EL Rey amenazado: Los peones se mueven en la sombra 6
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A trescientos metros de distancia es incapaz de escuchar los gritos de la gente que hay alrededor del cadáver sin apenas cabeza. Lo que sí puede observar es cómo algunos viandantes huyen despavoridos mientras otros permanecen paralizados tratando de asimilar lo que acaban de presenciar.

Mientras los neones del cartel de Schewppes colman de luces multicolor la habitación, él siente satisfacción por primera vez tras arrebatar la vida de otra persona.

Lleva años sin hacerlo, porque ahora su puesto es otro, pero en el pasado sí que tuvo que hacerlo en multitud de ocasiones.

Yugoslavia, Irak, Afganistán, y así multitud de operaciones llevadas a cabo en el más absoluto secreto.

Entonces solo eran objetivos por abatir.

Un trabajo como otro cualquiera para el que había sido entrenado.

No sentía ni pena ni satisfacción por las vidas que arrebataba, ya que, de no hacerlo, serían ellos los que acabarían con la suya o con las de sus compañeros de comando.

El instinto de supervivencia nos arrebata la humanidad y nos equipara al más fiero de los animales, piensa cuando comienza a desmontar el silenciador del fusil, y a él lo adiestraron para ser un depredador sin corazón.

El resultado son multitud de condecoraciones.

Sin embargo, en esta ocasión todo es distinto, porque ahora mata para llenar un vacío en su interior que no sabe si será capaz de saciar ni con todos los cadáveres del mundo.

Por ello, lo único que tiene claro es que finalizará esta nueva misión, que seguramente será la última.

Cuando ya creía sanadas todas las heridas que en su cabeza habían dejado los horrores vividos durante su etapa como militar, es incapaz de asimilar la dentellada que le acaba de proporcionar la vida.

Y perdido para siempre el faro al que se aferraba durante aquellas noches sin luna cuando, a miles de kilómetros de España, se preparaba para mirar de frente a la muerte, solo queda oscuridad en su vida.

Ella era quien siempre le salvaba, porque solo el que tiene un motivo tan fuerte para regresar, tiene también una razón para seguir viviendo.

Por ello, eran esas ganas de tenerla de nuevo entre sus brazos, de contarle un cuento antes de dormir, y de verla crecer durante los períodos que las misiones se lo permitían, los alicientes para escapar de la muerte.

Y en esas noches sin luna, antes de jugarse la vida en cada misión, era su rostro lo que recordaba, por si esa era la última vez que lo hacía.

Ahora sabe que hay un horror para el que nadie está preparado, y ese pavor convive con él desde hace una semana.

Una vez saciada la venganza que desde hace días corroe su cabeza, y satisfecho su instinto más primitivo, es momento de averiguar qué es lo que ha pasado, y a quién tiene que agradecer que su vida transite por el peor de los infiernos.