EL Rey amenazado: Los peones se mueven en la sombra 5
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Varios días después

Es sábado por la tarde y la Gran Vía de Madrid es un hervidero de personas.

A esta hora, las tiendas aún no han cerrado, y las salas de fiesta y espectáculos comienzan a prepararse para abrir sus puertas.

El cielo, o la pequeña franja que de él se aprecia entre el desfiladero de edificios que secundan una de las avenidas más importantes de la ciudad, ya es de color naranja y en poco tiempo comenzará a oscurecer.

La gente que camina por las amplias aceras fácilmente podría dividirse en cuatro grupos: los que cargan con las compras que acaban de realizar apurando el horario comercial; los que tienen entradas para ver el musical del «Rey León» o la magia del Mago Pop —entre otros shows y espectáculos—; los que han alargado la sobremesa hasta empalmar con una noche que seguramente acabará a altas horas de la madrugada; o los turistas que se han dejado arrastrar por el río de personas que inunda este emblemático lugar de la ciudad.

Cerca del edificio Telefónica, la cola para entrar a una sala de fiestas supera ya los cincuenta metros.

El aforo parece estar completo, y la entrada al local se realiza a cuentagotas.

La mayor parte de los que esperan su turno son jóvenes cuya edad oscila entre los veinte y los treinta y tantos, a los que no les importa esperar el tiempo que haga falta para acceder a uno de los locales de moda.

Los humanos solemos tener este tipo de peculiares caprichos.

En esa fila de aspirantes hay un grupo de cinco hombres que, por su aspecto, ya deben transitar por la cuarentena.

Seguramente hayan quedado para comer después de un tiempo sin verse, y pretendan rematar la tarde demostrando que aún se encuentran en el mercado.

El ego no es sino un complejo al que hay que mantener bien alimentado.

Se les nota desinhibidos, y seguramente mucha culpa de ello las tengan las cervezas y las botellas de vino que se han metido entre pecho y espalda.

No les queda mucho para llegar a la puerta, aunque la espera les ha costado una hora de sus vidas.

El acceso a la sala de fiestas está flanqueado por un tipo alto vestido con traje, corbata y camisa blanca.

Su corpulencia es tal que si así lo desease podría taponar el acceso al local con dar un paso a la izquierda.

También su cabeza es enorme, aunque solo tiene pelo en la barba.

Lleva años trabajando para el mismo jefe —un conocido empresario que explota varios locales de fiesta y discotecas en la Comunidad de Madrid—.

Desde hace una semana controla el acceso a la sala de fiestas de Gran Vía; antes trabajaba como responsable de seguridad de una discoteca situada en un polígono industrial a las afueras de la ciudad.

Experiencia no le falta, y desde hace unos minutos controla con la mirada al grupo de cinco cuarentones que se aproximan poco a poco hasta donde él se encuentra.

Su olfato le dice que se aproximan problemas.

El trabajo de un controlador de acceso no solo es dejar pasar a los que esperan fuera según le van avisando por el intercomunicador.

También debe controlar que al local no accedan elementos no acordes con la política de admisión establecida, es decir, no solo rechazar determinadas vestimentas o impedir que entren menores de edad, sino también dejar fuera a personas que por su estado puedan causar problemas en el interior del establecimiento, como, por ejemplo, va a ser el caso de esos cinco tipos que llevan rato haciéndose notar con demasiado ímpetu en la cola de espera.

Antes de que los cinco elementos lleguen hasta él, informa por el intercomunicador de que va a necesitar el apoyo de un compañero fuera.

Es zorro viejo en este tipo de situaciones, y sabe que, a pesar de su imponente físico, los cinco hombres no van a tomarse muy bien que se les impida el paso mientras los que vienen detrás de ellos acceden al local.

Por regla general, los que son rechazados se marchan despotricando e insultando, y el asunto no pasa a mayores porque él nunca va a entrar al trapo siempre que no se rebase una determinada línea; pero también existe la posibilidad de que todo se complique.

El compañero de apoyo —otro armario empotrado de dos por dos—, aparece justo cuando les toca entrar a los cinco individuos que avanzan entre carcajadas y agarrándose los unos a los otros porque cuesta mantener la verticalidad en ese estado.

—¿Pueden ponerse al lado? —les indica él con amabilidad, mientras espera que desde dentro le avisen de que pueden pasar más personas al interior.

Los cinco obedecen, aunque en sus rostros puede observarse el gesto de confusión que les ha causado la indicación del controlador, y eso que aún no saben que se les van a colar los que vienen por detrás.

Durante los siguientes segundos, el tiempo parece detenerse de no ser por el trasiego de personas que caminan junto a la cola de espera, ajenos a lo que sucede. Los cinco hombres ya no ríen, y la tensión que se respira es tan densa que podría cortarse con un cuchillo.

—Adelante. Pueden pasar.

El momento crítico ha llegado.

—¡Eh! ¡Que nosotros estábamos antes!

—Pero ¿qué haces, tío? ¡Que nosotros también queremos pasar! ¡Llevamos una hora esperando!

—Lo siento, señores. Este local tiene reservado el Derecho de Admisión. No van a poder entrar. Dejen el paso libre.—¡Eso es ilegal!

—¡Que no somos negros, joder!

—¡Tampoco llevamos deportivas!

El que acaba de levantar la pierna para mostrar su calzado se trastabilla y está a punto de caerse al hacer el movimiento.

—¡Que tenemos dinero, tío! —alega el cuarto sacándose la cartera.

—Dejen el paso libre y busquen otro local, por favor, hay muchos por la zona.

—¡Y una mierda! ¡Nosotros queremos entrar aquí que para eso hemos estado haciendo la cola!

El quinto de los amigos, seguramente envalentonado por estar junto a los otros, no dice nada y camina hacia la entrada del establecimiento como si a él las hostias que se estaban rifando no le fueran a tocar.

Como había intuido el controlador, el asunto comienza a complicarse, aunque aún dispone de unos gramos de paciencia que intenta emplear para no ocasionar un espectáculo, no en vano, para ello está la Gran Vía repleta de ellos.

—Caballero. Le he dicho que no puede entrar. Márchese, por favor.

El caballero, como era de esperar, no muestra intención de venirse abajo después de exhibir ante sus colegas que tiene más pelotas que ellos, por ello no cesa en su empeño de acceder al local, aunque los dos muros que tiene delante parezcan infranqueables.

Pero cuando el burro no quiere ir para atrás, solo le queda seguir hacia adelante, y al incauto no se le ocurre otra cosa que empujar a uno de los dos controladores.

El resultado no es distinto al de intentar mover una pared.

Bueno, quizá no exactamente el mismo, porque las paredes no suelen responder.

El caballero imprudente, tras el impacto recibido por el controlador, acaba volando hasta donde se encuentran sus cuatro paladines, y todos caen al suelo como si de una partida de bolos se tratase.

El espectáculo está ahora en plena Gran Vía y los viandantes asisten al mismo entre sorprendidos y extrañados.

Los hay que se ríen, y algunos en la cola aplauden, aunque lo mejor de todo es que es gratis.

El caballero cuyo honor se ha visto mancillado se levanta como puede y, encolerizado, camina de nuevo hacia el controlador.

De perdidos al río, debe pensar embotado por el alcohol.

Asumir que, en determinadas situaciones, una retirada a tiempo es también una victoria, parece ser cosa solo de inteligentes.

A su vez, las apuestas que se decantan porque el tipo va a acabar durmiendo caliente esta noche van ya diez a uno.

Abrazar un muro de carga de casi dos metros de estatura e intentar moverlo no es precisamente una de las mejores ideas.

Y no lo es porque, si ese muro de carga también tiene brazos, lo que puede suceder es que sea él el que te levante a ti y te menee como si fueras un simple muñeco de peluche.

Y eso es precisamente lo que le ocurre al osado caballero cuando se decanta por la peor opción posible.

El resultado es el esperado, y cuando sale disparado contra la pared del edificio al que pretende entrar, se escucha un crujido que no presagia nada bueno.

No obstante, lo peor para él parece estar aún por llegar, porque el controlador apunta ahora con su enorme puño hacia la cara del intrépido individuo.

Demasiados newtons de potencia deben concentrarse en ese brazo, especula un joven estudiante de física desde la fila de espera. Eso tiene que doler.

En ese breve intervalo de tiempo en el que sabes que te van a destrozar la cara, quizá seas capaz de pensar en las piezas dentales que te tocará pagar al dentista, si es que queda mandíbula donde poder colocarlas.

O quizá solo seas capaz de rezar para que el mundo se detenga, o para que lo que está a punto de suceder solo sea un maldito sueño del que te vas a despertar gritando.

Todas las opciones podrían ser válidas con tal de impedir que ese inmenso puño llegue a impactar contra tu cara.

A veces, los milagros existen, y a nuestro aventurado caballero le sonríe la fortuna solo unos segundos antes de que el golpe le destroce la cara.

Él no ha visto nada, porque los ojos se cierran instintivamente cuando observan que algo se dirige hacia ellos, pero el resto de espectadores presencian atónitos cómo la cabeza del controlador explota en una secuencia de tonos rojizos y pedazos de sesos que se disgregan por todo su alrededor.

El espectáculo en la Gran Vía acaba de finalizar, aunque ahora la gente grita y corre despavorida. ¿Qué demonios ha sucedido?