿Qué me dices? Jartá de gandules y sinvergüenzas.
—Pero tanto unos como otros —apostilla el camarero con la frase más diplomática que existe para no meterse en fregaos.
—Con lo que cuesta hacer unas elecciones, y los muy inútiles no son capaces ni siquiera de formar gobierno. Verás como tenemos que ir a votar otra vez.
—Doscientos millones dicen que cuesta votar.
—Como el dinero no es suyo.
—Los que han salido ganando son los dos que han salido por Extremadura.
—La vística . A esos dos pájaros sí que les ha tocado la lotería. En unos meses tienen colocados a todos sus familiares.
—A ver quién les da más.
—Hombre, yo creo que ahora tendría que ser la derecha la que gobernase, que los de izquierdas ya han estado unos años.
—Todos meten la mano —continúa con tono moderado el camarero, al que le sobran tablas en el oficio.
—Ya, pero estos de izquierdas más. La derecha solo ha tenido mala suerte con algunos sinvergüenzas que les han salido ranas. Lo que pasa es que parece que son más corruptos porque los otros tienen compradas todas las televisiones.
La tercera noticia que acapara las redacciones de prensa, radio y televisión es el resultado al que se ha llegado tras las elecciones generales celebradas hace tres semanas.
La caprichosa aritmética ha querido que el bloque de la izquierda y el de la derecha hayan empatado a ciento setenta y cuatro diputados, y la llave del gobierno esté en manos de los dos diputados que representan a un partido político independiente de Extremadura.
Esta situación ha motivado que el rey aún no haya sido capaz de designar a un candidato para la investidura a la Presidencia del Gobierno.
Y la situación no parece que vaya a resolverse con rapidez, porque los dos independientes por Extremadura no se han decantado por apoyar a ninguno de los bloques mayoritarios, sino que, para no significarse políticamente, y en un alarde de total independentismo, votarán al candidato que antes sea designado por Su Majestad.
Esta circunstancia ha provocado que las presiones hacia el monarca por parte de los bandos de la derecha y de la izquierda sean continuas.
La confrontación que se vive es de tal nivel que ya han aparecido los que, sin tapujos, abogan por saltarse la potestad del jefe del Estado y echar a suertes la designación.
Yo, que nunca he querido intervenir en discusiones de política porque en este país tenemos la mala costumbre de convertirnos en hooligans de uno u otro bando, y con ello perdemos la capacidad de reconocer que los nuestros también se equivocan, y que los otros a veces aciertan —circunstancia que los políticos saben aprovechar muy bien—, prefiero escuchar y reírme por dentro, a perder el tiempo con argumentos que no servirán para nada porque se perderán en el limbo de las discusiones baldías.
Y es que intentar convencer a un fanático de que abra los ojos e intente ver más allá de su obcecación es una misión imposible.
Por ello me limito a beber mi cerveza, degustar la tapa de ensaladilla rusa que me acaba de servir el camarero, y escuchar los derroteros por los que transitan las conversaciones entre los clientes del bar, o la de los tertulianos de los programas de televisión.
Media hora más tarde, y sin que los parroquianos del Dover hayan conseguido arreglar el país, decido acercarme a la agencia de detectives que dirijo, ya que, aunque me he tomado la semana libre, tengo que solucionar un pequeño trámite que no puede esperar. Nada importante, solo papeleo.
A la hora de salir a la calle existen dos tipos de personas; las que salen sin más y no se demoran para coger el camino que los lleve hasta su destino; o las que se detienen unos segundos antes de pisar la acera y lanzan un vistazo en derredor.
Yo soy más partidario de esta última opción, seguramente debido a una manifiesta deformación profesional.
Por ello, cuando abandono el bar, durante un par de segundos chequeo toda la calle.
Al final del proceso una sola imagen queda retenida en mi mente: la del tipo con americana de color gris, alto y de aspecto atlético, que me observa a través de unas gafas de sol desde una esquina próxima al establecimiento.
O mi olfato está perdiendo facultades, o apostaría a que ese tipo es policía.
Los huelo en la distancia, seguramente también por deformación profesional.
A sabiendas de que tengo una mosca pegada al trasero, camino hacia la Avenida de Madrid y asciendo con dirección al centro de la ciudad.
Durante el trayecto lanzo un par de miradas hacia atrás para comprobar que el insecto mantiene las distancias conmigo.
Entonces cambio de dirección para verificar si el tipo de la americana gris deja o no de seguir mis pasos; aunque, como he supuesto desde que lo descubrí, parece tener un especial interés hacia mí.
Llegados hasta este punto, la mejor opción suele ser la de descubrir al perseguidor y apropiarse del factor sorpresa, porque sentirme observado mientras camino tampoco hace que me sienta cómodo.